José Adán Silva
Juan, un iconoclasta periodista vasco, me contó que el otro día cuando iba al aeropuerto vio un incidente cruel.
El taxista que lo llevaba iba manejando como loco, cosa que no le llamó la atención porque ya conoce cómo algunos conductores manejan en las cada vez más violentas calles de Managua.
Un ciego, con bastón y mano extendida al frente, como palpando el vacío, se cruzó inocentemente la vía. Dice Juan que el taxista vio de lejos al infortunado peatón y, en vez de evitarlo, sonar el claxon o cambiar de carril, aceleró y empezó a frenar ruidosamente hasta casi detenerse a un centímetro del no vidente, que quedó congelado en plena pista, esperando quizás el golpe final de su vida.
Tras unos segundos de estupor, el ciego atacó a bastonazos el carro del cruel taxista que no contento con la reacción del hombre, todavía le gruñó unas cuantas vulgaridades.
Creía yo entonces que incidentes como esos eran poco comunes por lo demasiado cruel, pero luego, mientras elaboraba un reportaje sobre una biblioteca para no videntes, supe que maldades como esas superan el rango de la normalidad en Managua.
Me decía Rosario Rodríguez, una no vidente que desde hace 10 años está al frente de esa biblioteca en penumbra donde todo hace falta, que uno de los mayores problemas que enfrentan los ciegos que buscan la luz del saber en libros escritos en código Braille, es la inseguridad de las calles.
Ella afirma que a diario los no videntes se enfrentan a una Managua que crece desordenada y que, por ironías de la vida, no ve a los ciegos; que la gente ocupa los andenes para estacionar carros, poner caramancheles o construir ranchitos de fritangas, y con eso obligan a los ciegos a caminar por las calles donde faltan las tapas de las manjoles, porque la gente, pobre al fin, se las roba para venderlas.
Entonces los ciegos se van en los hoyos, son atropellados o asustados.
Y si ella se queja, al menos aún tiene la oportunidad de hacerlo, en cambio Ricardo José Ocón, de 40 años, ciego de nacimiento y pobre desde siempre, ya no puede porque un vehículo lo atropelló y lo mató a inicios de este mes.
El accidente ocurrió a dos cuadras de su hogar, de donde fue la Pepsi una cuadra al oeste.
Su viuda, Ruth Sandoval, dice que a Ricardo lo mató el conductor del taxi blanco marca Hyundai, placas T20-595, quien fue detenido por la Policía.
Pero el taxero alegó que iba a 40 kilómetros y que el hoy fallecido cruzó imprudentemente y al final salió libre bajo fianza tras comprometerse a asumir los costos del funeral.
Sandoval relató que efectivamente el taxista asumió los gastos del entierro, pero los vecinos del ciego cuentan que todo fue una burla: una caja barata y 300 córdobas. Al fin, dice ella, su marido va descansar en paz y quizás ahora, en el más allá, vea la luz que este mundo cruel le negó en vida.