- Inquietud, curiosidad y picardía son dones que Dios ha concedido a los niños para que sean felices en la etapa más importante para la conformación de la personalidad: la infancia. Estas “cualidades” fueron otorgadas también al “Totolocuil” Herty Lewites, que hoy nos cuenta algunas hazañas de su inquieta niñez.
Mario Fulvio Espinosa [email protected]
“Una vez mi padre trajo de no sé dónde un gran muñeco Johnny Walker, de esos que servían de propaganda al whisky de ese nombre. Era como un Tío Sam caminando con elegante paso. Estuvo en varias partes de la casa hasta que a mi hermana y a mí se nos ocurrió ponerlo en el zaguán donde entraban las carretas. Al rato pasaron unas gentes de El Corralillo, un pueblecito que queda como a cuatro kilómetros de Jinotepe. Se quedaron contemplando al monigote, “¿qué santo será ese?”, decían, y por si las dudas le pusieron en el pedestal unas moneditas de cinco y de diez centavos. Nosotros nos quedamos “chitón pitillo”, y cuando se fueron nos echamos las monedas al bolsillo. Al día siguiente llegaron otras personas a buscar al nuevo santo, pero ya nosotros habíamos puesto un platillo grande, y esa vez recogimos como cincuenta centavos, que era un montón de dinero para los chavalos de ese tiempo”.
Ríe a carcajadas el alcalde de Managua al recordar las bandidencias de su niñez jinotepina, cuando se ganó el sobrenombre de “Totolocuil”, un gusanito peludo de color anaranjado que se revuelve como sabandija cuando alguien lo toca.
“Lo malo fue que aquellas buenas gentes le pidieron al “santo” que les trajera lluvia, y después de eso llovió a cántaros. Eso ocasionó que llegara a la casa un buen grupo a prestar la imagen para llevarla en procesión a El Corralillo, y así se lo dijeron a mi mamá. ¿Cuál santo?, preguntó ella. El que el Chelito y su hermanita ponen en el zaguán y al que nosotros le hemos echado su limosnita.
“Aquello fue el acabóse en la casa… Y tuvimos que ensebarnos las nalgas para recibir los chilillazos”.
LA BRUJA CARA BLANCA DE COLON
Por asuntos de negocios, mi padre se fue a vivir dos años y medio a Panamá. Vivíamos en Colón, y recuerdo que a dos cuadras de nuestra casa, en un gran caserón, vivía una bruja. Era una señora alta que se pintaba la cara de blanco. Y todo el muchachero iba a verla, pero la mirábamos de largo porque le teníamos un terror tremendo. Ella salía a las cuatro, todas las tardes, vestida de blanco y con su cara blanca, y yo y el muchachero la seguíamos y le gritábamos de largo: ¡Bruja! ¡Bruja! ¡Bruja!
Ella nos quedaba viendo de una manera misteriosa, profunda, como queriendo fulminarnos el alma… Esa cara no se me ha olvidado ni con el transcurso de los años.
Mi papá nos regañaba: No vayan a molestar a esa buena señora. Y nosotros no entendíamos… Si es buena, ¿por qué es bruja?
Ya cuando tenía once o doce años vinieron otros juegos, a mí me gustaba el “Mando mando”, que era una prueba de prendas con castigo. Mi primer castigo fue darle un beso a una cipotilla, y, claro, me gustaba que me dieran esa clase de castigos.
Otro juego era el del trompo. Nos íbamos en manchas “de recha y vuelta y al puro miado” si éramos valientes, y “al miado y al bote” si éramos temerosos. El rijo llegaba a tanto que si no teníamos trompo jugábamos con dos piedras que hacían las veces de aquello.
También jugábamos al Camel y al Lucky Strike. Los envoltorios de esos cigarrillos valían en nuestra cuenta cien pesos, los más baratos eran el “Esfinge” y el “Valencia”. Recuerdo que andábamos las bolsas repletas de esos papeles, y yo dormía con ellos y con mis dos saquitos de chonetes de diferentes colores que, junto con un montón de botones, jugábamos “a la ruedita” con chibolas de vidrio.
En el juego de chibolas me encantaba hacer la maraña de “la yanka”, que consistía en exagerar con la mano la medida de una cuarta desde el punto en que debíamos disparar la canica para chiclear la bolita del rival. Yo hacía unas “yankas” de película, para arrechar a los de mi pandilla.
Cuando ya éramos más matacanes hacíamos bolas de hule. Para eso visitábamos la panadería de don Heliodoro Guevara –abuelo del actual alcalde de Jinotepe–, y de su esposa doña Herminia Guevara. Ellos me regalaban bollitos de pan, también caramelos, y nos daban “ipegüe”. Le pedíamos a ella el hilo de los sacos de harina y con eso hacíamos la pelota, después caminábamos como medio kilómetro de la casa, a donde había un palo de hule que picábamos con un machete. Luego envolvíamos con leche de hule y ya seca la forrábamos con lona.
ERAN TIEMPOS DE ALMAS EN PENA
Una vez mi papá llevó una lámpara fosforescente, aquello fue un escándalo, todo el barrio llegó a ver el artefacto, porque si bien ya llegaba la energía eléctrica procedente de la presa de El Aguacate, de los González, la luz la producían unas bujiítas débiles, todas amarillentas, que después de las seis de la tarde comenzaban a parpadear.
Como aquello era muy lóbrego, nuestros padres nos decían: No salgan después de las siete de la noche porque andan unas almas penando. Y nos contaban que en el panteón de Jinotepe aparecieron tres picaditos muertos. Mi padre aclaró: “Esas almas iban del Calvario hacia el panteón, y cuando los picaditos las vieron les dijeron: Adiós calaveritas, ¿me prestan sus dientecitos para comer maicito? Y eso es malo. Hablarle a las ánimas no es debido, y dicen que las ánimas con voz de ultratumba contestaron: Hoy soy yo, mañana serás vos… Y al día siguiente los picaditos murieron”.
Para apaciguarnos, todas las noches nos metían una zarabanda de cuentos de camino. Uno de ellos era el de la Carreta Nagua que pasaba a las doce de la noche halada por almas en pena y tripulada por demonios, o La Mica Bruja, un espanto terrible que sólo se podía matar masticando la bala y teniendo la puntería de metérsela entre los dos ojos. Si no es así, la Mica Bruja no muere y regresa para hacerte terrible la vida. Y nosotros creíamos reales esas fantasías.
LOS PLEITOS POR EL «TITIL»
Un deleite especial en mi vida fueron los viajes en carreta al mar y las romerías que en esos vehículos hacíamos hasta Popoyuapa. Qué alegría era ver hacer el aliño que serviría para comer en el trayecto que duraba dos días. El principal alimento consistía en huevos duros cocidos que no fallaban en los paseos, y aquella podredumbre se dejaba sentir en la noche cuando acampábamos. Yo siempre me ponía adelante junto al carretero, y me aprendía al dedillo aquel: “Arre Canario, arre Palomo, ceja, ceja buey rejodido, dale una buena chuceada al Bonito”. Aprendí también todos los trucos del carretero, a meter el chuzo y a guiar los bueyes.
Yo vine conociendo la televisión hasta que llegué a los Estados Unidos a eso de los 17 años. Aquí no había TV. Las diversiones de entonces eran muy sanas, al cine sólo nos dejaban ir los viernes y los sábados cuando presentaban unas series en capítulos. Recuerdo algunas como “Flash Gordon en Marte”, “Dick Trakcy”, “El Llanero solitario” y “El Potro Pinto”.
Fueron los tiempos en que comíamos maduro cocido con crema. La leche la ponían en recipientes especiales durante la noche y en la mañanita le sacaban la cremita deliciosa. Tomábamos leche agria y queso, cuajada con tortilla comalera, que era mejor cuanto más se inflaba y presentaba su cáscara tostadita.
Otro gusto de cardenales era comerse el titil de la gallina. Nos peleábamos por esa pieza. Un domingo mi madre decidió que cada uno se comería un titil. Cuando me tocó a mí lo puse en un plato, lo escupí y me fui a dar una vuelta alrededor de la casa… Regresé muy fachento y por supuesto nadie había tocado mi delicioso titil. “Herty, no seás tan chancho”, me decía mi mamá.
Otra broma chancha la hacíamos con un palito que llenábamos de ñaña en una de las puntas, y de repente le decíamos al amigo que queríamos joder: Agarrá ese palo, y se lo tirábamos. Aquel lo agarraba y se embijaba toda la mano… Y allá la gran carrera de nosotros y aquel correteándonos detrás para vengarse.
Esa fue mi niñez. Muy sana, muy contenta.
Eso es lo que yo tengo. Me quedé con un lenguaje campesino y con todos los modos de mi gente. Y si alguien me pregunta: ¿por qué vos hablás como campesino? Yo les contesto: Es que yo me crié entre campesinos.
SALE MARIA Y ENTRA JESUS
“Mi abuelita me enseñó a rezar el rosario, y lo aprendí a rezar a gran velocidad, de manera que en las Ave Marías lo que yo hacía era un murmullo continuo, y sólo decía: Sale María… Buuuuuuu… y entra Jesús.
COSAS DEL APRENDIZAJE
“Con los carreteros aprendí a hacer amarres con el mecate y también a humanizarme”.
Era cazador nato –decía yo–porque siempre andaba armado con mi hulera”.
También jugábamos al “rechinón” y a ”la cuartita” con monedas y chonetes”.
NOTA de MFE: Esta es parte de una extensa entrevista que nos concedió el alcalde de Managua, Herty Lewites.