- Tres ancianas mujeres residentes en un apartado rincón del Departamento de León fueron atrozmente asesinadas por tres hombres que buscaban su dinero
Anuar Hassány Emiliano Chamorro [email protected]
El nombre de aquel mísero lugar es Quebrada Honda. Sus escasos habitantes vivían esencialmente de hacer producir la tierra, fértil para la siembra de granos, especialmente ajonjolí y trigo millón. Había fincas ganaderas pero no eran el fuerte de la economía de la zona.
La fuerza de trabajo estaba constituida esencialmente por jornaleros que devengaban salarios miserables.
Si tomamos en cuenta que los hechos se desarrollaron en 1939 cuando la economía nicaragüense, concretamente la del departamento, estaba aún lejos del boom del algodón, llama la atención que en aquel escondido paraje hubiese alguien que se dedicase al negocio de facilitar dinero a cambio de obtener un interés, que siempre ha sido oneroso.
Las necesidades de la gente de aquellos años eran infinitamente menores que las de hoy en día, caracterizadas por un consumismo desmedido representado en la adquisición de bienes superfluos, en gran parte.
En Quebrada Honda vivían y hacían su negocio Genoveva Ocampo, de 85 años, su hija Josefa, de 69 y una pariente llamada Estebana Flores, de 55. Las tres se dedicaban a la cristiana actividad de medrar del bolsillo ajeno que ellas se habían encargado de llenar antes, hasta cierto nivel, con su propio dinero.
Hacia la medianoche del 14 de julio de 1939 el frío viento que azotaba en ráfagas las polvorientas calles de Quebrada Honda introdujo en las dispersas casas de la comunidad el ladrido ilocalizable de un perro. Huelga decir que aquel casi fantasmal vecindario carecía de luz eléctrica, como la gran mayoría de los poblados rurales de Nicaragua.
Por ello, los vecinos que escucharon los ladridos del can, en vez de levantarse para averiguar los motivos, medrosos, se arrebujaron más bien entre sus mantas para reanudar el interrumpido sueño.
Si alguno de ellos hubiese tenido la osadía de salir para investigar a qué se debía la inquietud del animal y ésta lo hubiera conducido a la casa de las prestamistas, se habría horrorizado con el espectáculo que se estaba desarrollando en su interior.
En primer lugar, seguramente, se habría tropezado en las afueras con el cadáver del pobre perro despedazado a machetazos. Y si esto no hubiera bastado para hacerlo retroceder espantado, habría visto cómo las tres mujeres eran igualmente destrozadas con las armas que tres sujetos descargaban sobre ellas, en una macabra danza sangrienta.
El sol del nuevo día alumbró el horrendo escenario y permitió contemplar el daño ocasionado a las solitarias mujeres.
Genoveva, la mayor, tenía la cabeza partida en dos por un machetazo que le hizo un corte profundo, como siguiendo una imaginaria línea ecuatorial. Tenía los brazos, convertidos en una masa sanguinolenta, colocados en forma de cruz y por todo el cuerpo eran visibles innumerables heridas.
Su hija Josefa, caída a orillas de un tinajero, estaba igualmente hecha un amasijo de carne y huesos.
La misma suerte había corrido Estebana Flores, en cuyo tórax burbujeaba la sangre.
Los viejos baúles y roperos de madera en que las víctimas atesoraban sus caudales habían sido violentados y extraídos de su interior las joyas y el dinero que buscaban sus asesinos.
Los nocturnos incursores debían ser gente conocida, incluso clientes, pues sólo así se explicaba la eliminación de sus posibles acusadoras.
El capitán Carlos Pentzke, bisoño oficial que jefeaba el Departamento de Investigaciones Criminales de la Guardia Nacional de León se hizo cargo del caso.
Y no le fue tan mal que se diga. Tres días después del triple asesinato que tan tremendo impacto produjo en todo el país, anunciaba la captura de dos sospechosos, Justino Mendoza y Francisco Pavón. El oficial aclaró que un tercer hombre, Mercedes Granera, había logrado escapar del cerco tendido.
Mientras los sabuesos de la Policía husmeaban las huellas de Granera, los dos detenidos admitían su participación en la triple muerte y se enfrascaban en mutuas recriminaciones ante la natural satisfacción de los investigadores y la unánime repulsión de la gente.
Aunque al principio, como era de esperarse, ambos achacaran la carnicería a Granera, que seguía prófugo, Mendoza declaró poco después que fue Pavón quien asumió voluntariamente la sangrienta tarea. Pavón insistía en que ésta había sido obra exclusiva de Granera.
“Yo estaba concentrado en sacar el dinero y las joyas. Cuando las mujeres se enteraron de nuestra presencia por el ladrido del perro, Pavón las atacó con el machete”, sostuvo Mendoza.
A estas imputaciones, Pavón contestaba diciendo que después de que Granera eliminó a las mujeres y al inoportuno perro, los tres se repartieron el botín proporcionalmente y cada quien se dirigió a su casa.
La Policía obtuvo también la versión de la mujer de Mendoza, Zelmira Jarquín, quien desde el comienzo se extrañó de que se identificase a Granera con el nombre de Mercedes.
“Ese hombre se llama Luis. No sé porqué lo llaman de otra forma”, dijo la mujer.
Relató que a eso de las ocho de la noche del 14 de julio ella estaba acostada en su casa cuando llegó Luis Granera en compañía de Francisco Pavón en busca de su marido, Justino Mendoza. Poco tiempo después, los tres hombres salieron con rumbo desconocido.
Varias horas más tarde, el trío regresó. “Presentí que algo malo había ocurrido. Pavón traía un saco lleno no sé con qué. Le pregunté a Justino qué pasaba pero él me mandó a callar”, dijo la mujer.
Con la ausencia de Granera, que al parecer había logrado cruzar la frontera, Pavón y Mendoza fueron sometidos a jurado. El fiscal, Alberto Argüello Vidaurre pidió la máxima condena. Los defensores, Fernando Valle Quintero y Alfonso Castellón se empeñaban en demostrar la inocencia de sus defendidos y hacían recaer la comisión del triple asesinato en el prófugo, Luis o Mercedes Granera.
Hubo intentos de restaurar la recién abolida pena de muerte o al menos hacer una salvedad a la prohibición para aplicarla a los dos reos, pero los esfuerzos no prosperaron. El Juez de Distrito del Crimen de León, Orlando Buitrago Méndez fue uno de los que vieron frustrado su deseo de aplicar la pena capital a los asesinos de las prestamistas de Quebrada Honda.
COMO EN LA NOVELA
– El genio literario de Dostoievski nos lleva alternativamente, en “Crimen y castigo”, a aborrecer la figura de la anciana prestamista y a sentir compasión ante la angustia que se apodera de su joven asesino.
– La hondura sicológica y el intenso patetismo de sus novelas, que no son sino el reflejo de las penalidades que el genio tuvo que afrontar en su vida, son dos de las más grandes y admiradas cualidades del escritor ruso.
– Descrito por su hábil mano, uno casi siente el frío febril que se apodera del joven estudiante Raskolnikov en las largas horas que pasa tirado en el jergón de su cuarto en terrible lucha con su propia conciencia después de haber dado muerte a la prestamista, a la que tantas veces antes había acudido en busca de dinero.
– Nos ha traído a mientes la famosa novela un hecho ocurrido en nuestro país hace más de 60 años. Como en aquella, una anciana prestamista es asesinada en busca de su dinero.
– Pero hay sus diferencias entre la ficción del escritor y la realidad del caso que relatamos. Aquí, las víctimas fueron tres y tres los asesinos.
– El escenario no fue tampoco una gran ciudad sino un villorrio rural de los alrededores de la ciudad de León.