Niños peones de las piedras y la arena

La erradicación del trabajo infantil parece un sueño inalcanzable en Nicaragua, principalmente en las zonas rurales del país, donde se ve con naturalidad que los niños y niñas empiecen a trabajar desde los siete años de edad. Es el caso de El Realejo y El Naranjo donde pequeñines de seis años se dedican a picar […]

  • La erradicación del trabajo infantil parece un sueño inalcanzable en Nicaragua, principalmente en las zonas rurales del país, donde se ve con naturalidad que los niños y niñas empiecen a trabajar desde los siete años de edad. Es el caso de El Realejo y El Naranjo donde pequeñines de seis años se dedican a picar piedra o a extraer conchas de mar. En el país, la población infantil laboral suma 314,012 menores

Mariela Fernández [email protected]

Sus pequeñas manitas, llenas de polvo, sostienen el mazo con el que a sus cortos siete años, René Escalante pica piedras que posteriormente venderá como piedrín a 2.50 córdobas la lata.

Mientras René sigue en su afán de pica piedras, Reina Francisca Espinoza, también de siete años de edad junta las que ya tenía picadas para llenar una lata.

Con la carita llena de polvo, su vestido café, completamente sucio y unas botas de tierra en los pies, la niña se dispone nuevamente a picar otra piedra.

Entre juego y obligación centenares de niños y niñas de las comunidades El Naranjo y El Realejo, en el departamento de Chinandega comienzan a trabajar desde la edad de siete años.

“Me gusta venir a picar piedras, me pagan y es como un juego para mí”, asegura la pequeña Reina.

Sin embargo, el oficio de pica piedras no es del agrado de todos. Mónica Rodríguez, de nueve años, sostiene que picar piedras no le causa ninguna gracia. “No me gusta hacer esto, siempre estamos sucios, no puedo jugar, porque tengo que llenar algunas latas sino no me pagan, yo quiero ir a clases“, asegura mientras continúa su triste labor de quebrar piedras.

DESCONOCEN LOS RIESGOS

Completamente ajenos a los riesgos que implica picar piedras los niños inician sus labores desde tempranas horas de la mañana, unos antes de ir a clases y otros luego de su salida del colegio.

“Primero voy a clases y luego vengo aquí para ganarme un dinero y ayudar con la comida en mi casa. Gracias a Dios nunca me ha pasado nada, ni a mí ni a los otros niños que vienen”, manifestó Luis Antonio Amado, de 12 años, quien cursa el segundo grado de primaria.

Luis asegura que desde hace mucho tiempo quiebra piedras. “A diario después de clases hago alrededor de 10 latas de piedrín, con lo que me pagan ayudo para la comida y para comprar mis cuadernos”.

Y es que a igual que Luis, sus ocho hermanos realizan esta labor desde los siete años de edad. “A todos me los traigo a trabajar desde pequeños, desgraciadamente somos muy pobres y todos debemos contribuir con los gastos”, expresa la madre del niño, Guadalupe Rodríguez, de 43 años.

“Doña Lupe”, a como la conocen en El Naranjo, desde siempre se ha dedicado a la quiebra de piedras. “Es el único trabajo que tenemos aquí, a los niños los traemos para que aprendan a trabajar y ayuden en los gastos”.

De acuerdo a doña Lupe entre sus hijos, su marido y ella hacen a diario alrededor de 60 latas de piedrín, unos 150 córdobas cada día (U$10 aproximadamente).

RECOLECCIÓN DE CONCHAS OTRA DURA REALIDAD

Mientras los niños y niñas de El Naranjo se dedican a la quiebra de piedras, los de El Realejo recolectan conchas. Al igual que los menores pica piedras, los niños y niñas empiezan la labor a los siete años cuando son llevados a trabajar por sus progenitores.

Manuel González no pudo realizar la labor diaria de recolectar conchas. Está enfermo. “Tengo varios días que no voy a conchar, porque estoy enfermo, tengo calenturas y dolor en los huesos”, asegura apesarado al ver a los otros niños regresar enseñando lo que recolectaron.

“Hoy nos fue mal yo saqué dos docenas y mi hermanita una“, expresa desalentado Jorge Luis Velásquez García, de 13 años, mientras sale de un fangal, mojado hasta la cintura con su saquito de conchas a cuestas, junto a su hermanita y un vecino.

Aunque Jorge señaló que ya no puede conchar a diario, porque tiene que ir a clases, asegura que los fines de semana y cuando no hay clases no deja pasar la oportunidad para ir, pues a pesar de no agradarle tanto esta actividad, tiene que ayudar con los gastos de la casa.

LESIONES EN EL LODO

“En realidad no me gusta conchar, porque nos herimos todos, andamos descalzos en las ñangas, nos pican los mosquitos y otros animales que hay en el lodo, pero si no lo hago no comemos. Me gustaría seguir estudiando para encontrar un trabajo mejor y ayudar más en mi casa”, expresa el niño.

Contrario a lo que piensa Jorge, su hermanita Tomaza Velásquez, de 11 años, dijo que le gustaba recolectar conchas. “A mí si me gusta porque ganamos reales y a veces podemos comprar cuadernos y otras cositas. Aunque las heridas que nos hacemos son feas, las manos y los pies los ando todos rayados por la ñanga”.

LA ESCUELA, UN IMPOSIBLE

Su familia se ha dedicado toda la vida a conchar, por tanto Omar Hernández, de 11 años, al igual que sus cinco hermanos deben realizar la faena en la arena. Por ello ninguno ha podido asistir a clases. “Me gustaría poder estudiar pero no puedo, porque tengo que ir a conchar para ayudar con dinero en mi casa”.

De acuerdo a Omar Francisco Hernández, padre del menor, la situación económica que viven no les permite mandar a sus hijos a clases. “Yo camino conchando y no hay lugar para que ellos vayan a clases. Si ellos fueran a clases no habría quien se quedara cuidando la casita. Claro que me gustaría que mis hijos supieran leer, pero la situación económica que vivimos no nos permite mandarlos a estudiar”.

Al igual que sus hijos, Omar asegura que él también no tuvo la oportunidad de ir a clases. “Ni siquiera sabemos leer, ojalá y más adelante pudiera mandarlos a clases, porque es triste no saber leer, todo mundo lo engaña a uno, pero así está de dura la vida , con lo poco que gana uno, ni eso (estudios) puede garantizarle uno a sus hijos”.

Según Hernández la docena de conchas la venden entre uno y siete córdobas. Las más demandadas, por su supuesto poder afrodisíaco, son las conchas hembras las que pagan a seis córdobas la docena, las conchas machos a 2.50 la docena y las conchas pequeñas a un córdoba la docena.

MITRAB PROMETE AYUDAR

El Ministro del Trabajo, Virgilio Gurdián se comprometió a buscar financiamiento para ayudar a que estos niños salgan de la situación de explotación infantil en que se encuentran.

En una visita que realizó al lugar de trabajo de estos menores, Gurdián dijo que el Mitrab está trabajando por la erradicación del trabajo infantil. “Estamos buscando alternativas que permitan abolir la explotación infantil que tanto daño le hace a nuestros niños y niñas, impidiéndole su desarrollo tanto físico, emocional e intelectual”.

Para esto según Gurdián se coordinará con la Organización Internacional de Trabajo (OIT) y otras instancias que trabajan por la erradicación del trabajo infantil para determinar de qué manera se impulsan proyectos en beneficio de los menores trabajadores.

Durante su visita, Gurdián señaló que las condiciones en que trabajan estos menores son de alto riesgo. “Están expuestos a accidentes y a un sinnúmero de enfermedades, y desgraciadamente al igual que estos niños, hay miles en las mismas condiciones”.

El Ministerio del Trabajo no tiene cifras de cuántos niños y niñas se dedican a picar piedras y extraer conchas. Según la última encuesta realizada por el Mitrab, más de 314,012 niños menores de 18 años se encuentran desempeñando algún tipo de trabajo, en su mayoría en situaciones de alto riesgo, consideradas como las peores formas de trabajo infantil.

ENTRENADOS ESDE NIÑOS

Decenas de niños nicaragüenses, principalmente de las zonas rurales del país empiezan a trabajar para ayudar a sus padres en los gastos de la casa, empujados por la precaria situación en que viven. Por lo general inician a los 6 años, como acompañantes y un año más tarde están listos para emprender la jornada, la cual llegan a dominar de tal manera que entre los 12 y 14 años de edad conocen muy bien el oficio, ya sea de picar piedras o recolectar conchas.  

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