Eusebio López.

Atado se arrojó al río y escapó de matanza

Luis Felipe Palacios [email protected] Eusebio López iba a ser la primera víctima de la matanza ocurrida el jueves pasado en la comunidad El Masigüe, Camoapa, pero logró sobrevivir por milagro después que lo arrecostaron a un árbol, a la orilla del Río Murra, para fusilarlo. López, de 19 años, trabaja como “mandador” en la finca […]

Luis Felipe Palacios [email protected]

Eusebio López iba a ser la primera víctima de la matanza ocurrida el jueves pasado en la comunidad El Masigüe, Camoapa, pero logró sobrevivir por milagro después que lo arrecostaron a un árbol, a la orilla del Río Murra, para fusilarlo.

López, de 19 años, trabaja como “mandador” en la finca Santa Isabel, y fue secuestrado junto a otros campesinos por una banda de seis sicarios desconocidos.

Justo cuando uno de los matones se preparaba para jalar el gatillo del fusil en contra de López, éste por instinto se arrojó al río a pesar de tener las manos atadas y sólo una bala lo alcanzó en el brazo derecho.

En su lecho de enfermo en el Hospital de Boaco, López narró a LA PRENSA cómo lo secuestraron igual que a otros vecinos suyos, cinco de los cuales fueron asesinados con frialdad y saña junto al mismo río.

Ese jueves, Eusebio López salió de la finca ubicada en El Masigüe junto a su hermana y una pequeña niña, para visitar a su madre, pero a eso de las siete de la noche seis individuos desconocidos entraron al hogar de la mamá de López y sacaron a éste, al parecer sin razón alguna.

Los vándalos se llevaron a cinco personas más, entre ellos al padrastro de López, a quienes amarraron de las manos y los hicieron caminar a punta de culatazos durante cuatro horas, hasta un lugar que no logró identificar y donde corre el Río Murra.

López asegura que vio a los seis hombres sin capuchas, armados con rifles, cuchillos y bayonetas. Mientras los llevaban los ofendían y les decían que iban a morir, sin explicarles por qué.

Cerca de la una de la mañana, los secuestrados fueron puestos a la orilla del río, con las manos atadas y la cabeza inclinada, para fusilarlos.

“De pronto levanto un poco la vista y veo que uno de ellos me apunta con un rifle aquí (señala el corazón), entonces yo reacciono y meto esta parte (el hombro derecho) y corro hacia atrás en busca del río”, relata López, quien fue alcanzado por una bala en el brazo derecho.

Los mismos sicarios lo sacaron del agua y los obligaron a caminar otro trecho durante una hora, pero López empezó a vomitar y a sufrir fiebre mientras perdía sangre. Al ver que era un estorbo y suponiendo que agonizaba, los secuestradores optaron por abandonarlo en el camino.

“Yo me iba desmayando y me dejaron botado en el camino, como muerto y perdido. Creyeron que si no estaba muerto, estaba a punto de estarlo, por eso me dejaron botado”, dice Eusebio López.

Un muchacho desconocido, pasó al amanecer por donde López había quedado desangrándose. “Un muchacho, que por suerte iba a trabajar, me encontró en el camino. Él se fue a trabajar y me dio la bestia (caballo) para que me regresara montado a mi casa”, narró.

López, al borde del desmayo, llegó hasta su casa montado en el caballo como a las ocho de la mañana, y su familia lo llevó a tiempo al Hospital de Boaco.

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