Anakarla Cantarero Malespín*
El camino hacia el éxito está más cerca de la humildad que del orgullo excesivo. Cuando alcanzamos el éxito nos sentimos verdaderamente realizados, y con justificada razón. Pero en muchas ocasiones un éxito tras otro puede llegar a perjudicarnos si no somos capaces de asimilarlo con humildad. Es más, a la soberbia que en ocasiones suele acompañar al éxito la llamamos el síndrome del éxito. ¿Por qué? Porque se supone que el éxito será eterno y sencillamente se duerme uno en sus laureles. Se piensa que como en el pasado ya se tuvo éxito, éste va a perdurar eternamente. ¡Cuidado! Si eso ocurre hay que hacer un alto en el camino, detenerse a pensar y reflexionar sobre aquello que se está dejando de hacer y que se hacía en el pasado —en el origen—, cuando se iniciaba el camino del éxito.
Reflexione sobre esto: ¿Qué esfuerzo realizó para llegar a donde está hoy?, ¿Qué es lo que hacía usted al principio de su carrera profesional? ¿Qué hábitos tenía?, ¿Qué ideales perseguía? Seguramente en un principio lo arriesgaba todo; era mucho más audaz y atendía muy de cerca a sus seres queridos, a sus amigos o a sus clientes.
Con cada uno de sus clientes estaba atento, pero ahora el mercado ha crecido, las utilidades han llegado a su organización, y usted se ha dormido en sus laureles y no tiene tiempo, por lo que ha dejado de realizar aquello que hacía en sus orígenes.
Regresar a nuestros orígenes puede ser la clave para recuperar la ruta del éxito y esto se aplica en todos los campos de la vida.
Hablemos por ejemplo del matrimonio: recuerde usted cómo se arreglaba cuando iba a ver a su pareja durante la época del noviazgo.
Ahora que han pasado los años de consumado el matrimonio, usted ha subido de peso. Reconozca sus kilos de más. La señora, por supuesto, vive buena parte de la mañana con su mascarilla de aguacate y con los tubos bien puestos en la cabeza. Ambos han olvidado que ese matrimonio tuvo una etapa de conquista y que cuando se enamoraron fue debido a la atención y el servicio que se dieron uno al otro.
En el mundo empresarial llamamos entropía organizacional al acto de olvidar lo que se hizo en los orígenes. Es el desorden en un sistema cerrado. Se trata sencillamente del descuido, del olvidamos cuál fue nuestro origen y eso nos lleva al fracaso en la mayor parte de las ocasiones. Intente recordar cómo atendía usted al primer cliente de su empresa.
¡Qué barbaridad!; usted le daba gusto hasta en el más mínimo detalle. Hoy el cliente ya se hizo algo usual, se convirtió en rutina y sencillamente se nos ha olvidado cómo lo tratábamos originalmente. Sucede también con nuestra familia; con frecuencia tratamos mejor a las visitas que a los miembros de nuestro hogar.
Reflexione un poco y verá cómo esto sucede en muchos campos de nuestra vida. si usted quiere recuperar la ruta al éxito, por favor, regrese a sus orígenes. El trato que dé a sus clientes, su familia y sus amigos deberá ser como si fuera la primera ocasión que están llegando a su casa o a su organización. Intente conquistarlos.
Curiosamente se le da la mejor atención al cliente nuevo, mientras que al cliente viejo, ese que ya dejó buenas utilidades y que en buena medida es parte de nuestro éxito, lo hemos olvidado en el camino. Recuérdelo siempre: es importantísimo regresar a nuestros orígenes.
*Directora General Instituto de la Excelencia de Nicaragua.