Basurero

Deborah Robb Deshacerse de la basura en Managua no es fácil. Hay horario de colecta pero quienes recogen la basura muchas veces dejan más inmundicia que la que encontraron. Los camiones siempre recogen la basura de los negocios que pagan para tener su propio depósito. Funciona pagar para quien genera gran volumen de basura, pero […]

Deborah Robb

Deshacerse de la basura en Managua no es fácil. Hay horario de colecta pero quienes recogen la basura muchas veces dejan más inmundicia que la que encontraron.

Los camiones siempre recogen la basura de los negocios que pagan para tener su propio depósito. Funciona pagar para quien genera gran volumen de basura, pero un establecimiento pequeño como el mío da sólo una bolsa de 60 a 100 litros diarios, casi todo orgánico porque lo que se puede reciclar se recicla. Entretanto, esa bolsa pequeña causa desastre cuando no se recoge.

La gente de la calle vive entre tanta basura que no la ve. Atrás de sus muros y verjas, quien los tiene mantiene limpio y monitorea la llegada del camión de la basura como quien espera un avión que no puede perder. En muchos barrios es bonito ver al amanecer cómo se abren las verjas y salen mujeres y hombres de cierta edad a barrer el andén, recoger hojas, instalar su bolsa negra. Esta gente aseada, cuando pierde el camión —lo que sucede con harta frecuencia— es capaz de contratar a otros colectores de basura que andan con sus carrozas a caballo. Pero, ¿quién no sabe que éstos la llevan a botar al cauce más cercano?

Me habitué a cargar mi basura buscando un depósito confiable. Aquellos basureros públicos —una canasta metálica suspendida— que la Alcaldía instaló con patrocinios empresariales, no sirven para nada. La gente y los camiones los ignoran. Un día metí una bolsa en una de las calles paralelas al nuevo edificio Pellas y quedó allí dos semanas. Cuando el tufo se puso insoportable los cambistas de enfrente me reclamaron. Igual me reclama ahora el gerente de la sucursal de la pizzería Domino’s que hay en esa esquina de la Carretera a Masaya, que alquila uno de esos depósitos enormes, y como lo veo siempre abierto, en la vía pública, comencé a llevar mi basura allí. “Esto es propiedad privada”, me dijo, y le rogué que me permitiese usar su basurero (espacio le sobra). Pero se negó de nuevo y me dijo que “vaya donde vaya, le van a decir lo mismo”.

Pero eso no es verdad, me alegra decirlo. La Casa del Café, por ejemplo, tiene un basurero alquilado que no está en la vía pública y que se mantiene cerrado con candado, y allí me han permitido dejar mi saco negro. El contraste en actitudes de los dos negocios me hizo feliz: uno es nica.

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