- Tras los dramáticos acontecimientos del 4 de junio de 1989, cuando cientos de estudiantes y civiles que se
manifestaban de forma pacífica en demanda de reformas democráticas fueron asesinados por el Ejército chino
en la plaza pekinesa de Tiananmen, la ley del silencio se impuso en el gigante asiático y el episodio
se ha convertido en un tabú para la sociedad, sólo preocupada por su progreso económico
Marga Zambrana/EFE/REPORTAJES
“La generación de 1989 y la de ahora son totalmente diferentes. Nosotros estábamos muy preocupados por la política, mientras que los universitarios de hoy sólo piensan en el dinero, tener novia e irse del país”, afirma Frank Lu, de 39 años, veterano disidente de Tiananmen y director del Centro de Derechos Humanos y Democracia, con base en Hong Kong.
La mayoría de los 1,300 millones de chinos participa en el olvido de la llamada “Primavera de Pekín”, demasiado entusiasmados con las reformas económicas del país asiático que están asombrando al resto del mundo. Con Tiananmen el Gobierno demostró que no irían acompañadas de libertades sociales.
En el campus de la prestigiosa Universidad de Pekín, considerada el “Harvard” chino y uno de los focos de las manifestaciones, una broma se ha hecho popular entre los jóvenes: “Si quieres conseguir un visado de EE.UU., hazte disidente”. Se refieren a los líderes más famosos de Tiananmen que fueron acogidos con los brazos abiertos por el eterno enemigo de China.
¿CUÁNTOS MUERTOS?
En la noche del 3 de junio y la madrugada del 4 de 1989 cientos, quizás miles de estudiantes, obreros y civiles desarmados murieron a manos del Ejército de Liberación Popular (ELP) en las cercanías de Tiananmen, tras mes y medio de manifestaciones pacíficas en las que pedían reformas democráticas, el fin de la corrupción y frenar la inflación.
Todavía se desconoce el número exacto de víctimas. El Gobierno habló de 200 civiles y 200 “soldados desaparecidos”, la BBC aludió a 500, mientras que la agencia Reuters los elevó a 2,000. Los soldados, que nunca habían recibido entrenamiento antidisturbios, perdieron el control ante los ataques con piedras por parte de los manifestantes y empezaron a disparar a quemarropa. Muchos murieron aplastados por los tanques.
Millones de chinos en Pekín y otras treinta ciudades habían participado en un ambiente festivo e ingenuo en esas manifestaciones, poniendo por primera vez en jaque al Gobierno del Partido Comunista de China (PCCh) desde 1949, cuando se proclamó la República Popular y el país se ensimismó en un férreo régimen impermeable a la influencia exterior.
“Éramos inmaduros. Empezamos las protestas de manera silenciosa, luego vino la huelga de hambre, no pensamos en las consecuencias de lo que estábamos haciendo”, señala Cao Kai (35 años), ex manifestante en Nanjing (capital de Jiangsu, del Este)
Los estudiantes iniciaron la marcha el 15 de abril con motivo de la muerte de Hu Yaobang, el reformista ex secretario general del PCCh. Como señala Enrique Fanjul, entonces Consejero Comercial de la Embajada de España, los jóvenes cumplían con una tradición china que consiste en honrar a los muertos para criticar a los vivos: con el duelo por la muerte de Hu criticaban al ala conservadora del Gobierno.
EL COMIENZO
Los acontecimientos, que se desencadenaron con la muerte de Hu Yaobang, pusieron de manifiesto la división en el seno del Gobierno entre el ala conservadora, encabezada por Li Peng, y la aperturista de Zhao Ziyang, secretario general del Partido, abierto a dialogar con los estudiantes.
“Éramos ingenuos, puros e idealistas, teníamos prisa por que todo cambiara rápido”, recuerda Cao Kai, quien coincide con la mayoría de analistas en que la realidad política china era mucho más compleja de lo que creían. “Niños jugando a la guerra” es el calificativo que utiliza el disidente Liu Xiaobo, uno de los líderes estudiantiles.
Conscientes o no, el hecho es que las exigencias de los estudiantes coincidían con las del resto de ciudadanos, que pasaron de ser meros observadores de las festivas manifestaciones a sumarse a ellas a medida que se prolongaban en el tiempo. La inflación, la corrupción y las mejoras sociales eran algunos de los lemas que esa generación, educada en la crítica abierta hacia Mao Zedong, esgrimía.
Las manifestaciones fueron una humillación para el Gobierno, ya que coincidieron con la reunión del Banco Asiático de Desarrollo y la visita del líder ruso Mijail Gorbachov, artífice de la “Perestroika”, frente a cientos de periodistas extranjeros ante los que las autoridades no podían tomar ninguna medida drástica.
Un día antes del 15 aniversario, el portavoz de Exteriores chino, Liu Jianchao, reiteraba la represión violenta: “Las medidas de fuerza adoptadas por el Gobierno en la primavera de 1989 fueron decisivas para estabilizar la situación política y económica del país”.
La mayoría de líderes más famosos de Tiananmen, hijos de intelectuales y de miembros del Partido, se exiliaron a EE.UU. tras la matanza y hoy son ricos empresarios: la radical Chai Ling dirige su propia empresa de internet en Boston; Wuer Kaixi, tras vivir una vida libertina en América como “estrella de Tiananmen”, se desplazó a Taiwan donde es comentarista de radio; y Li Lu es un rico empresario en Nueva York.
SER DISIDENTE EN CHINA
En cambio, los disidentes que han permanecido en China y Hong Kong fueron perseguidos, encarcelados y sobreviven con dificultades, castigos ejemplares para el resto de la población, acostumbrada por influencia del confucianismo a obedecer a sus jerarcas.
Tras la matanza, los manifestantes fueron considerados “contrarrevolucionarios” (“fangeming” en mandarín), una sentencia que condena al ostracismo con la pérdida de todos los derechos civiles. En China un disidente no lo es sólo político, sino también social. Organizaciones humanitarias calculan que 15,000 personas fueron encarceladas entonces, de las que aún 300 permanecen todavía en las prisiones chinas.
Ding Zilin, de 67 años y candidata al Premio Nobel de la Paz 2004, es líder de Madres de Tiananmen, una organización formada por 124 familiares que reclaman 182 víctimas, incluidas 13 desaparecidas. Su lucha es desconocida para la mayoría de chinos. La cruzada le costó a Ding la pérdida de su trabajo como profesora de la Universidad Popular en 1991, su detención en marzo por grabar un vídeo exigiendo responsabilidades al Gobierno y ahora un virtual arresto domiciliario con motivo del aniversario.
“No puedo abandonar mi casa ni tampoco ir al cementerio en el aniversario de la muerte de mi hijo. Varios agentes de paisano me vigilan. La postura del Gobierno es inadmisible”, declara Ding. A pesar de las presiones, ha publicado una carta abierta que exhorta a “rechazar la amnesia y buscar justicia”.
Su hijo, estudiante de secundaria en 1989, cumplió 17 años el día antes de morir bajo el puente de Muxidi, al oeste de Tiananmen. Ding conserva sus cenizas y quiere que se le considere un patriota, no un delincuente.
“La mayoría de chinos no se preocupa por el pasado. Los que en 1989 no estaban concienciados políticamente hoy ya se olvidaron de Tiananmen”, añade Nathan. El problema preocupa sólo al Gobierno, que cada vez que se acerca el aniversario suele vigilar y detener a los disidentes más importantes.
Los universitarios de hoy eran entonces muy jóvenes y sólo los más politizados se preocupan por 1989, los menos han podido ver alguno de los documentales sobre la matanza, como Moviendo la montaña y La puerta de la paz celestial (traducción literal de Tiananmen), ilegales en China.
“Nadie se preocupa por Tiananmen. Cuando vi el documental me sentí horrorizada por lo que había hecho el Gobierno, no sabía que hubiera muerto gente inocente”, declaró una estudiante de 26 años de la Universidad de Pekín que pide anonimato. Aún así, ni ella ni la mayoría opina que la represión violenta del ELP se pueda considerar una “masacre”, ya que el Gobierno informó de un reducido número de víctimas mortales y añaden que esas vidas “en China no cuentan tanto”.
“La promoción de 1989 fue un fracaso, no encontramos trabajo durante años por estar politizados. Después del 4 de junio nos obligaron a escribir un informe. Todos mentimos, dijimos que no habíamos ido”, declaró Bob, seudónimo de un ex manifestante, hoy profesor de la Universidad de Pekín.
Para ascender en las entidades estatales hay que estar afiliado al PCCh, como Bob y un 50 por ciento de los jóvenes universitarios de hoy.
UN FUTURO “DEMOCRÁTICO”
“Es difícil pensar que pueda haber una democracia como la entendemos en Occidente a corto plazo. Más bien creo que el régimen autoritario ha impuesto el crecimiento económico como el objetivo de la mayoría de chinos. Los líderes hablan de democracia, pero no se refieren a lo que imaginamos”, señala Nathan.
Por su parte, Frank Lu coincide con el resto de expertos en que el obstáculo ahora es Jiang Zemin, que sucedió a Zhao Ziyang tras la matanza, y hoy maneja el poder desde la CMC. “Mientras él no muera, la situación seguirá siendo la misma”.
“Puede haber una crisis de tipo económico en el futuro, que produzca una revuelta por parte de los ‘minggong’ (inmigrantes rurales) y los desempleados de las empresas estatales”, vaticina Lu.
Zhao, de 84 años, apareció por última vez en público el 19 de junio de 1989, cuando fue a hablar con los manifestantes con lágrimas en los ojos. “He venido demasiado tarde”. Tras ser relegado de su cargo, ha vivido en arresto domiciliario durante los 15 últimos años y padece neumonía desde febrero. Las autoridades temen que su inminente muerte pueda desencadenar una revuelta similar a la que produjo la de Hu Yaobang.
LA MANO DE DENG XIAOPING
Los pekineses hablan de las manifestaciones sólo en privado y, aunque le quitan importancia al “incidente”, todos piden anonimato a la hora de hacer declaraciones. Se preguntan por qué Occidente se interesa tanto por el asunto.
“La mayoría de disidentes de Tiananmen viven exiliados y su influencia en la sociedad china es mínima”, explica a Andrew J. Nathan, editor de Los papeles de Tiananmen y catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Columbia (EE.UU.)
La obra de Nathan, una compilación de lo que parecen ser los documentos e informes secretos del Gobierno desde que se iniciaron las manifestaciones hasta después de la matanza, señalan como responsables de la represión al entonces primer ministro, Li Peng y, en última instancia, al artífice del milagro económico chino, Deng Xiaoping, entonces jefe de la Comisión Militar Central (CMC), máximo órgano castrense.
“Los estudiantes de Pekín viven en el centro político de China, no pueden saber la verdad ni tampoco hablar del asunto. No tienen ni idea de lo que pasó”, señala Cao Kai, un ciudadano, al referirse a las nuevas generaciones. Y añade que “la culpa de todo la tuvo Deng: él inició las reformas económicas que favorecieron que pidiéramos libertades sociales”.
TABÚ
Lejos de los órganos del poder de Pekín es más fácil hablar del “Liu Si” (“6/4” en mandarín), el eufemismo usado para referirse a la matanza. Está prohibido mencionar Tiananmen en los medios de comunicación y en las universidades por orden del Ministerio de Propaganda del Gobierno, que impide que las libertades sociales avancen al mismo ritmo que las económicas.