- Esta comunidad fronteriza con Honduras lleva tres meses azotada por una extraña enfermedad que hace enloquecer a sus víctimas. Un mes después del fracaso de la primera comisión del Minsa, una nueva brigada llegó a Raití. La formaban, entre otros, dos psiquiatras y una mujer profeta. Sólo trabajó esta última.
Juan Ruiz Sierra [email protected]
“Buenas noches, mi nombre es Carlos Fletes. Soy psiquiatra y director de Salud Mental del Ministerio de Salud (Minsa)”. “Buenas noches, me llamo Sol Fork y soy profeta”. La primera reunión entre la comisión ministerial y los líderes de Raití comenzó el pasado 19 de octubre con la presentación de los asistentes, sentados alrededor de una larga mesa de madera. El doctor llegó junto a otro psiquiatra, un médico, una enfermera y una socióloga. La profeta vino acompañada por dos ayudantes, uno de ellos su marido. Ni ella ni él dieron sus verdaderos nombres.
Sol Fork se llama Porcela Sandino. Antes de llegar a Raití pasó tres días meditando y preparando la tarea que el Minsa le había encomendado: curar los 139 casos de histeria colectiva, o Grisi Siknis, que se han dado en esta comunidad miskita durante los últimos tres meses. En esos días soñó que su nombre para este trabajo debía ser el de Sol Fork. “El Sol representa el bien”, explicó. “Y Fork —tenedor, en inglés— representa el mal. Las dos cosas son necesarias para combatir la hechicería”. Sandino no tuvo ninguna duda sobre el origen de la dolencia: “Esto es obra de un brujo”. Para el doctor Fletes, por el contrario, se trataba de un caso de “sugestión mental que hay que estudiar”.
Los doctores fueron trasladados en pangas de la OEA, que trabaja desde hace cinco años en la zona del Río Coco. Se alojaron y comieron en la sede de esta organización internacional, cuyo personal también se encargó de presentarlos ante los líderes. El hecho de que el Minsa necesite del aval de la OEA para viajar y trabajar en una localidad nicaragüense, dice algo sobre el abandono que sufre el territorio miskito.
“Estos psiquiatras no hicieron nada”, comentó después Marco Antonio Cordero, un consultor de la Organización de Estados Americanos (OEA), quien ha pasado gran parte de los últimos tres meses en Raití. El doctor Fletes declaró antes de llegar a la comunidad, que iban a tomar muestras de la sangre de los enfermos y a analizar el agua que beben. Sin embargo, ciertas razones emocionales se interpusieron en su camino: “No pudimos realizar los estudios que teníamos pensados porque los enfermos nos asustaron”, sostuvo entre risas el psiquiatra, quizá pensando en el golpe con una faja que le propinó uno de los afectados.
Durante los cuatro días que duró la visita, el director de Salud Mental dedicó bastante tiempo a escucharse a sí mismo. “Es un caso muy interesante. Estoy pensando en presentarlo en el próximo congreso de psiquiatría”, fue su frase más repetida.
La curandera, en el otro extremo, no dejó de trabajar con sus oraciones, líquidos y sueños. Como profeta que dice ser, su labor viene determinada por las visiones que tiene mientras duerme. Así, esta mujer menuda y de sonrisa fácil soñó que tenía que ir vestida de rojo y blanco, que no debía de utilizar hierbas en el proceso de curación, que el hechizo se debía a “un brujo muy poderoso…”
El pasado 21 de diciembre fue una buena jornada para la curandera. El día anterior, el primero de tratamiento, más de una veintena de enfermos habían atacado la casa en la que ella trabajaba. Pero la comunidad despertó tranquila a la luminosa mañana siguiente. Sandino salió de la casa donde se alojaba con cara de concentración. La seguían sus dos ayudantes, quienes portaban un cubo con un líquido de color azul y un coco vacío. El grupo visitó el cementerio, el río y la selva que se extiende a espaldas de Raití. De acuerdo con sus creencias, allí se encuentran los espíritus malignos, responsables de la enfermedad. Los lugareños miraban respetuosamente, desde las ventanas de sus casas, a las tres ceremoniosas personas que marchaban en fila india. Poco a poco la curandera fue ganándose a la comunidad con su actitud realista y nada mercantil. Ni prometió que iba a curar a los enfermos ni pidió nada a cambio.
Y, a partir de entonces, todo estuvo tranquilo. Los ataques se redujeron hasta casi desaparecer, y los lugareños, que llevaban mucho tiempo sin querer salir de sus viviendas por miedo a las crisis de los enfermos, volvieron a pisar la hierba y el fango de Raití.
“La situación ha mejorado, pero no está solucionada del todo”, expresó Jairo Muñoz, uno de los líderes, durante la que iba a ser la última reunión antes de la partida de la brigada del Minsa. “Les pido que se queden aquí hasta que todo vuelva a ser normal de nuevo”, rogó.
Sandino no presentó ninguna objeción. Permanecería en Raití el tiempo que fuera necesario, sin importarle las fechas navideñas. Los doctores y el resto de personal médico querían pasar la Nochebuena en casa, así que partieron ese mismo día. Por la noche, cuando la comisión del Minsa estaba en Amak, una comunidad mayagna donde pernoctó una noche antes de llegar a Wiwilí, el director de Salud Mental repitió la consabida frase: “Es un caso muy interesante. Estoy pensando en presentarlo en el próximo congreso de psiquiatría”.
¡MATAR AL BRUJO MALO!
Si el éxito de un curandero está directamente relacionado con la confianza que despierta en el enfermo y su entorno, la primera reunión entre la curandera Porcela Sandino y los líderes de Raití fue un fracaso. Estos últimos, un tanto escépticos porque ya habían atendido a varios sanadores tradicionales que no solucionaron el problema y exigieron una onerosa contrapartida, presentaron un plan de acción con tres puntos, por orden de prioridad. El primero consistía en identificar al autor del supuesto hechizo. “¡Y eliminarlo!”, reclamaron varios de ellos, desesperados por estos tres últimos meses de histeria. Los otros dos eran la detección del tipo de brujería utilizada y la cura de los enfermos. El doctor Carlos Fletes, director de Salud Mental del Minsa, asistió a la lectura del plan con expresión seria.
“No estamos aquí para señalar culpables, sino para curar”, fue la respuesta de Sandino. El ambiente se crispó entonces. Los dirigentes argumentaron que no tenía sentido sanar a los enfermos si después el brujo iba a hechizarlos de nuevo, cuando la curandera ya se hubiera ido. Sandino se mantuvo inflexible. “Si les digo quién ha sido, ustedes lo van a matar y la responsable voy a ser yo”, replicó. “Además, puede que después la familia del brujo quiera venir a matarme a mí por haberlo señalado”. Los lugareños terminaron aceptando sus razones.
PIE DE FOTOS:
1.- La población de Raití cooperó en los rituales de curación. En la foto, varias mujeres llevando agua para el baño con el que comenzó el tratamiento.
2.- Hasta cinco personas son necesarias para controlar a los afectados por el Grisi Siknis.
3.- Domicilia Wellington, de 14 años, durante uno de sus habituales ataques.
4.- Porcela Sandino regó el cementerio de Raití con un misterioso líquido. “Para liberarlo de los malos espíritus”, dijo.