Los eclipsados Plastilina Mosh

Durante la grabación de su segundo disco, los Plastilina Mosh escuchaban tanto a Roberto Carlos que habían acordado incluir la canción “Detalles” en su versión original. “Así nada más”, sin remezclas ni inyecciones tecnológicas. Asuntos burocráticos entre compañías discográficas echaron a perder los planes, pero la idea ejemplifica el descaro del dúo de Monterrey. Considerando […]

Durante la grabación de su segundo disco, los Plastilina Mosh escuchaban tanto a Roberto Carlos que habían acordado incluir la canción “Detalles” en su versión original. “Así nada más”, sin remezclas ni inyecciones tecnológicas.

Asuntos burocráticos entre compañías discográficas echaron a perder los planes, pero la idea ejemplifica el descaro del dúo de Monterrey. Considerando su naturaleza degenerada de recicladores de basura, la primera sensación es que se trataría de un gesto de sarcasmo trash.

Alejandro Rosso, la mitad ilustrada de plastilina, no lo ve de ese modo. “Creo que disfrutamos de ese tipo de música porque era lo que escuchaban nuestras mamás, nuestras tías, cuando nosotros éramos niños, encontrarle el lado cool, el sabor a eso, es bonito, porque son buenas composiciones, a pesar de que ya puedan sonar viejitas.”

Su nuevo CD,“Juan Manuel”, un álbum profundamente ambicioso (en la acepción más noble del término): música disco (“Boombox baby”), empleo de .vocoder en el soul robótico “Baretta 1989”, free jazz (“Graceland”, con la orquesta de Gil Evans sampleada), raggammufin y electrónica terrorista (“Supercombo electrónico”) y un final dulce y melancólico, con el trotecito de un caballo alejándose hacia el crepúsculo al cabo de una canción instrumental –”Good bye happy farm”– que inventa el lounge granjero. Graznidos, berridos y cacareos sobre una hermosa melodía de piano.

“No pretendíamos cerrarlo en ese específico estado de ánimo”, cuenta Rosso, “pero al momento de terminar esa canción, los dos teníamos muy claro que queríamos que ésa fuera la última del disco, independientemente del resto. Nuestro punto de vista era: ¿qué otra canción puede seguir después de ésa? No creíamos que hubiera alguna”.

Plastilina Mosh –una multiprocesadora inteligente de música universal– puede considerarse un dúo instrumental, puesto que usa las palabras con un fin puramente sonoro.

Eso de no decir nada puede entenderse como un embarazoso déficit intelectual, pero también como una sabia decisión de autoexcluirse de un género que se la pasa diciendo. “Las letras nunca ocuparon un lugar trascendente en nuestra manera de componer”, corrobora Alejandro.

“A la mayoría de las canciones yo las hubiese dejado sin voz. En este caso, el que se encarga de escribir la lírica es Jonás. Y lo que siempre comentamos es que a él le atrae mucho el escribir con un enfoque más fonético, más sonoro que literal. Nos preocupa más que las palabras y los títulos de las canciones suenen interesantes antes que transmitan contenido”.

Desde su aparición pública, tres años atrás, –cuando Aquamosh y el hit eMTiVideano “Mr.P.Mosh” lo convirtieron en lo más extravagante del rock latino– quedó claro que en Plastilina cohabitaban dos personalidades opuestas. Jonás, rocker disperso fogueado en bandas de metal, y Rosso, el hijo dilecto de una familia musicalmente instruida.

El eclipse funcionó, y el dúo sacó provecho del contraste.

“Jonás y yo somos realmente distintos,no sólo como músicos sino también como personas”, asegura Rosso. “Y cuando tienes un amigo que es muy distinto a ti, pues nunca tienes que vivir con él como si estuvieras casado. Después de las giras nos dimos cuenta de que lo más sano es aceptar y sacarles el sabor a las diferencias. Ese fue el gran cambio entre el primer y el segundo disco. En el primero no sabíamos quiénes éramos, e hicimos algo que nos gustaba. En el segundo todo es mucho más claro: yo sé quien es Jonás y él sabe quien soy yo. Por eso creo que éste tiene una cadencia más suave, una dinámica mucho más uniforme, independientemente de que las canciones sean de diferentes estilos.”

Cuando el agua y el aceite se mezclaron –y eso que suele llamarse “química” cobró un sentido inédito para la música moderna de América Latina–, Alejandro descubrió en primer lugar los diferentes propósitos que motivaban a él y a Jonás a hacer música.

“Yo soy una persona que estudió música desde muy temprana edad, y en mi familia eso era muy aceptado y apoyado”, cuenta. “En el caso de Jonás, la música fue como un escape de su vida cotidiana. Eso nos llevó a ocupar un lugar muy definido y distinto dentro del mismo proyecto. Creo que para Jonás ha de ser fascinante el hecho de que algo que empezó como un escape se haya convertido en un boleto para salir de gira y compartir eso con otra gente. En mi caso, la satisfacción pasa por progresar en el estudio, aprender arreglos y técnicas musicales y llevarlos a cabo en un disco. Somos muy distintos en ese aspecto, pero a su vez creo que se hace mucho más bonito de esa manera”.

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