Para muchos jóvenes de otros departamentos, las universidades capitalinas son otro mundo. Acostumbrados a convivir con la sencillez, se encuentran de pronto con un deslumbrante cambio de valores y experiencias inolvidables
Venir a estudiar a Managua fue una experiencia que marcó para toda su vida al joven Moisés Bob Hendy, no solamente porque en su examen de admisión haya obtenido una calificación del 100%, sino porque su familia en ese entonces pasaba por una situación emocional muy difícil. Su mamá padecía de una enfermedad estomacal que le impedía ingerir alimentos y bebidas, al extremo de caer en un estado de desnutrición. De paso, su papá años atrás había decidido abandonar el hogar.
“Cuando decidí venir [a] estudiar a Managua, en el fondo sentí un gran dolor. Más que todo porque mi mamá estaba enferma y al darse cuenta que me venía, lloró mucho”, recuerda Bob muy emocionado.
“Me miró”, ‘hijo anda, pero pórtate bien’ —me dijo mi mami— (los ojos de Bob comienzan a tornarse brillosos). Ella fue la única persona que me ayudó para terminar mi secundaria y por eso le dije: ‘Que Dios me acompañe mami. Algún día voy a venir con mi título’ ”, cuenta Bob sobre la promesa que hizo, mientras limpia las lágrimas de su rostro.
Luego de esa emotiva conversación con su madre, este muchacho partió hacia la Alcaldía de Puerto Cabezas, municipio donde nació. El motivo de la visita: solicitar ayuda para trasladarse a Managua, ya que su madre no tenía el dinero necesario.
“Mi papá se fue de aquí, de la tierra, hace poco [murió] y yo le prometí a él también y voy a cumplir. Fue duro dejar a mi familia, y a veces me cuesta mantenerme en Managua solo, porque yo como costeño tengo que ir dos veces al año a mi tierra. No como los demás, que están cerca de los departamentos y viajan todos los fines de semana. Yo los veo y quisiera ir a ver a mi familia, pero me sale imposible por el costo del pasaje y aunque tuviera las posibilidades no me sirve de nada, ya que para poder llegar se necesitan dos días de camino”, expresa Bob.
Bob —como lo llaman sus compañeros— está a punto de cumplir la promesa que hizo a sus padres en 1997. Actualmente cursa su V año de Ingeniería Eléctrica en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), donde a los pocos meses de haber ingresado se ganó una beca interna, la cual incluye habitación, alimentación y enseres personales como pasta dental, jabón de baño, papel higiénico; o sea, lo básico. También reciben una ayuda de 120 córdobas al mes.
DIFICULTADES Y SOLIDARIDAD
“Desde que vine y obtuve una calificación de 100% en el examen de admisión y ahí nomás me prometieron una beca y me cumplieron, desde ese entonces estoy becado. Pero una de las dificultades con la que me encontré fue el desconocimiento del movimiento estudiantil. Uno viene de un pueblo que no es igual al de la capital. Yo tuve muchos problemas con la cuestión de los trámites y los papeles. Inclusive las autoridades no lo tratan con la mejor manera que se debe. Por ejemplo, a mí lo primero que me dijeron fue que por qué vengo a estudiar aquí, si existen universidades en la Costa Atlántica. Esto me afectó psicológicamente, pues si yo vengo aquí es porque lo que estoy estudiando me gusta. Por eso vine para acá”, sostiene Bob.
Sin embargo, las dificultades para Bob no solamente fueron de carácter burocrático, pues en un inicio tuvo bastantes problemas económicos, ya que la promesa de la beca tuvo varios meses de retraso, situación que no esperaba.
Por eso se reunió con varios compañeros costeños de distintas universidades y decidieron alquilar una casa entre todos para aminorar los gastos. Buscaron una casa cerca de la universidad para ahorrar el transporte y así movilizarse a pie. Rentaron una casa en el Barrio “Jorge Dimitrov”, sabidos de que era una zona peligrosa, pero no había otra opción ya que habían cotizado otras viviendas y les resultaban muy altos los costos.
“Pero tuvimos que salir de ahí porque a uno de los compañeros lo hirieron unos pandilleros. Nosotros ahí no podíamos llegar después de las ocho de la noche, pero él ese día se quedó haciendo un trabajo en la universidad hasta tarde y lo interceptaron varios sujetos quienes le quitaron todo, hasta los cuadernos y luego lo hirieron con un puñal”, recuerda Bob como otra de las tantas dificultades por las que ha tenido que pasar aquí en Managua.
Moisés Bob Hendy, 23 años, proviene de una familia grande, conformada por diez hermanos: seis varones y cuatro mujeres. Él es uno de los menores y el único que ha venido a estudiar a la capital, los demás estudiaron una carrera técnica y ya se independizaron.
Es por eso que Bob es la esperanza de su mamá, doña Teresa Hendy, quien a sus 55 años está comenzando a tener problemas de la vista. Su papá falleció en el 2000, a los 65 años. La universidad le obsequió a Bob un pasaje ida y vuelta a Puerto Cabezas para que fuera partícipe del velorio y sepelio de su padre.
“Yo siento una alegría por ver otra vez a mi familia, a la familia junta y le doy gracias a Dios por eso. Aunque ahora ellos se han ido acostumbrando a que yo estoy aquí, pues antes ellos lloraban cuando yo llegaba. Tengo un sueño, es estudiar una maestría, pero a mí me sale muy difícil por la situación económica en que vivimos nosotros, además por la necesidad inmediata que veo en mi familia. Después de mis estudios lo que voy a buscar es un buen trabajo”, dice Bob sobre su futuro.
DESDE RIO SAN JUAN
Al igual que Bob, son miles los jóvenes de los departamentos que año con año se vuelcan hacia las universidades subsidiadas por el 6%, en busca de un cupo que les permita convertirse en profesionales, pasando las mismas o peores dificultades.
Uno de esos tantos jóvenes que año con año dejan su familia y su tierra en busca de ser alguien en esta vida, es Cristina Ríos Silva, de 19 años, quien cursa el II año de la carrera de Comunicación Social en la UCA.
Esta jovencita originaria de Río San Juan, al igual que Bob, decidió compartir con nosotros algunas de sus experiencias vividas en estos dos años de estudios, los que según ella es su principal prioridad, ya que tiene que rendirle cuentas además de a sí misma, a sus padres, quienes están jugando el papel más importante en esta etapa de su vida.
Cristina asegura venir de una familia muy humilde. Su papá es el dueño de un taller de vulcanización y carga de baterías en Río San Juan. Su mamá es ama de casa y su hermano, que cuenta con un buen trabajo en Enitel, es quien más le ayuda a su mamá y a ella.
“Siempre me he caracterizado por la sociabilidad y de hecho esto me ha ayudado a lo largo de mi recorrido. Por donde quiera que vaya dejo puesto bien en alto el departamento que me vio crecer, mi Río San Juan… Añoro a mi familia, amigos, el pueblo y su ambiente, pero sé que si me arriesgué a venir aquí fue con la conciencia de salir triunfante y hasta ahora lo he hecho y por supuesto agradezco a las personas que me han ayudado a hacerlo”, manifiesta Cristina.
CAMBIO DE VALORES
Pero no todo ha sido fácil para Cristina en estos dos años. Managua para ella es muy rápida en comparación a su “lentitud”. Viene de un lugar donde la gente vive despacio, no aprisa. No tienen necesidad de abordar buses. Es un lugar donde el tiempo no determina tanto el significado de algo, a la gente le da tiempo de conversar…
“Cuando decidí venir a estudiar a la capital sabía que me tenía que enfrentar con un sinnúmero de adversidades y situaciones que harían cambiar de una u otra manera mi forma de hablar, vestir, de concebir el mundo. Pero también traía una increíble ansiedad de superación, misma que aún persiste. Actualmente estas razones las domino yo y me están ayudando a crecer como persona y profesional”, considera Cristina.
Una de las adversidades a las que se refiere ha sido el hecho de tener que adaptarse a un lugar de la noche a la mañana. A ella este problema le ha resultado bastante difícil, esencialmente porque no tenía una casa a dónde ir a vivir, así que tuvo que alquilar y ha andado de aquí para allá en busca de la comodidad.
Primeramente vivió un mes en San Judas, luego se trasladó al Edén, después a La Tenderí y donde más ha dilatado es en Bolonia, lleva un año pero está a punto de cambiarse. Estos constantes cambios no han sido por mal portada, sino por falta de comodidad.
Otro problema que le ha causado serios “dolores de cabeza” a Cristina ha sido el hecho de viajar en bus, donde ya fue víctima en una ocasión de los “dueños de lo ajeno”. También ya se confundió de ruta.
“Se me llevaron la billetera en la ruta 102, a mediados del año pasado. Me percaté hasta que iba a buscar dinero para desayunar. Una vez, esperando esa misma ruta por donde vivo actualmente (Bolonia) no me fijé bien y tomé la minirruta 4 y de hecho yo creí que iba en la dos, pero cuando veo un montón de guindos digo: ‘¡esto, nooo!’. Así que le pregunté a la señora que iba a la par y me dijo que era la Mr-4. Instantáneamente pregunté qué era ahí y me dijeron Barrio El Recreo. ¡Santa María! Lo primero que hice fue ponerme de pie y en seguida bajarme en la próxima parada, luego agarrar un taxi para que me llevara a la UCA, por supuesto bombardeada por el miedo. Llevaba ocho córdobas y con eso me trasladaron”, cuenta Cristina.
COMUNIDAD QUE CRECE
Los jóvenes estudiantes que deciden venir a estudiar a la capital, ingresan a una comunidad que cada día crece, según las estadísticas de las universidades consultadas.
Solamente a la Universidad Centroamericana (UCA) ingresaron este año un total de 5 mil 353 bachilleres, de los cuales un mil 101 pertenecen a las distintas regiones del país.
La UNAN, al igual que la UNI, presenta en sus instalaciones una serie de apartamentos que fueron construidos específicamente para los estudiantes becados internos, ya que esta universidad presenta un total de 3 mil 959 bachilleres de los departamentos, de un total de 90 mil 69 que ingresaron. Esto no indica que todos son becados de manera interna.