Marlon José Navarrete Espinosa
En los restaurantes de la carretera a Masaya y Granada se pueden observar personas muy pobres que cargan guitarras y marimbas y ofrecen música a los comensales. Por lo general son tres personas y casi siempre una de ellas es un niño de corta edad, que de seguro se ve obligado a ganarse la vida de esa forma junto a los adultos, para poder sobrevivir.
De igual forma que sus vestimentas y su apariencia, los instrumentos musicales son realmente humildes, desgastados y vencidos por la pobreza a la que se ven sometidos.
Así, entre el desdén de muchos clientes y la complacencia de pocos, tocan bastante bien y artesanalmente en marimba las piezas musicales autóctonas nicaragüenses.
La poca valoración que le damos a esta artesanía musical expone nuestra deficiente visión educativa y también insensibilidad humana. El aprecio al esfuerzo por sobrevivir de estos músicos debe llevarnos no sólo a cooperar con su necesidad pagándoles por deleitarnos sino también a contribuir con nuestra cultura ya que aquéllos desde sus grandes limitaciones ayudan a mantener viva nuestra identidad folclórica con la marimba y conservando la tradición del deterioro del olvido.