Malas mañas que no mueren

Alberto L. Alemán Aguirre La nación panameña nos ha brindado un hermoso ejercicio democrático, pero su Presidenta nos acaba de recordar que los viejos hábitos de la cultura política caudillista están frescos. Como es normal, a lo interno del Partido Arnulfista empiezan a oírse voces que reclaman explicaciones por la derrota electoral del oficialismo. José […]

Alberto L. Alemán Aguirre

La nación panameña nos ha brindado un hermoso ejercicio democrático, pero su Presidenta nos acaba de recordar que los viejos hábitos de la cultura política caudillista están frescos.

Como es normal, a lo interno del Partido Arnulfista empiezan a oírse voces que reclaman explicaciones por la derrota electoral del oficialismo. José Miguel Alemán, sobre quien recayó el favor de la presidenta Mireya Moscoso, quedó en un distante tercer lugar de la contienda presidencial.

¿Las causas? Varias: la pesada sombra de la percepción de corrupción de la administración Moscoso, el desgaste de cinco años de gobierno y la insatisfacción con la realidad social –aunque las perspectivas económicas del país canalero para 2004 son envidiables desde la óptica de nuestra postración.

Moscoso es la caudillo de su agrupación. Primero veamos el nombre de ésta: Partido Arnulfista. Es un nombre tomado de Arnulfo Arias, tres veces presidente, tres veces echado por los militares.

Moscoso fue nada menos que su esposa, siendo una jovencita cuando desposó a un hombre bastante mayor. Transmisión de liderazgo por vínculo familiar y personal.

Como punto aparte, hay que destacar —no sin un dejo de desaliento— cómo el pasado y los personalismos siguen pesando tanto en la política regional.

En 1968, Arias fue derrocado por el general Omar Torrijos, el posterior “hombre fuerte” panameño y padre nada menos que del hoy Presidente electo, Martín Torrijos. ¿Una prolongación de un conflicto personal?

En un gesto poco loable, la Presidenta dijo que no entregará la banda presidencial a su sucesor.

Los cuestionamientos e inconformidad de los arnulfistas han salido a flote. La pregunta obligada de la prensa ha sido si renunciará a la conducción partidaria.

“No, en lo absoluto, ¿y por qué voy a renunciar?”, respondió extrañada doña Mireya. Con cara de yo no fui, la jefa del arnulfismo se propone encabezar cambios, como si su desempeño como mandataria no tuviese nada que ver con el revés de su colectivo.

“A partir del 1 de septiembre (cuando asumirá Torrijos) nos vamos a la oposición; hay que reorganizar el partido, hay que prepararse hacia el 2009 y fortalecer el partido”, declaró la primer mujer Presidenta de Panamá.

¿Cualquier parecido con algunos partidos y políticos de Nicaragua?

La modernidad nos ha sido traída en las ancas de los briosos e imparables caballos de la globalización, pero las viejas mañas y defectos de una cultura política autoritaria, cuyas raíces se remontan al pasado colonial, persisten.

¿No sería lógico que tras ejercer la Presidencia y por largos años la conducción del partido, doña Mireya se retirara? ¿no sería mejor dar oportunidades a nuevas figuras que pueden renovar al partido y de paso, beneficiar la vida política de su país?

Algunos podrán señalar que Margaret Thatcher y Helmut Kohl fueron reelectos y gobernaron más de una vez en Gran Bretaña y en Alemania, pero… ¿dónde están es nuestros países esas instituciones fuertes y sanas que restringen los abusos del poder?

Y a pesar de todo lo que se diga, doña Mireya seguirá mandando y promoviendo reformas para que en el fondo, no cambie nada.

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