Erick J. Brenes Castro
Vagabundeando mi hermano y yo en busca de un lugar tranquilo y alegre, encontramos un pequeño sitio bohemio que tenía un aparato llamativo y ruidoso, llamado pasadisco automático de moneda (Jukebox). En el menú se ofrecía canciones de nuestros cantautores Norma Elena Gadea, Camilo Zapata y Carlos Mejía Godoy. Entonces recordé unas palabras del presidente de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), que explicaba cómo en un futuro la propiedad fonográfica se registraría para beneficio de los que la producen y escuchen. Sin embargo, la realidad nicaragüense nos indica que el precio de las canciones subió de forma alarmante, pasando por canción de C$1.00 en disco de vinilo a C$5.00 en compacto: las roconolas tradicionales dejaron de ser un artículo suntuario barato, pasando a las roconolas digitales de lujo y con altos precios.
Si la revolución tecnológica es para simplificar procesos, también debería bajar costos, donde los dueños de estas máquinas estrepitosas negocien con los cantautores nacionales un porcentaje sobre sus ganancias por el aprovechamiento de cada canción. De esa forma gustosamente introduciríamos los cinco córdobas, compartirían las utilidades, escucharíamos lo nuestro y pagaríamos con gusto.