El cadáver del joyero Encarnación Caparro tal como fue encontrado la mañana del 10 de marzo de 1950. (Abajo) Tres expresiones de Guillermo Larios Peralta, asesino confeso del joyero Caparro.

El asesinato del maestro Caparro

El cuerpo desnudo y lacerado del joyero Encarnación Caparro fue encontrado junto a su cama, la mañana del 10 de marzo de 1950 Anuar Hassan y Emiliano [email protected] Si tuviésemos que seleccionar los crímenes que mayor impacto causaron entre los vecinos de la Managua de mediados del siglo pasado, no dudaríamos en incluir entre los […]

  • El cuerpo desnudo y lacerado del joyero Encarnación Caparro fue encontrado junto a su cama, la mañana del 10 de marzo de 1950

Anuar Hassan y Emiliano [email protected]

Si tuviésemos que seleccionar los crímenes que mayor impacto causaron entre los vecinos de la Managua de mediados del siglo pasado, no dudaríamos en incluir entre los primeros cinco lugares, por su atrocidad y relevancia, el del joyero Encarnación Caparro, más conocido como el maestro Caparro.

Aún hoy, cuando en tertulias de amigos se cae en el tema siempre fascinante del crimen y del criminal, el caso Caparro es mencionado como uno de los más impresionantes de esa época. Tuvo todos los ingredientes que hacen de un simple hecho de sangre un evento que trasciende los límites estrictamente legales y familiares para repercutir en toda la sociedad: saña, intención de lucro y sexo, entre los principales.

Conviene recordar que Managua era todavía un pequeño pueblo de gentes pacatas y gazmoñas que se recogían a tempranas horas de la noche y para las que la moral y las buenas costumbres constituían el tesoro más preciado.

Por eso, el rumor de que el maestro Caparro inclinaba sus simpatías hacia personas de su mismo sexo les hacía mirarlo de soslayo en el mejor de los casos o con marcada hostilidad o desprecio en otros.

Se conocía la existencia en toda la ciudad de otros sujetos con las mismas supuestas aficiones de Caparro y aunque las encubrieran púdicamente ello no los libraba de convertirlos en un foco de contaminación que las madres procuraban a toda costa alejar de sus hijos.

Temprano de la mañana del viernes 10 de marzo de 1950 una amiga del joyero, Angela de Saballos, tocaba a las puertas de la casa de Caparro, ubicada en la céntrica calle 15 de Septiembre, media cuadra al norte del Cine Tropical. El día anterior había convenido con su amigo en que éste la acompañaría al Aeropuerto Internacional Las Mercedes donde ella tomaría un vuelo al exterior.

Tras varios minutos de infructuosa espera la mujer decidió entrar por una puerta entreabierta. Envuelta en extraño y ominoso silencio llegó hasta la habitación del joyero. Debió hacer un supremo esfuerzo para no caer desmayada ante el grotesco espectáculo que se ofrecía a sus ojos. A corta distancia de su cama yacía el cuerpo desnudo y ensangrentado de Caparro. Un largo destornillador atravesaba su garganta de lado a lado. La mujer no quiso ver más y corrió hacia la cercana Policía de Tránsito, entonces ubicada contiguo al desaparecido Hotel Sevilla.

Una revisión más detenida del cadáver hecha por los agentes policiales puso al descubierto las graves lesiones inferidas al joyero, cuya cabeza aparecía aplastada por un golpe dado con un objeto contundente. En brazos, cara y cuello tenía numerosas heridas.

Cerca del cuerpo estaba una pana de metal llena de agua sanguinolenta y un poco más allá, sobre una mesa, unos anteojos oscuros y un libro en cuya tapa se leía: Hechicería y magia negra.

Las vitrinas donde se exhibían las artísticas piezas de oro elaboradas por el joyero aparecían vaciadas. Una de ellas estaba hecha añicos, como si sobre ella hubiese caído un cuerpo.

Con una celeridad admirable, la Policía arrestó la tarde de ese mismo día a un sospechoso identificado como Guillermo Larios Peralta, sujeto con fama de vago y vividor. Su padre había sido empleado de Caparro. En su poder la Policía sólo encontró unas cuantas piezas de oro procedentes de la joyería de la víctima.

A las primeras de cambio, Larios Peralta admjtió ser el asesino del joyero aunque dijo que lo hizo en defensa propia.

Según su declaración, la noche del jueves 9 el joyero lo invitó a tomar unos tragos en su casa. No era la primera vez que lo hacía pues su amistad con el joyero databa de cierto tiempo atrás. Con él llegó su amigo Pedro Berríos. Pocos momentos después Berríos los dejó solos.

“A las dos de la mañana habíamos bebido bastante. Entonces él me hizo una proposición indecorosa que yo rechacé empujándolo. El cayó sobre una vitrina pero al levantarse traía en su manos un martillo con el que se lanzó sobre mí. Me cayó encima pero como era más alto y pesado no pude voltearlo. A un lado vi un destornillador y con él comencé a herirlo. Desesperado, en cierto momento se lo hundí en la garganta”, declaró.

La sangre que manchaba sus manos la lavó en una pana con agua y luego se secó con las almohadas de la cama.

Los investigadores encontraron en la declaración de Larios algunas inconsistencias y huecos que era preciso llenar.

¿Por qué estaba desnudo Caparro si según Larios estaban tomando cuando se produjo la insinuación de aquél? En el pantalón del joyero sólo se encontraron pequeñas manchas de sangre. ¿Y dónde estaba el martillo? ¿no sería que Larios aceptó la invitación del joyero con la deliberada intención de asesinarlo y saquear la joyería?

En apoyo de esta última hipótesis un antiguo relojero y empleado de muchos años de Caparro, Francisco Olivares, declaró que el destornillador que Larios clavó en la garganta del joyero “jamás lo vi en la joyería. Ese hombre andaba con el destornillador que trajo con el objetivo de matarlo”.

La afirmación de Larios de que había hundido el desarmador cuando luchaba con su víctima fue rechazada por el perito policial, teniente Villalobos, para quien el mortal instrumento de ocho pulgadas de largo fue clavado en la garganta del joyero mientras éste estaba acostado, según la trayectoria de la herida. A pesar de sus 50 años, Caparro era un hombre fuerte que se habría podido defender.

El dictamen del médico forense no hace alusión, por otra parte, a una posible relación sexual del asesino con su víctima.

El defensor de Larios, el abogado Carlos R. Ramírez, rechazó la tipificación de asesinato y dijo que la muerte del joyero se debió a un trauma craneal accidental.

“Mi defendido hundió el desarmador en la garganta de Caparro cuando éste ya estaba muerto. Legalmente nadie puede matar a un muerto”, argumentó el abogado Ramírez.

Pero el Juez del Crimen, Serapio Ocampo, no se dejó convencer por el alegato del defensor y dictó contra Larios Peralta auto de segura y formal prisión por el delito de asesinato en Encarnación Caparro.

TESTIMONIO IMPUBLICABLE

El Juez del Crimen de Managua, Serapio Ocampo, que condujo el proceso contra Guillermo Larios Peralta por el asesinato del orfebre Encarnación Caparro, defraudó a los reporteros de la crónica roja capitalina al negarse a revelar detalles confesados por aquél acerca de sus relaciones íntimas con la víctima. “Son cosas impublicables”, dijo el juez para desencanto de los ávidos cronistas.

LA CALLE 15

Pocos años antes del asesinato de Caparro circuló en Managua una composición dedicada a la calle 15 de Septiembre, donde vivía la víctima. Decía así:

Dos tendencias tiene esta calle loca,
la una tranquila, la otra sofoca.
Esta calle es curva y larga, muy larga
tal un desengaño que al final amarga.
Al extremo oriente tiene La Aviación,
para levantarnos hacia otra región
y ver otras tierras allende otros mares
y ser una incógnita en esotros lares.
Y en el intermedio, algo novedoso,
esa calle tiene un cine polvoso,
como diez tabernas y una mancebía
y mucha jarana y ni un policía.
Es la arteria-aorta del nuevo Managua:
Aquél va a Costa Rica, el otro a Aconcagua
pero si en contrario va hacia occidente
es que va de viaje, muerto de repente.
15 de Septiembre, calle misteriosa
a veces alegre y otras dolorosa
Por su vía pasa la buena semilla,
el honrado obrero y la moza sencilla,
el rico y el pobre y la mujer coqueta
y algún atorrante y más de un veleta.
Alguno que vive y el otro que muere,
la verdura buena y el cactus que hiere.
Yo te admiro, calle, por tu algarabía
que en el fondo guardas tu filosofía.
Hay en tus extremos jolgorio y quebranto,
Allá está la vida, aquí el campo- santo
Y en medio dos caras, como las de Jano,
semejando acaso al género humano.
Calle populosa, 15 de Septiembre,
que el germen del vicio en ti no se siembre.
Hacia ti convergen el Bien y el Mal
y eres de Managua su arteria vital.  

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