Turismo y algo más

Carlos Cardenal M. Constantemente estamos oyendo que el turismo es la panacea de nuestra resquebrajada economía y que para fomentarlo se deben tomar diversas medidas, entre ellas, promocionar al país dentro del paquete turístico centroamericano, mejorar los servicios de hotelería y conexos reeducando al personal y otras recomendaciones que sería muy largo enumerar, siempre bajo […]

Carlos Cardenal M.

Constantemente estamos oyendo que el turismo es la panacea de nuestra resquebrajada economía y que para fomentarlo se deben tomar diversas medidas, entre ellas, promocionar al país dentro del paquete turístico centroamericano, mejorar los servicios de hotelería y conexos reeducando al personal y otras recomendaciones que sería muy largo enumerar, siempre bajo la premisa, válida por cierto, que Nicaragua es un país de naturaleza bella y exuberante.

El turismo sin embargo, como otra industria más del universo económico de cada nación, tiene que ser competitivo y forzosamente orientado hacia segmentos de población de países desarrollados, que puedan traernos esas divisas que tanto necesitamos. Y para el gusto y expectativas de esos turistas, es que tenemos que estar preparados. Básicamente pues debemos consolidar una infraestructura de bienes y servicios de esmerada calidad que acompañe en armonía al espléndido paisaje que la naturaleza nos ha regalado.

Por circunstancias del pasado reciente y de una ideología que enalteció en forma desmesurada y no realista nuestra nicaraguanidad, haciéndonos creer que Nicaragua no era sólo el centro de la tierra, sino del universo. Superamos la teoría de Ptolomeo con creces y lamentamos la no existencia de otros países en planetas lejanos, para enviarles nuestra “solidaridad”y “apoyo”. Esta creencia en un patriotismo (partidismo) exacerbado, nos llevó a pensar que todo lo nuestro era de excelente manufactura y no había empacho en hacer “poetas” de la noche a la mañana, graduándolos en tres o cuatro talleres y “profesionales” en unos cuantos sabatinos. Concomitantemente aparecieron los famosos innovadores, “ingenieros” por generación espontánea, llenándose así el país de cuadros “calificados” tanto en el campo de la ciencia, como en el de las artes.

Fácilmente se comprobó después que todo este andamiaje humano no respondía a las necesidades de una verdadera reconversión industrial, que el país tanto necesitaba al terminar una década de guerra y caos económico. Nos habíamos quedado sin embargo con la mentalidad de una autosuficiencia profesional, acompañada de actitudes reivindicativas, en el campo laboral, que con despliegue de un arrogante nacionalismo, cubrían como una cortina de humo un chapucerismo generalizado en todos los ámbitos de nuestra economía y del cual el turismo es todavía víctima directa. Quiero destacar que una actitud tan distorsionada de nuestras propias capacidades no ha permitido el cambio hacia una mentalidad más realista de nuestro potencial económico. El turismo es un perjudicado más de esta falta de excelencia, causada por el chapucerismo y su secuela inequívoca, que es la mediocridad a todo nivel.

Reconozcamos que culturalmente hablando, el turismo es parte de la cultura y de la educación de un país. El nuestro está inserto dentro de las dominantes preferencias estéticas de Europa y de Estados Unidos; es lógico que no podemos ignorarlas y tenemos que salir a su encuentro. Ésa es parte de la misión esencial de la industria turística. Con esto quiero decir que nuestros hoteles, restaurantes y servicios del género deben estar en consonancia con las expectativas de esas masas altamente exigentes. Como complemento, no sólo se debe acondicionar adecuadamente la infraestructura antes mencionada, sino también los yacimientos y monumentos arqueológicos, algunos de ellos semi abandonados, reconstruyéndolos y proveyéndolos de guías académicamente aptos para que enriquezcan la historia con fehacientes y documentadas explicaciones de todo lo relacionado con la arquitectura, la antropología y costumbres del sitio a visitarse. Éste es el caso de León Viejo, que es una mina sin explotar en manos de guías pobremente preparados para acometer tan importante tarea.

Como ejemplo lejano, menciono que una parte de las cosas que se enseñan en Grecia y Asia Menor no existen. Sólo están en la cabeza de esos guías bien entrenados que completan la historia y el conjunto arquitectónico derruido, con su cultura adquirida precisamente para “mostrar” al turista el patrimonio histórico de ese país y llenar sus expectativas, como visitante curioso y ávido de conocimiento. Se conjugan allí, la arqueología, la historia y la naturaleza, en un escenario de turismo integral, que es lo que nosotros debemos producir, para dar sentido y realismo a nuestras proyecciones en esa industria de futuro, verdaderamente sostenible a corto y largo plazo.

El autor es miembro del Foro Educativo Nicaragüense, Eduquemos.

Economía

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