Marlon José Navarrete Espinoza.
Los católicos de Nicaragua han festejado jubilosamente la fiesta de La Purísima.
El fondo de esta fiesta es celebrar a la Virgen, Madre de Dios, y demostrar la generosidad del cristiano que encuentra alegría en dar y regalar a su prójimo, sin importar las limitaciones económicas o humanas, imitando las virtudes de María y colaborando con la labor evangelizadora haciendo cultura en la Iglesia y la sociedad. Esta celebración es única en todo el mundo y es de identificación plenamente nicaragüense.
Sin embargo, en los últimos tiempos la necesidad desplaza a lo tradicional reflejándose en que en lugar de repartir las artesanías y dulcería local como las cajetas y el gofio, se reparten artículos plásticos, caramelos importados y, los más pudientes, uvas, manzanas, juguetes, etc. En consecuencia, cada año se fabrican menos artículos de artesanía y si bien es cierto la gente es libre de regalar lo que desee lo ideal es combinar ambos tipos de artículos, es decir, lo práctico unido a lo tradicional.
Otro aspecto en el que choca la tradición con la necesidad es que las caravanas de gente cada vez cantan menos ante un altar, lo hacen desordenadamente para salir apresurados a buscar más altares y alcanzar a llenar lo más posible los sacos o paquetes. Esto es un fiel reflejo del alto índice de pobreza, hambre y austeridad que sufre el pueblo y se riñe con la tradición puesto que priva más el interés que la devoción.
A pesar de todo fue muy hermoso ver altares humildes o muy adornados y personas devotas que con muy poco o mucho repartieron bondadosamente el día de la Gritería, y aquí sí se mezcla sin problema la tradición con paliar un poco la necesidad del prójimo que sufre.