Rodolfo A. Jerez
Recientemente el señor Miguel D’Escoto publicó un artículo en un diario de Managua —que no es LA PRENSA— en el cual asegura que el fallecido ex presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, fue el “carnicero de mi pueblo” y que a éste se le acreditan 50 mil nicaragüenses muertos en la lucha por la libertad.
Este es un discurso malévolo, oficial, monológico y partidarista, que aprovecha la retórica para confundir. Se trata de revivir las consignas guerreras que enlutaron a los nicaragüenses de la revolución sandinista.
Los grupos de poder mutilan vastas zonas de la memoria, con lo cual impiden la construcción de una continuidad histórica basada en el conocimiento. Al culpar a Reagan de los 50 mil muertos se está mutilando la historia, pues la guerra la empezaron los sandinistas cuando burlaron la promesa inicial de decretar una amnistía general con el triunfo del pueblo —no de la revolución sandinista— el 19 de julio de 1979.
Pero quisieron matar a quien pudieran. Por eso fue que continuaron la guerra en contra de los nicaragüenses que huyeron a Honduras en una lucha de Goliat contra David que consumía el 70 por ciento del presupuesto nacional. Y eran nicaragüenses que morían a montón, aunque se hayan llamado “contras” o “piricuacos”.
Fue aquí que Ronald Reagan puso los medios para empatar la guerra que nunca debió haber existido, pero el ansia de poder la propició. Reagan no fue el culpable de la guerra. Fueron los sandinistas que se enfermaron de poder.
Después de tanta sangre ¿a qué llegamos? Todavía sufre la sociedad nicaragüense los destrozos: el endeudamiento por tanta arma destructiva que se oxida, el atraso económico, la cultura de la corrupción que ha penetrado en toda la sociedad. La historia tiene su originalidad que hay que conservarla para que no se repita.
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