Mirna Velásquez Sevilla, JohnnyCajina y José Adán Silva
Julio Muñiz tiene 48 años. Su juventud, al igual que la de miles de nicaragüenses quedó marcada por la lucha subversiva contra la dictadura somocista, a la que se integró en 1973, cuando trabajaba en la Aduana de Potosí, en el Golfo de Fonseca. Arriesgó su vida en incontables ocasiones bajo el seudónimo de “Elías Gónzalez”, con la única ilusión de derrocar a Anastasio Somoza Debayle.
Julio es presidente de la Organización de Ciegos de Nicaragua (OCN), donde lo encontramos en su pequeña oficina, siempre entusiasta y con la misma vitalidad que le caracterizó en su juventud.
Fue el número 37 de la escuadra Juan de Dios Muñoz, que hostigó intensamente a la Guardia Nacional de Chinandega. Trabajó como correo centroamericano. En 1978 trasladó armas a lomo de bestias desde Costa Rica.
Éstos fueron los últimos combates de Julio Muñiz, que toreó a la muerte cuatro días más tarde. “Una bala hizo estallar la granada de expansión que yo portaba. Me dejó 16 heridas en todo el cuerpo. La onda expansiva me desprendió la retina y me reventó el nervio óptico”.
Muñiz logró llegar a Costa Rica, donde pidió asilo político y recibió el apoyo de la Cruz Roja. El 14 de febrero de 1979 llegó a La Habana, con la esperanza de recuperar la vista a través de una cirugía. Pero no tenía remedio. En Cuba ingresó a la escuela de ciegos. Retornó en 1980 por gestiones del seguro social y trabajó en la primera escuela de ciegos que instaló la revolución. Un año más tarde fundó la Organización de Ciegos de Nicaragua.
NO SE ARREPIENTE
“En la revolución se nos dio el respeto que merecemos como ciudadanos nicaragüenses y se nos abrieron centros de rehabilitación para cada gremio (ciegos, sordos y físico-motores). Hoy supuestamente el país está más desarrollado y hay más dinero pero estamos abandonados. Ni siquiera tenemos derecho a la educación”, dice Muñiz
Confiesa que este año irá nuevamente a la plaza para celebrar otro 19 de julio. “No estoy arrepentido de nada”, dice sin titubeos, “es que era tanto el deseo de desaparecer a la guardia represiva que no tengo ni pizca de pesar de haber perdido mis ojos”.