Doctor Byron Largaespada V.
En circunstancias más que dolorosas, por la muerte de mi madre, visité el lar de mis mayores no hace mucho, del 21 de enero al 7 de marzo del año corriente, y, como siempre, no acabo de asombrarme de la realidad nicaragüense.
Mi señora madre (q.e.p.d.) falleció el 18 de enero de los corrientes en el Hospital San Juan de Dios de Estelí, según dictamen médico, de edema agudo pulmonar. Es el caso que en tan importante ciudad, en su principal hospital, no existe unidad de cuidados intensivos, lo que, indudablemente aceleró su muerte. Mi madre estuvo con los máximos cuidados que se pueden dar en dicho centro, pero, en el mismo, aún las personas que pueden pagar los servicios elementales se encuentran privados de éstos. Ya es un lugar común la ineficiencia de nuestros servicios públicos, ¡pero que, en un hospital regional no haya cuidados intensivos es el colmo! No tratemos de echar la culpa a nadie —que alguien habrá que la tenga— y tratemos de enmendar enérgicamente tales desafueros; mi petición, queja, o como quiera llamarse va directamente a la Ministra de Salud.
En Managua, ante un cortés reclamo que le hice, un energúmeno taxista, buscando cobardemente la impunidad, con el motor encendido listo para arrancar, me lleno de improperios gratuitamente, yo me pregunto: ¿cómo el organismo correspondiente da licencia para tratar directamente con el público a individuos zafios? o será que en este caso, “no tiene (tanto) la culpa el indio, sino el que lo hace compadre”.
Ante la proliferación como hongos y pauperización de las “universidades” en Nicaragua, sólo falta que a alguien se le ocurra fundar una “Universidad del Homicidio”, pues ya las hay de zaguán.
Así se darían cuenta quienes hayan leído el relato con ese nombre del genial Giovanni Papini, que el gran italiano se quedó corto en su imaginación.