Ma. Cecilia Reyes de Sánchez
Desde mediados de los 60, mi papá, Arnoldo Reyes Icaza, donó al Estado varios potreros de nuestra hacienda El Diamante, donde la UNAN realizaba las excavaciones de León Viejo. La última vez que estuve allí fue a fines de los años 70. No quise volver desde que el gobierno sandinista nos despojó de la propiedad heredada de mi abuelo.
Después de dos años de haber regresado tenía deseo y curiosidad de visitarlo de nuevo, y lo hice el 6 de julio. En una curva de la hermosa carretera adoquinada, al ver al colosal Momotombo corrió por mi mente el recuerdo de los paseos escolares y familiares, las vacaciones, las excursiones en carreta o a caballo por la costa, el madrugar para tomar leche recién ordeñada, el afilar de los machetes, el mugido de las vacas, el baño en el lago (aún no tan contaminado).
En las ruinas me satisfizo la limpieza, instrucción y cortesía de la guía. Le pregunté cómo llegar a El Diamante y me dijo que después del Mitch los nuevos “dueños” la mandaron a botar por miedo a que cayera sobre la gente. Sentí añoranza pero también alivio, y ante la tumba del obispo Valdivieso, que es un santo por su martirio, pedí su intercesión para sepultar en el olvido el robo de nuestro Diamante.