La Mala Noche de la Nochebuena

Una burrita sin herraduras, pero con muorriña, espantándose las moscas con su propia cola y tirada de sondaleza por un viejecito. Sobre la burra, una mujer de extraordinaria belleza, aunque con semblante cansado por la fatiga de una larga caminata. No hablaban. El anciano, con los dedos saliéndoseles por los agujeros de los caites, limitaba […]

Una burrita sin herraduras, pero con muorriña, espantándose las moscas con su propia cola y tirada de sondaleza por un viejecito.

Sobre la burra, una mujer de extraordinaria belleza, aunque con semblante cansado por la fatiga de una larga caminata.

No hablaban.

El anciano, con los dedos saliéndoseles por los agujeros de los caites, limitaba la longitud de su paso con la punta de un bordón…

Y caminaba… caminaba…

A pesar de tan larga caminata se llamaba José.

Y llegaron a Belén, donde debían ser empadronados.

Todavía tuvieron que recorrer gran trecho en la ciudad en busca de alojamiento.

Pero, ¿cómo encontrarlo, si no llevaban dinero para pagar hospedaje?

¡Y la bella mujer de facciones demacradas por el cansancio y la fatiga, sentía ya los síntomas del parto…

José no decía nada. Ella tampoco. Sufría ella en silencio y veía él en silencio el sufrimiento.

¿Para qué lamentarse si no está el remedio ni en los suspiros, ni en los sollozos, ni en las frases de consuelo?

Caminaron… caminaron. Les cogió la noche caminando.

Ya ni siquiera se atrevían a solicitar posada a nadie más.

¡Tantas veces les había sido negada!

Hasta que rendida cayó semidesmayada en la puerta de un establo.

Y allí se «establecieron».

José sudaba. El frío era terrible. No tenían más abrigo que la paja ni más calor que el vaho de una mula y de un buey; pero José sudaba…

Es que llegaba el momento de dar a luz… las diez… las once… aquella mujer bella, con sus facciones demacradas por el dolor, gemía mordiendo su túnica, como para perturbar el silencio de aquella mula o aquel buey, que estaban en su casa, que los había admitido…

Sobre un pesebre, revolcándose, pasó una hora más.

Un gemido de niño recién nacido hizo volver en sí a José. María estaba pálida pero sonreía. Algo divino iluminaba su rostro. Era una luz que se difundía por el ambiente nauseabundo del establo, embelleciéndolo… perfumándolo…

Y el buey y la mula, curiosos, contemplaban el retoño…

Cantó un gallo, más alegre que ningún otro gallo.

Dos pastorcillos que pasaban, no pudieron menos que compadecerse de la amargura de aquel cuadro, donde una mujer yacía sobre la paja, con un niño lloriqueante a su lado.

Entraron.

La belleza de aquella criatura los hizo caer de hinojos…

¡Qué lindo…!, dijo uno.

Y lo alabaron.

Hasta que el otro, por cumplido se atrevió a decir:

«¡Sí, es el vivo retrato de su padre!».

María bajó la cabeza…

José se puso colorado y se quedó mirando con disimulo los lirios de su varita…


El Azote

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