Constantino Céspedes Rocca
Recientemente asistí a una misa de difunto y recordé los primeros años del gobierno de doña Violeta, duros, complicados, con tanta pobreza y necesidades que parecía imposible salir adelante. Fue entonces que unos médicos se organizaron e iniciaron viajes cada 15 días, sacrificando sábado y domingo, a la Isla de Ometepe. Durante casi dos años los médicos del grupo de diez a 15 se distribuían en Moyogalpa y Altagracia y hacían las consultas en las diferentes especialidades, incluyendo medicinas y operaciones menores, hasta las nueve o diez de la noche.
Al cabo de casi dos años habían contabilizado más de 5,000 consultas y 85 operaciones menores y hoy, 13 años después, siguen llegando a los hospitales pacientes de la Isla de Ometepe haciendo uso de los canales que esos médicos establecieron.
Recordé al doctor Germán Gómez —el “maestro” le decían sus compañeros— y lo miré despidiéndose de nosotros en su partida hacia el más allá de la misma forma que vivió, humilde, sin pompas, sin vanidades, sin discurso, sin políticos, acompañado únicamente de sus colegas, enfermeras, personal hospitalario, amigos y sus hijos, nada más. Escuché emocionado las palabras del sacerdote y la música que impresionaba. Así partió, como cuando tomaba la lancha en los muelles de San Jorge y Moyogalpa, en silencio, seguro de que su trabajo lo había cumplido.
Gracias doctor Gómez, que Dios también le extienda su mano y lo conduzca al lugar donde hombres como usted deben descansar.