Marcela Sánchez washingtonpost.com
Quienquiera que busque la visión de futuro que tiene el presidente Bush para América Latina no necesita mirar más allá de las pantallas de computador de la oficina del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado.
Allí, en ese centro de operaciones para batallas diarias destinadas a mejorar las relaciones entre Estados Unidos y México, erradicar drogas en los Andes, impulsar el comercio y proteger las Américas, todas las pantallas despliegan en screensavers la esencia de la misión: Generar crecimiento a todo nivel a través de un comercio más libre y políticas fiscales sólidas; invertir en el bienestar de personas de toda condición social; y hacer que la democracia sirva a cada ciudadano más efectiva y justamente.
Estas alentadoras palabras sugieren que Washington está intensamente interesado en la prosperidad de los latinoamericanos y comprometido con invertir tiempo y dinero en mejorar sus vidas. Esto es particularmente crucial ahora que líderes latinoamericanos luchan por lograr que, como dijo el Secretario de Estado, Colin L. Powell, esta semana, “los ciudadanos no pierdan la fe en el futuro mientras su democracia está todavía evolucionando, mientras está todavía creciendo, mientras está todavía cristalizando…”
Curiosamente, lo que muchos analistas latinoamericanos dicen es que la que no está cristalizada es la visión estadounidense de futuro para Latinoamérica. Una amplia gama de críticos que incluye Republicanos dentro y fuera del Gobierno, dice que la administración Bush ha fallado en convertir la misión en un plan en práctica.
En su defensa la administración dice que los críticos esperan demasiado en tanto que ignoran lo mucho que ha cambiado el mundo, y eso es cierto. También es verdad que a Washington se le acusa de descuidar a Latinoamérica tan a menudo como se le culpa de intervencionista. Y es verdad asimismo que la falta de una estrategia integral para la región no es excepcional de esta Casa Blanca. Dicho eso, nada exime a la administración Bush de un poco de crítica constructiva, especialmente dada su encumbrada misión.
Más allá de lo que la administración pueda descartar como ataques personalizados o simples gruñidos, hay dos obstáculos reales. Latinoamérica, como expertos estadounidenses contra terrorismo reiteraron la semana pasada, sigue siendo una amenaza terrorista menor y por ende es una prioridad menor para altos funcionarios estadounidenses. Como lo dijo en una entrevista el representante Jim Kolbe (R-Ariz.), presidente del subcomité de apropiaciones para operaciones internacionales de la Cámara, América Latina —más que cualquier otra región— ha salido perdiendo por la guerra antiterrorismo.
El otro obstáculo es el estricto control implantado por Bush en la Casa Blanca, que deja poco espacio a la creatividad y a los riesgos de parte de funcionarios de más bajo nivel. Puede que ellos entiendan la misión, pero “no es mucho lo que pueden hacer sin meterse en muchos problemas”, afirmó un analista conservador en Washington especializado en América Latina.
En cambio, los funcionarios se enfocan en asuntos de política exterior con ramificaciones internas más directas. El ejemplo más obvio es el gigantesco documento de 500 páginas que llegó este lunes al despacho del presidente Bush, en donde el Departamento de Estado, basado en seis meses de deliberaciones entre varias agencias del Gobierno, recomienda una serie de cambios y planes futuros para la política estadounidense hacia Cuba. El mismo Powell dirigió el proyecto.
El último esfuerzo a tan alto nivel para un país de la región se dio en la administración Clinton cuando, para reforzar el Plan Colombia, funcionarios produjeron el más grande paquete de ayuda exterior estadounidense en más de dos décadas. Pocos podrían hoy afirmar que, gracias a ese compromiso estadounidense, la situación de Colombia no es ahora mejor.
Los esfuerzos en Cuba y Colombia son reveladores. En ese momento, Clinton no tenía nada que ganar políticamente para sí mismo o para su partido poniendo su prestigio del lado del muy polémico Plan Colombia. Con el enfoque en Cuba la ganancia política para Bush parece incuestionable. La diferencia entre ambos: el nivel de riesgo político que cada administración estaba dispuesta a tomar.
Pero entonces ¿qué hacer cuando la guerra contra el terrorismo ha dejado atrás a América Latina? ¿Cuándo la atención a más alto nivel se dirige no al reto más grande a las democracias latinoamericanas en sus primeras décadas de existencia, sino a un reto de hace 45 años (Cuba) que asegura votos en noviembre?
Es obvio que es hora de cambiar estrategias. Algunos demócratas y ex líderes latinoamericanos creen que hay una lección que aprender de los cubano-americanos. Tal como ellos han logrado mantener viva la política estadounidense a Cuba, es hora de que los votantes latinos en general se movilicen para motivar la política exterior estadounidense. De acuerdo con una encuesta de Zogby International y el Miami Herald publicada el mes pasado, nueve de cada diez hispanos inscritos para votar consideran importante la política estadounidense hacia América Latina.
A medida que los deseos de dichos votantes ganen jerarquía en el ambiente político estadounidense, será más factible que el Departamento de Estado bajo cualquier administración, y en particular ésta, tome los riesgos necesarios para convertir unas palabras que se exhiben en una pantalla de computador, en algo más.