La problemática del manejo del endeudamiento externo

José Antonio Poveda [email protected] Sean cuales fueren las causas y las condiciones del endeudamiento de cualquier país, el problema adquiere dimensiones globales y compromete, simultáneamente, a acreedores y deudores. Más aún, agrava la inestabilidad prevaleciente en el sistema internacional. La interrupción brusca de las corrientes de financiamiento privado agrava los problemas mismos del ajuste y […]

José Antonio Poveda [email protected]

Sean cuales fueren las causas y las condiciones del endeudamiento de cualquier país, el problema adquiere dimensiones globales y compromete, simultáneamente, a acreedores y deudores. Más aún, agrava la inestabilidad prevaleciente en el sistema internacional. La interrupción brusca de las corrientes de financiamiento privado agrava los problemas mismos del ajuste y amenaza con desencadenar la quiebra de los deudores. También deprimirá el comercio internacional que se financia precisamente con el crédito internacional. Por otro lado, todos los países deudores atraviesan por difíciles situaciones sociales y políticas. En América Latina prevalecen condiciones de pobreza y tensión social que comprometen la estabilidad de los países afectados y repercuten en el orden mundial.

Las normas de condicionalidad se vuelven a ver como un requisito indispensable para sanear las economías endeudadas y reestablecer la confianza de los acreedores. Sin embargo, las condiciones han cambiado. Probablemente, la condicionalidad deba ser parte de la respuesta que la comunidad internacional adopte frente a estos problemas, pero la receta tradicional ya no es viable. En la devaluación de las monedas nacionales permita aumentar las exportaciones, cuando caen los términos de intercambio, aumenta el proteccionismo y se debilita la expansión del comercio mundial. Segundo, la existencia de tasas de interés reales que son exageradamente altas para los países deudores. Tercero, la magnitud del endeudamiento.

Las reglas del juego han cambiado. La capacidad de respuesta de cada país dependerá, en gran medida, de su potencialidad de exportar y para sustituir importaciones. Cada país deberá acostumbrarse a vivir con sus propios medios. Por lo menos hasta que se establezca la confianza en el sistema financiero internacional y los banqueros vuelvan a desarrollar su negocio, que no es, naturalmente, reducir los préstamos y sus carteras activas, sino aumentar las corrientes de crédito. Cuando ese momento llegue, seguramente la experiencia de los últimos años provocará modificaciones importantes en el comportamiento de deudores y acreedores. Mientras tanto, los deudores deben afrontar con firmeza el proceso de ajuste de sus cuentas internacionales.

En definitiva, la posibilidad de que cada país administre su deuda y realice su ajuste externo, requiere la solidez de su sistema político y la representatividad de sus cuadros dirigentes, pues la deuda está ligada a poderosos intereses y a visiones que pueden comprometer la adopción de políticas realistas de balanza de pagos y desarrollo económico.

¿Y acaso se resolverá esta crisis con las políticas económicas que hasta el momento se han aplicado? ¿Estamos saliendo del atolladero? ¿O será que la crisis sólo se ha pospuesto hasta la próxima recesión mundial, cuando América Latina no pueda o no quiera cumplir con el servicio de la deuda, debido a la disminución de sus divisas y el aumento de las tensiones sociales y políticas internas? ¿No requieren las nuevas soluciones una actitud internacional más abierta y cooperativa, con el objeto de facilitar el proceso de ajuste, disminuir los trastornos económicos, las carencias sociales y la inestabilidad política de los países deudores y asegurar que se avance hacia la meta de largo plazo que es el salir del atraso y de la pobreza? Éstos son los temas centrales a los que se enfrenta la comunidad internacional, en lo que concierne a la deuda, la cual se mantendrá como la principal preocupación de América Latina de los países que están altamente endeudados.

Los ingresos por habitante cada vez menores, el desempleo creciente y la inflación galopante se han traducido en mayores carencias sociales y más pobreza, las cuales alimentan la inconformidad política.

Los países deudores se han beneficiado al posponerse el pago del principal, ampliarse los períodos de gracia a los acuerdos de reestructuración. Pese a sus limitaciones, los nuevos créditos bancarios han permitido sostener los niveles de importación y el proceso de ajuste. Los bancos privados se han beneficiado porque los deudores no se han suspendido sus pagos y porque ha disminuido el riesgo de una moratoria en el futuro, si bien sus utilidades por el cobro de intereses pueden ser hasta cierto punto menores. Además, el FMI ha tenido éxito en impedir el colapso de los sistemas financiero y de comercio internacionales.

Se sostiene a menudo la necesidad de una solución más general del problema de la deuda. Esto entrañaría una renegociación internacional en la que participaran todos: los países deudores y los acreedores, los bancos privados y las instituciones financieras internacionales. Conforme a este proceder, se renegociaría la deuda de América Latina o, más ampliamente, toda la de los países en vías de desarrollo, como aspiración fundamental, ampliándose los plazos de vencimiento y distribuyendo mejor las cargas del reembolso entre los grupos involucrados.

El autor es Vicedecano. Facultad de Derecho. UNAN-León y Catedrático. Derecho Internacional.

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