José Adán Silva [email protected]
Roman, Times, serif»>¡Hey, taxi!
De Chevys, odios y Spencer
José Adán Silva
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La rutina de muchos largos y solitarios viajes en diferentes vehículos, y algunas recomendaciones (anónimas unas, con apellido otras) para aprender el oficio de escritor, me han creado la manía de fijarme en la geografía del interior del vehículo.
Así, siempre veo si el retrovisor es pequeño o grande, si las palancas de cambios son mecánicas o automáticas, si el timón lleva impreso el sello de la marca del carro, si el tablero añora una manito compasiva de limpión y kleenex, si las alfombras están limpias o sucias, si hay adornos o juguetes colgando, si hay miradas dolorosas de cristos, vírgenes, divinos niños o citas bíblicas en fichas de plástico y papel…
Ahora, con las nuevas disposiciones de la Policía Nacional, los taxistas están obligados a portar en un lugar visible, en tamaño familiar, una credencial de seguridad donde revelan su nombre con una foto, el teléfono de la cooperativa, la dirección, su cédula (con su respectiva fecha de nacimiento) y la placa y marca del vehículo.
Así conocí esta semana a don Armando José Ríos, centrado señor de 51 años que maneja un muy bien cuidado vehículo Chevy Monza, plateado. La presencia del mencionado auto en las calles, me llamó la atención ante la casi extinción de esa marca como vehículo de servicio de taxi.
Tal extrañeza se debe a un factor que fue público por su vinculación a un acto de corrupción: la reputación de tales carros en Nicaragua no es la mejor, ya que están fichados dentro del gremio colectivo de taxistas como “chicas plásticas” y “carritos descartables”.
Tal imagen de poca estima se debe a que estos vehículos entraron a la fauna metálica de taxis por medio de una triangulación oscura que hizo Donald Spencer, un agrio personaje que siendo presidente de la junta directiva del estatal Banco Nicaragüense de Industria y Comercio (Banic), gestionó préstamos de ese banco a favor de cientos de taxistas, para que éstos compraran al crédito los vehículos en la Compañía Automotriz de Nicaragua S.A., de la cual él era representante.
Los vehículos, además de caros, resultaron de muy mala calidad y a los pocos meses ya los taxistas se quejaban de estafa. El banco, como toda institución de pocos sentimientos, no perdonó y poco a poco los vehículos fueron siendo embargados y apiñados bajo lluvia y sol en un predio vacío ubicado al norte del edificio Oscar Pérez Cassar, sede del ahora quebrado Banic.
A don Armando, mantener en buen estado y elegante su carro le ha costado lágrimas de sangre y sudor, que las acompaña de duros comentarios de odio y vísceras contra aquellos que en mala fecha decidieron clavarles los vehículos Chevy a los taxistas.
“Con lo que he pagado por este carro ya hubiera comprado tres Toyota”, dice don Armando, al sacar cálculos sobre la deuda ya pagada de más de 10 mil dólares, y los otros cinco mil que aún adeuda.
Por eso para él y doce cooperativas más, la palabra Spencer y la marca Chevy están ligadas a un verbo publicable y mil palabras soeces: odio. La referencia más amistosa sobre Spencer, en su calidad de funcionario público del Banic y vendedor de autos, era comparada con la mala imagen de la calidad del Chevy: parecía bueno, pero resultó demasiado caro, y al final no sirvió para ni m…