Las campanas de las torres de la Iglesia repican vocingleras la víspera de Nuestra Señora del Carmen. Era la noche del 15 de julio de 1927. En la ciudad corre el rumor que las huestes del general rebelde (Augusto C. Sandino) se acercan. Los jefes militares de la plaza no le dan o aparentan no darle crédito. Personajes de no muy tranquila conciencia y la masa timorata de la población no duerme en sus casas, creyéndose cada uno más inseguro en la suya que en la del vecino.
Aparte de un grupo de amigos que trasnocha en una cantidad recién instalada, la ciudad duerme en un silencio de tumbas, apenas interrumpido por los perros que aúllan. Es la una de la mañana. Repentino y grande vocerío se difunde y atruena por los ámbitos de la ciudad. Estallidos de bombas y disparos de rifles aceleran el ritmo de los corazones de sus dormidos habitantes que despiertan asustados e inquietos.
Las notas marciales de los clarines se suceden en aires provocativos, y se oyen, claros y distintos, vítores al general Sandino y mueras al enemigo. Se tiene ya certeza del temido ataque. Han penetrado por distintos rumbos. Las fuerzas regulares de Sandino con 150 hombres, bien equipados y con cinco ametralladoras, entran por el noreste al mando del coronel Rufo Marín. El general en jefe se queda en “El Divisadero”, a medio kilómetro de la población. Otras tropas auxiliares, en número de unos 250 campesinos de Pueblo Nuevo, Somoto, Totogalpa y otros pueblos aledaños mal armados, convocados al efecto, pero más dispuestos al ataque con que se les ha estimulado y decidido, que ha de exponerse al peligro, invaden por el sur. Los marinos, que suman 38, se preparan para la defensa de su cuartel. Lo mismo hace en el suyo el teniente Darnall, USMC, con 49 guardias nacionales que comanda.
Las Thompson y las Lewis lanzan al espacio su acerado y moral granizo, con bramidos de furiosa bestia que ponen pavor en los ánimos. Sin objetivo bien determinado, es derroche inútil de pólvora y de plomo… Se ha segado la vida de un miembro saliente de la sociedad: José María Paguaga, Senador de la República. Queriéndose asilar en el recinto de la Guardia Nacional, se dispuso a saltar la tapia divisoria de su casa; la Guardia lo desconoció, suponiendo los asaltantes, le disparó y mató.
Dos muchachos llenos de coraje, inflamados de tanto fuego contra la intervención extranjera, han logrado aproximarse al cuartel de los Marinos dispuestos a ofrendar sus vidas en aras de la Patria. Se parapetan tras los cordones del parque Duarte, desde donde con gestos de renunciación y heroicidad, con frases de cólera y de reto, disparan sus armas contra el enemigo hasta caer heridos y prisioneros. Son dos “palmazones”, vocablo de los insurgentes sandinistas que derivaban de palmear: matar, en su lenguaje de campamento.
Ha pasado así la noche entre gritos de guerra y tiroteo intermitente. Los atacados se sostienen en sus puestos, no osando sus contrarios un asalto a la bayoneta para desalojarlos, rendirlos o aniquilarlos. Ya las nubes irisan por el Oriente la claridad del día. Ha dejado de oírse el zumbido de los proyectiles y el traca-trac de las máquinas como si los contendientes, suspendiendo sus fuegos se hubiesen puesto de acuerdo. A la hora de ordenanza, en un silencio que el toque ritual de los clarines hace más impresionantes, oficiales de los Marinos y de la Guardia Nacional izan impávidos sus banderas con emblemas recíprocos de la oprobiosa injerencia y de la patria oprimida. La rojinegra de las huestes sandinistas, con el símbolo de la muerte por escudo, flamea en las colinas.
La certera puntería de los sitiados, ya en plena luz, hace rodar inertes a los temerarios —insurgentes o civiles— que se ponen al alcance de su rifle. Adán Palma, artesano apreciable, es de éstos últimos. Un marino, Michael Oblesky, ha caído para no levantarse más. Sandino, entonces, fracasado en su intento de tomar los cuarteles, perdida la fe en el arresto y disciplina de su gente, ordena desde “El Divisadero” el incendio de la manzana en que se ubica el cuartel de los Marinos. Pero la providencial indecisión y repugnancia en cumplir tamaña orden de parte del oficial hondureño que la recibe —Porfirio Sánchez— permite que le sea retirada.
Parte de las tropas, particularmente las auxiliares, toman a saco las casas a cuyo acceso no ofrece peligro la puntería de las guarniciones sitiadas. Otros, ávidos de venganza por agravios recibidos en la pasada lucha, buscan a determinadas personas para hacerse sangrienta justicia. De éstos, Luz Aguirre y un individuo de apellido Elizondo, perecen al plomo de sus revólveres y al filo de sus machetes. Los demás se salvan huyendo, o al amparo de los hogares de sus nobles y recientes víctimas.
En un acto de imprudente arrojo cae Rufo Marín a la tercera hora del día, con el pecho atravesado por bala enemiga. Nicaragua pierde en él a un joven patriota de porvenir militar, esforzado y valiente. Cunde el desaliento, aumenta la indisciplina, al difundirse rápida la fatal noticia entre las huestes sandinistas; y sin jefe inmediato a quien respetar, sólo cuidan ya de recoger abundante y valioso botín de los civiles indefensos.
El avión de guerra que trae el correo de la capital de la República, hace en el aeródromo su ordinario descenso. Su acompañante gira en observación por la ciudad, advierte lo que pasa, le comunica al aterrizado y ambos, raudos, emprenden el regreso a su base. Son las tres. De la meridional lejanía se percibe rumor de motores que acrece; y se distingue a distancia por el espacio infinito como un grupo de buitres que se acercan. Pasan segundos de tiempo y las negras rapaces se transforman, poco a poco, a la vista de los que atisban, en zumbantes monstruos alados. Es una flotilla de seis aeroplanos de combate USMC que, arrogantes y amenazadores, vienen a ametrallar a los imprudentes, a los temerarios que han tenido la osadía de enfrentarse a las armas de la poderosa república del norte, y volver por los fueros de la dignidad nacional.
Se oye el estallido de la primera bomba. Crece la angustia en el corazón de los afligidos vecinos. Los sandinistas que ambulan por las casas orilleras de la población, corren llenos de pavor a ocultarse bajo sus techos, esquivando la inquisitiva mirada de las volantes y terroríficas máquinas. Sectores de la ciudad tiemblan a cada impacto como sacudidos como un violento sismo.
Los aviones, atronantes y rápidos, arrojan acá y allá por los sitios donde advierten concentración de cabalgaduras, su mortífera carga. Y, como aves de presa, poseídos de furia infernal, descienden verticalmente, de proa, vertiginosos, para descargar sus ametralladoras sobre los que huyen por la campiña. Agotados sus proyectiles, se elevan describiendo círculos, se agrupan, se alejan y se pierden entre las nubes que comienzan a formarse con presagios de tormenta inmediata…
Ha cesado el fragor del bombardeo y la calma va renaciendo en los espíritus. Como saldo del ataque aéreo quedan solamente dos cadáveres de insurgentes y muchas bestias muertas. El Comando de las fuerzas americanas abultó de propósitos en sus informes las pérdidas de los sandinistas para amedrentar a los nicaragüenses. Lo consignado aquí es la verdad o poco menos.
Ningún daño en la ciudad. Los sandinistas huyen dispersos en todas direcciones. De los que toman el camino a Totogalpa, unos van en sus monturas, metidos y apretados entre dos voluminosas maletas; otros, grotescamente ataviados con fraques y otras piezas de indumentos de etiqueta, van como jinetes en el clásico burro.
Entre tanto Sandino, comprensivo del desastre eclipsados en ese momento sus sueños de renombre y de gloria que, por el odio a los americanos le traería la masacre de la tropa extranjera, triste y desalentado abandona “El Divisadero”, acompañado de sus más fieles seguidores, para internarse a meditar nuevos planes en las solitarias y agrestes montañas de Murra. El cielo se ha despejado después de una ligera tempestad, un cortejo fúnebre, precedido a poca distancia por una carreta tirada por bueyes, en que yacen hacinados cinco sanguinolentos cadáveres, baja la pendiente de la villa que conduce al cementerio, acompañando el féretro de Rufo Marín. Se divisan las cruces de aquel campo de silencio y de paz. En lontananza, entre nubes ígneas que a los ojos de los espectadores simulan charcos de sangre desaparecen tras las serranías del sol.
Así ha terminado la jornada. Pero nadie presiente tal vez, en su dolorosa y real magnitud, que los acontecimientos del azaroso y trágico día que muere, son como la escena inicial del primer acto del largo y sangriento drama en que, teniendo por escenario a Las Segovias, serán devastados nuevamente sus campos, se sacrificaran sin misericordia y con salvaje crueldad, millares de vidas de sus hijos: ancianos, mujeres y niños.
Nueva Segovia, VII-16-37
(Con el título de Pólvora y sangre…, se publicó en la Revista de la Academia de Geografía e Historia, Managua, Tomo IX, Núm. III, diciembre, 1947, pp. 39-44).