Fernando A. Malespín Ferreti
El licenciado Eduardo Montealegre debe estar advertido de que tendrá que recorrer un sendero minado para llegar a la meta. Abordo este tema porque la presencia de Montealegre en la arena política es una esperanza para el pueblo nicaragüense que confía en la nobleza de su personalidad, y así lo ha manifestado reiteradamente en las encuestas.
Desde que renunció al cargo de secretario de la Presidencia y decidió hacer campaña a favor de los candidatos para alcaldes del PLC, lo hizo a sabiendas de los riesgos que representan algunos correligionarios. La diferencia es muy clara: Montealegre está empeñado en democratizar e institucionalizar un partido liberal moderno y con prestigio, y otros, los del ala dura, prefieren aferrarse ciegamente a la figura del caudillo y sueñan con ver al doctor Alemán como candidato a la Presidencia en el 2006.
El humanismo, honestidad y especialmente el espíritu de tolerancia que distinguen al licenciado Montealegre, son virtudes cultivadas y heredadas de sus antepasados y conforman el capital político que él ofrece sinceramente al pueblo nicaragüense, para sacudirlo del yugo impuesto por los pactistas corruptos.
Tarde o temprano los del ala dura del arnoldismo reconocerán su error y se sumarán a una posible candidatura presidencial del licenciado Montealegre, porque es lo que más conviene al PLC y a Nicaragua.