Amalia Morales [email protected]
El calor de su nieta de ocho años, por las noches, es una de las cosas que más extraña Miriam Vargas en el lugar donde está. Los efectos del tinte amarillo son visibles en las raíces del pelo blanco de Vargas. Su pelo, como su vida, se destiñe desde hace meses en la cárcel de mujeres, La Esperanza.
Involucrada en comercialización de drogas, Vargas, de 62 años, fue condenada a cinco años de prisión y multada con un millón de córdobas. Con ella cayó uno de sus 18 hijos.
En la cárcel de mujeres hay cuatro mayores de sesenta años. Y todas por el mismo delito: comercialización de drogas. Dos de ellas ya fueron condenadas. Las otras dos están en espera de su condena.
Vargas asegura que nunca antes había tenido problemas con la justicia. “Antes me ganaba la vida como comerciante en el Mercado Oriental. También he lavado y planchado”, afirma. Con el dinero de ese trabajo sostuvo a sus hijos, y con los años, a cuatro nietos.
La suerte de sus nietos, cuyas edades oscilan entre los 8 y 17 años, es su mayor preocupación. “Esos niños no tienen a nadie”, dice con los ojos húmedos.
Cada 15 días es visitada por ellos en el penal. La llegada de sus nietos parece ser el consuelo de su encierro. El día que se ausenten, Vargas dice que no sabe qué hará. “La chiquita que dormía conmigo me hace mucha falta. Verlos es mi mayor alegría. Quisiera que esos momentos fueran eternos”.
La capitana Katy Orozco, encargada de educación del penal, dice que Miriam Vargas ha estado muy deprimida los últimos 20 días, luego que fuera condenada.
Para salir de la depresión se ha metido a los talleres de manualidades. Como un triunfo dice que ya hizo su primer cobertor.
Algo que Vargas lamenta es que no tiene una fuente de ingresos para ayudar a sus nietos. Tienen oportunidad de conseguir ayuda económica algunas mujeres de las 128 reclusas del penal integradas a los talleres de producción.
IMPACIENTES POR LIBERTAD
A Julia Centeno, de 65 años, le faltan tres años y medio para respirar de nuevo en libertad. Ella tiene fe en abandonar la cárcel antes de tiempo.
“Yo le pido a mi Señor salir antes”, dice llorosa. Afuera dejó tres nietos que son su razón de vivir.
Igual es la historia de Miriam Vargas. Ella ansía su libertad para recuperar a sus nietos.
Igual que ellas, Miguel Ángel Carrión de 75 años, ansía recuperar su libertad para cultivar un solar que tiene por el Ingenio Montelimar. “Yo he vivido del campo”, dice, y cree que si sale antes de cumplir la condena por violación, tendrá fuerzas para ser agricultor.