Constantino

E. Arturo Castro Frenzel El 28 de octubre pasado se publicaron en LA PRENSA unas declaraciones de monseñor Jean Paul Gobel (“Nuncio Apostólico se pronuncia contra injusticias y robos“). Yo soy víctima de monseñor Pedro Lisímaco Vílchez Vílchez, Obispo de Jinotega, quien me usurpó hace varios años gran parte de mi terreno para construir en […]

E. Arturo Castro Frenzel

El 28 de octubre pasado se publicaron en LA PRENSA unas declaraciones de monseñor Jean Paul Gobel (“Nuncio Apostólico se pronuncia contra injusticias y robos“). Yo soy víctima de monseñor Pedro Lisímaco Vílchez Vílchez, Obispo de Jinotega, quien me usurpó hace varios años gran parte de mi terreno para construir en él un “santuario”, y destruyó y aterró un pozo que era la única fuente hídrica de que disponía mi propiedad, dejándola sin valor agrícola.

La actitud de monseñor Vílchez Vílchez me hace recordar las “Donaciones de Constantino” (Constitutio Constantini, o bien Donatio Constantini) que salieron a luz en Europa en el siglo VIII y que aparecen documentadas entre los años 753 y 778. Según los documentos, en agradecimiento con el Obispo Silvestre de Roma (Papa Silvestre I) por haberle éste otorgado el sacramento del bautismo y haber sido sanado de la lepra, el emperador Constantino I (El Grande, que vivió entre 270 y 337), al mudarse hacia Bizancio (después Constantinopla, hoy Estambul, Turquía), donó al Papa Silvestre I y sus sucesores todos los poderes, honores e insignias imperiales, traspasándole a la vez el Palacio de Letrán y el dominio sobre todas las provincias, territorios y ciudades de Italia y de los países occidentales.

En el período de Otto III se dudó de la autenticidad de estos documentos. Pero en el siglo XIII el Papa Inocencio III los utilizó para legitimar y defender sus derechos de posesión sobre los Estados Pontificios. Hasta iniciado el Siglo XV, nadie volvió a dudar de la autenticidad de dichos documentos. Fueron los humanistas Nikolaus von Kues y Laurenzo Valla quienes, en el mismo Siglo XV, demostraron por medio de investigaciones histórico-filológicas serias, que dichos documentos eran una falsificación.

Pero Monseñor Vílchez no es el Papa Silvestre I, ni yo soy el Emperador Constantino. En Nicaragua no existe una instancia eclesiástica donde un ciudadano común y corriente se pueda quejar por los atropellos que cometen algunos clérigos (no todos), y si lo declarado por monseñor Gobel no es palabra hueca, apelo a su autoridad como enviado diplomático del Papa para que se establezca. Solamente así será verdad y sincero ese pronunciamiento del Nuncio contra las injusticias y los robos.

Jinotega  

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