Alejandro Toledo, el presidente de teflón

Marcela Sánchez A Ronald Reagan generalmente se le reconoce como el primer “presidente teflón”. Sin importar lo que pudo salir mal durante sus dos períodos presidenciales en los 80, ya fuera bajo su control o no, Reagan siguió siendo popular, ninguna acusación o ninguna mala noticia se le pegaba, como si estuviera recubierto de una […]

Marcela Sánchez

A Ronald Reagan generalmente se le reconoce como el primer “presidente teflón”. Sin importar lo que pudo salir mal durante sus dos períodos presidenciales en los 80, ya fuera bajo su control o no, Reagan siguió siendo popular, ninguna acusación o ninguna mala noticia se le pegaba, como si estuviera recubierto de una capa no adherente.

En América Latina, donde el creciente desencanto hacia la democracia está erosionando todavía más la confianza pública en los políticos, un nuevo tipo de presidente teflón está surgiendo. Hoy, Alejandro Toledo del Perú lo personifica a la perfección con un cruel agravante –para Toledo, ni siquiera las mejores de las noticias se le pegan.

El año pasado, Perú vio el mayor crecimiento económico en América Latina y esa tendencia parece continuar en el 2003. Aún así, la popularidad de Toledo baja en espiral, refutando el convencionalismo político de que la popularidad de un presidente mejora a la par con la economía.

Desde su posesión, Toledo ha apoyado plenamente la labor de la Comisión de la Verdad y Reconciliación creada para responder a la reciente historia peruana de abuso, violencia y opresión. Ha sido el único presidente sudamericano en recibir al presidente Bush en su país y ha ayudado a consolidar la expansión de beneficios comerciales estadounidenses para exportaciones peruanas. No obstante, su grado de aceptación ha permanecido lejos de los niveles previos a la elección.

Hace dos meses Toledo recortó su salario un 30 por ciento. Ese mismo mes, viajó a California como el primer presidente latinoamericano en ejercicio en pronunciar el discurso de graduación en la Universidad de Stanford. También ese mes, su grado de popularidad cayó a un ínfimo 11 por ciento, el más bajo en sus dos años de presidencia.

Desde entonces su popularidad ha subido un poco y observadores acá creen que los esfuerzos para recortar su período presidencial han menguado. Aún así, la situación de Toledo es desafortunada especialmente teniendo en cuenta que la suya ha debido ser una extraordinaria historia a la Cenicienta para la democracia en la región.

El caso de Toledo, en muchos aspectos, puede ser el último ejemplo de cómo el avance democrático y el crecimiento económico, dos pilares de la política hacia América Latina de la Administración Bush, pueden ser buenos y necesarios pero insuficientes para contribuir al progreso de una nación. Incluso las mejores intenciones y políticas de Washington probablemente no pegarán, cuando el líder es débil, impopular o, como Toledo, tiende a enlodar las cosas.

Así, por ejemplo, la manera desdeñosa como Toledo trató las preocupaciones ambientales ha retrasado lo que debió ser una cosa fácil para su gobierno y para la administración en Washington y ha debilitado la victoria política que pudo haber obtenido. El ambicioso proyecto de gas natural Camisea, si se completa, transformaría a Perú de un país importador a exportador del importante recurso pero el flagrante mal manejo del gobierno de Toledo, según una fuente del Congreso estadounidense, ha hecho que la administración Bush se resista a ofrecer su pleno apoyo.

Toledo también ha perdido oportunidades para obtener éxitos tangibles en la guerra contra las drogas en Perú. Cuando Washington suspendió el apoyo en el 2001 para la llamada política de “derribo” de aeronaves, después de que pilotos peruanos accidentalmente mataron a una misionera y a su bebé, Perú y Colombia, los dos participantes del programa, debieron hacer una revisión completa y adoptar cambios para asegurar que dicha tragedia no se repita.

La administración Bush reinició el programa en Colombia la semana pasada, mientras que a Perú, según creen algunos acá, le faltan años para hacer las reformas necesarias.

Toledo también está enviando señales equívocas sobre las drogas y el presupuesto militar. A pesar de ambiciosas metas de interdicción, Toledo recientemente les prometió a cocaleros que no los forzará a erradicar y les dará más tiempo para cambiarse a cultivos legales alternativos. También ha prometido reprimir cualquier nuevo brote terrorista de las guerrillas maoístas de Sendero Luminoso –al tiempo que insiste en reducir el gasto militar.

Así que incluso si en unas pocas semanas la administración Bush emite una evaluación positiva sobre los esfuerzos antidroga peruanos, ello probablemente no será suficiente para contrarrestar las propias acciones de Toledo. De hecho, estas señales equívocas, la falta de dirección y el mal manejo son parte de las explicación entre líneas de por qué cosas aparentemente buenas no se adhieren para nada a la Presidencia de Toledo.

Reconsidere usted entonces lo que debió haber generado apoyo popular este verano. El viaje de Toledo a Stanford pudo haber sido un honor; se convirtió en cambio en un estímulo a las críticas por haber usado en su viaje el avión presidencial. El recorte de salario de Toledo fue el segundo de los tres que ha hecho con la intención de mostrar solidaridad con los pobres peruanos y que han sido vistos en cambio como gestos débiles de un presidente veleidoso.

En retrospectiva Perú tiene mucho de qué enorgullecerse desde el final del régimen autocrático de Alberto Fujimori. Y ahora que se conocen los resultados de la investigación de dos años elaborada por la Comisión de la Verdad, emitidos el jueves, Perú y Estados Unidos debieran ver los éxitos y fracasos de Toledo bajo la luz de un régimen democrático. Lo que sigue siendo paradójico es que Toledo es menos popular que sus predecesores cuyas dos décadas de corrupción y opresión difícilmente podrían ser llamadas democráticas.

washingtonpost.com

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