Doña Eduarda Amador Paz carga a su nieto Johnny, de tres años, durante la marcha emprendida por centenares de obreros agrícolas, con destino a Managua. (LA PRENSA /L.E. MARTÍNEZ)

Doña Eduarda, su calvario y esperanzas

Forma parte de los más de cinco mil campesinos que emprendieron una marcha desde Matagalpa hasta Managua. Ella carga con sus tres hijos menores y su pequeño nieto con la ilusión de que el gobierno le proporcione “un lugar donde sembrar” Luis Eduardo Martínez M.CORRESPONSAL/[email protected] El agua de la lluvia se confunde con el sudor […]

  • Forma parte de los más de cinco mil campesinos que emprendieron una marcha desde Matagalpa hasta Managua. Ella carga con sus tres hijos menores y su pequeño nieto con la ilusión de que el gobierno le proporcione “un lugar donde sembrar”

Luis Eduardo Martínez M.CORRESPONSAL/[email protected]

El agua de la lluvia se confunde con el sudor de su tez morena. Sobre sus hombros, su pequeño nieto carga una cruz hecha con la frágil rama de un árbol. Agotada por extensas jornadas a la intemperie, la humilde mujer de pelo oscuro participa de una masiva marcha de obreros agrícolas que pretenden llegar a Managua, capital de la República. “Esperamos que el gobierno nos dé respuesta, que nos dé donde sembrar, donde trabajar”, dice aún con esperanzas doña Eduarda.

Son las once de la mañana. La lluvia se ha ido y el sol se eleva amenazante. Doña Eduarda Amador Paz ve hacia el ahora despejado cielo, mientras su nieto, el pequeño Johnny, de tres años, cubre su cabeza con un pañuelo y mantiene en alto su pequeña cruz de madera.

DESDE EL VALLE LA GARITA HASTA MANAGUA

La mujer continúa en medio de la multitud. De su deteriorada blusa roja cuelga otro niño: Hugo, uno de sus tres hijos menores, quien camina junto a ella.

Originaria del Valle La Garita, en San Ramón, doña Eduarda no sabe su edad: “Tengo como 45 o más”, dice, sin detener el paso. Ella sabe que aparenta más edad. No obstante, sus ojos negros se fijan hacia adelante, llenos de esperanzas y sigue hacia el frente.

Madre soltera de seis hijos, tres de ellos mayores y casados, doña Eduarda trabajaba en la finca cafetalera Las Mercedes. Sin embargo, relata: “Allí dejaron de pagarnos. Por último nos pagaban con sal. Además, mi nuera me dejó a este niño (su nieto Johnny) y tenía que estar cuidándolo, por eso dejé de trabajar allí, en Las Mercedes”.

Volviendo la vista al niño sobre sus hombros, doña Eduarda agrega: “Este sacrificio es por ellos, porque nosotros no tenemos trabajo. Son tres hijos grandes los que tengo, pero todos ya tienen sus mujeres”.

LA “MANTIENE” UNO DE SUS TRES HIJOS MAYORES

De sus tres hijos mayores, la mujer del campo dice que sólo Juan Carlos le presta ayuda. “Él me mantiene. Tiene su señora, pero siempre me ayuda, tenga o no tenga, siempre me ayuda. Por eso él no anda aquí, porque tiene que rebuscarla con algún trabajito que salga”.

José y Fausto, sus otros hijos casados, no tienen empleo y cuando lo consiguen es para sostener a sus propias familias.

Además de Hugo y Johnny, a doña Eduarda le acompañan sus otros hijos menores, Ismael y Noel, de 12 y 7 años, respectivamente, quienes van un poco más atrás, en medio de la multitudinaria marcha.

Ellos la han acompañado desde que estaban a la intemperie, en un plantón que obreros agrícolas sostuvieron por más de un mes en el empalme San Francisco, cinco kilómetros al noreste de la ciudad de Matagalpa.

LA CRUZ DE LA ESPERANZA

“A mí me gusta trabajar… pero hemos andado allí, rodando con los niños, durmiendo en las carreteras”, dice doña Eduarda, al tiempo que repite: “A mí me gusta trabajar. Voy a San Ramón, voy a Matagalpa, a buscar trabajo de lavado y planchado, pero a nadie le gusta dar a planchar o lavar. Conseguir trabajo es tarea difícil porque en las fincas no pagan”.

Por ello, la mujer de tez morena, ojos y cabello negros, junto a sus hijos, nieto y demás obreros agrícolas, continúa en el éxodo hacia Managua.

Su nieto, Johnny, el de tres años, más tarde, apenas podrá recordar que, una vez, sobre los hombros de su abuela, cargaba una pequeña cruz de madera, que además del “calvario” sufrido por los obreros agrícolas, representaba las esperanzas de un futuro mejor.

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí