- Para muchos, el carisma del presidente costarricense sepultó en una noche de verbena las históricas diferencias tico-nicas por el fronterizo río San Juan
Amalia Morales [email protected]
“A pesar que es un presidente tico se ve bien amistoso”, dijo Guadalupe Córdova, mientras seguía con la vista la entrada del presidente costarricense, Abel Pacheco, al Mercado de Artesanías.
Pacheco, vestido de guayabera, con el pelo engominado, dándole una imagen de recién bañado, entró al mercado viejo acompañado por su esposa, Leila Rodríguez, minutos después que lo hiciera su homólogo nicaragüense, Enrique Bolaños.
En el antiguo mercado de la Ciudad de las Flores, los mandatarios se disponían a cerrar una jornada que comenzó en Granada, como preámbulo a la XXI Cumbre de Presidentes Centroamericanos, que se efectuó ayer en esa ciudad.
Dada la ocasión, Masaya organizó el miércoles una verbena especial. Alteró la costumbre de hacerla los jueves y su costo. Removió el repertorio habitual por uno más selecto y con matices más folclóricos. Hasta la comida fue típica: fritanga, vigorón y chancho con yuca, que se sirvió en canastas.
Excepto los presidentes y sus comitivas y los altos funcionarios de gobierno, el resto pagó 50 córdobas, por ver cantar juntos “Nicaragua nicaragüita”, al final de la velada, a los hermanos Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy, y a Norma Elena Gadea.
Pero hasta que la verbena no arrancó, más llamativo que la revista artística, fue el presidente tico. Pacheco, psiquiatra de oficio, aplazó unos minutos su estancia en la mesa, donde estaban Bolaños y otros funcionarios nacionales.
Su paso fue cortado por los estirados brazos de comerciantes y particulares que se le presentaban con la confianza de que trababan una amistad con el mandatario del sur.
A Córdova, que es dependienta de una tienda en el mercado, le pareció que el carisma de Pacheco sepultaba en ese momento las históricas diferencias tico-nicas por el fronterizo río San Juan.
Y como en una feria, una banda filarmónica sonaba y banderitas plásticas de Nicaragua y Costa Rica se agitaban entre vivas de unidad.
“¡Viva la unidad centroamericana!” “¡Viva Nicaragua!” “¡Viva Costa Rica!”, se escuchaba decir desde varios puntos de la plaza y a lo largo de la verbena.
El maestro de ceremonia abrió una brecha entre el bullicio, y el alcalde hizo su número del programa: entregó las Llaves de la Ciudad al mandatario extranjero.
El presidente tico agradeció el gesto y la confianza. “Me abren su corazón y sus brazos. Lo agradezco profundamente”, afirmó. Aprovechó el homenaje y recordó sus ancestrales nudos de sangre con este país.
“Mi relación con Masaya es muy vieja”, dijo, y agregó que por una de sus abuelas tiene parentesco con el héroe nacional Rigoberto Cabezas. Así que lleva “Monimbó en la sangre”. Cascadas de aplausos remataron esas palabras y cedieron a la demostración folclórica.
UN ALEMÁN SONRIENTE
Los Ahuizotes se apoderaron del escenario superior. A la izquierda de Pacheco se sentó Bolaños, y a tres hombros de su derecha, el presidente de la Asamblea Nacional, Arnoldo Alemán, a quien esa noche los medios televisivos le hicieron un nuevo destape de corrupción. Ignorante o al margen, este último se vio sonriente. Secundado por caricias de su esposa, María Fernanda, siguió a vivo pulmón las canciones de Norma Elena Gadea.
En tanto que Pacheco y su esposa, Leila, se entusiasmaron más con “Pobre la María”, de Luis Enrique, y “Son tus perjúmenes mujer”, de Carlos, más conocidas en el vecino del sur.
Aunque el pasaporte de la velada fueron los 50 córdobas, el ingreso y el evento fueron resguardados por un fuerte dispositivo de seguridad, que vigiló hasta la salida de la ciudad.
“Esto es para los ricos”, comentó molestó Gustavo Ortega, poblador de Masaya. “Yo sólo vine por los artistas no por apoyar a Bolaños”, justificó.
Ese comentario no opacó la euforia de otros, que revueltos con los tragos y los cantos nacionales, mantuvieron en el aire sus banderas nicas-ticas, como si esa verbena sellara la integración.