- Una anciana pareja de fieles servidores de la hacienda de un encumbrado ex funcionario gubernamental fue brutalmente asesinada por un resentido jornalero
Anuar Hassan yEmiliano [email protected]
“La Pichonga” es el curioso nombre con que el dueño de una hacienda ubicada en las faldas del volcán Mombacho bautizó su hermosa propiedad, destinada al cultivo del café para aprovechar el apropiado clima de la zona, permanentemente fresco. Otras fincas igualmente cafetaleras intrigaban también al visitante por el exotismo de sus nombres, como aquella denominada Cutirre, que pareciera un capricho de su dueño, el ya fallecido siquiatra Rafael Gutiérrez, por relacionarlo con su apellido.
Propietario de La Pichonga era el también desaparecido jurista granadino Gonzalo Meneses Ocón, una imponente mole de más de seis pies de estatura y 200 kilos de peso semejante a un Mombacho en oscilante movimiento.
En las frías y neblinosas alturas de esta pluvioselva, donde las más hermosas variedades de orquídeas, únicas en el mundo, se estremecen con el salvaje y ronco aullido de los congos, las diferencias políticas de los terratenientes desaparecían al amable conjuro de los finos licores que infundían a los contertulios un agradable calorcillo que exorcizaba las punzadas del hielo.
Meneses Ocón era un prominente somocista que llegó a ocupar, entre otros cargos, el Ministerio de Educación Pública y el viceministerio de Hacienda. Gutiérrez, en cambio, había sufrido los rigores del régimen que no perdonaba la oposición a sus desmanes.
Pero no son ellos los protagonistas de esta historia. Citamos sus casos sólo para ejemplificar la convivencia humana que debe de imponerse sobre las inevitables diferencias entre los hombres, por muy grandes que sean.
Tal vez influidos inconcientemente por la autoridad que de alguna manera imponía Meneses y que aplicaban drásticamente a sus subalternos o más seguramente llevados por el funesto afán de agradar al patrón, afán demasiado común en nuestro medio, el caso es que el mandador de La Pichonga, Leovigildo Muñoz Rivas, de 70 años y su mujer, Rosa Mejía, de 60, se habían granjeado la animadversión de la peonada.
No nos fue posible viajar a La Pichonga para confirmar entre los trabajadores o sus descendientes la acusación contra la anciana pareja. En vista de ello, vamos a ceñirrnos a lo que sobre el caso se publicó en los medios de aquel entonces.
La mañana del domingo 9 de noviembre de 1975, mientras los débiles rayos del sol luchaban por traspasar el espeso tamiz del follaje que se extendía sobre la casa de la anciana pareja, una obrera de la hacienda tocaba insistentemente la puerta de la pulpería de doña Rosa, urgida por hacer las compras para el desayuno.
Pero por mucho que la mujer insistía, del interior de la casa no salía ninguna respuesta, a excepción de los ladridos del perro de la pareja.
Asomándose por las rendijas de la pared de tablas, la compradora pudo ver, en el fondo de la casa, la figura de la anciana sentada en una mecedora.
Impulsada por un lúgubre pensamiento, la mujer decidió entrar en la silenciosa vivienda.
Un ramalazo de horror la sacudió al acercarse a la anciana y notar que su inclinada cabeza pendía sólo de un hilo de piel y tejidos, casi cercenada de un machetazo. Muy cerca de ella, caído junto a un saco lleno de maíz, estaba el esposo igualmente muerto. La cabeza del anciano había sido separada del tronco y yacía a corta distancia del cuerpo, al cual parecía observar con una expresión de asombro. Había sido atacado con saña singular, como lo atestiguaban las innumerables heridas de machete que desgarraban los brazos, tórax y la misma cabeza del mandador. Al parecer el anciano trató de defenderse de su agresor poniendo sus brazos como escudo. Antes de decapitarlo, su asesino le asestó varios machetazos en la cabeza.
La mañanera visitante abandonó en carrera el macabro escenario mientras sus despavoridos gritos sacaban de sus camas a los asombrados vecinos.
El hecho de haber encontrado intactos cierta suma de dinero dentro de una valija al igual que el revólver calibre 38 del mandador y las joyas de su esposa hablaba bien claro de que el móvil del doble asesinato no fue el robo.
Las gentes no lo decían abiertamente pero no era necesario ser un observador sagaz para captar en sus rostros y en algunas expresiones nada cristianas el poco pesar que aquellas atroces muertes les habían causado.
Durante la vela en el vecino poblado de Niquinohomo, de donde eran originarios los esposos, algunos amigos externaron sus sospechas en contra de dos mozos que recientemente habían tenido serios roces con el celoso mandador.
Una medida muy poco inteligente de la Policía que anunció su decisión de arrestar a todos los trabajadores de la hacienda fue abortada a tiempo por el alarmado propietario, que veía en ella el fracaso de su recién iniciada cosecha cafetalera.
Los agentes al mando del jefe de la Policía de Granada, teniente Raúl Sánchez Vanegas enderezaron entonces su puntería sobre un blanco más concreto, un peón considerado incluso por sus compañeros como un tipo sumamente conflictivo.
Se llamaba Valentín Pavón Carcache, de 29 años de edad. Pareciera que estaba esperando con ansiedad ser capturado para volcar contra la pareja toda la rabia aún no colmada que sentía por sus víctimas.
“Sí, yo los maté. Eran muy malos con los trabajadores”, dijo en su declaración a lo largo de la cual no cesó de fumar.
Pavón Carcache fue capturado dos días después de haber regresado de la ciudad de Granada, adonde después que mató a la pareja fue a pasear “para distraerme un poco, ya que me sentía un poco nervioso”.
Como el estratega que narra orgulloso su proeza dijo que desde mucho tiempo atrás había planificado la eliminación del mandador quien, según su declaración, frecuentemente lo amenazaba con despedirlo de su trabajo.
“Ese día se me presentó la oportunidad y la aproveché”, agregó. En cuanto a la muerte de la mujer del mandador, dijo con un expresivo encogimiento de hombros: “No sé qué me pasó. Pero de todos modos no estoy arrepentido”.
Se mostró especialmente interesado en que quedara claro que el día en que cometió el doble asesinato andaba en sus cabales.
El auto de prisión con que el Juez del Crimen lo fulminó por el delito de asesinato atroz fue corroborado por un tribunal de jurados en los primeros días de 1976.
Pavón fue sentenciado a cumplir una pena de 15 años de cárcel pero a raíz de los acontecimientos políticos de 1979 obtuvo su libertad junto con toda la población del penal. Desde entonces no se ha vuelto a saber nada él.
PEONES DE LA HACIENDA DESERTARON
Las investigaciones sobre el doble asesinato en La Pichonga se dificultaron un poco debido a la deserción que se produjo entre la población laboral de la hacienda, que en algún momento, en cada caso, tuvo roces con el mandador.
Pero cuando Valentín Pavón Carcache asumió altaneramente su autoría y demostró haber actuado solo, los investigadores de la Policía se convencieron de que estaban frente a un frío homicida.
UN CRIMINAL ENDURECIDO
En todas las declaraciones que rindió sobre el doble asesinato, Pavón Carcache se mostró desafiante y carente del más mínimo remordimiento.
– Cuando el secretario del Juzgado, Carlos Bravo, le preguntó al concluir un interrogatorio, si estaba arrepentido, contestó: ¨Por ahora no; quizás otro día¨. En otra ocasión dijo que “están bien muertos”.
– Explicó que después de decapitar a la pareja se dirigió a su casa, donde ni siquiera se tomó la molestia o la precaución de lavar la sangre del arma.
– Satisfizo la curiosidad del juez acerca de la omisión de tan elemental medida de precaución, diciendo tranquilamente: ¨¿Para qué? De todos modos ya están muertos¨.
– Pero lo que más llamó la atención fue su insistencia acerca de su estado el día del crimen.
– “No andaba marihuaneado porque no me gustan las drogas ni andaba tomado de licor”, dijo firmemente.
– Con esas palabras quiso dejar sentado claramente que su proceder se ajustó exactamente a su sentimiento hacia las víctimas. Es decir, no quería atenuantes para su terrible obra.