Las dos grandes calderas volcánicas de Apoyo y Masaya aparecen claramente delineadas en esta imagen de radar tomada a 21 kilómetros de altura. (Ilustración tomada del Atlas en preparación: “Nicaragua en Imágenes de Radar” de Jaime Incer).

Erupciones en Apoyo, Masaya y Chiltepe

Un pequeño lago ocupó al principio toda la caldera hundida, antes que resurgieran de su fondo los actuales conos de Masaya y Nindirí, cuyas lavas alternadas rellenaron la caldera y redujeron la laguna de Masaya a una quinta parte de su antigua extensión. La última de estas coladas de lava fue emitida en 1772 JAIME […]

  • Un pequeño lago ocupó al principio toda la caldera hundida, antes que resurgieran de su fondo los actuales conos de Masaya y Nindirí, cuyas lavas alternadas rellenaron la caldera y redujeron la laguna de Masaya a una quinta parte de su antigua extensión. La última de estas coladas de lava fue emitida en 1772

JAIME INCER

Los terremotos recientes a orillas de las lagunas de Apoyo y Masaya, no son más que débiles manifestaciones de las grandes conmociones telúricas y convulsiones volcánicas que se produjeron en esa área en el remoto pasado y cuyas cicatrices son responsables de la impresionante geografía de la región.

Según el vulcanólogo D. Sussman, quien estudió el origen de la caldera de Apoyo en 1982, ésta se formó por sucesivas explosiones de gran violencia que tuvieron lugar hace 20,900 años, producidas por un antiguo volcán que ocupaba el sitio.

Durante la magna erupción el cono del volcán se destruyó, lanzando al espacio once kilómetros cúbicos de material pulverizado, siendo la explosión tres veces mayor que la ocurrida en Cosigüina en 1835. La violencia del paroxismo volcánico fue de tal magnitud que dejó abierto el presente cráter, el cual mide unos siete kilómetros de diámetro con una profundidad estimada entre 250 y 300 metros.

Esta explosión de tipo Krakatoa (sólo superada por aquellas que formaron las lagunas de Atitlán en Guatemala e Ilopango en El Salvador), tuvo lugar a consecuencia de una súbita efervescencia del magma. Tal conclusión se infiere por la gran cantidad de pómez que quedó regada en el contorno de la laguna, sobre la cual se asientan los pueblos aledaños, incluyendo la ciudad de Granada.

Una nube ardiente constituida por espesos gases y materiales semifundidos a gran temperatura rodó por la ladera del derruido volcán y calcinó todo lo que encontró a su paso. Felizmente parece que Nicaragua no estaba poblada en ese entonces.

La avalancha ardiente fue desviada por el volcán Mombacho y se dirigió al lago de Nicaragua deteniéndose en Talpetate (donde hoy es el INTECNA), donde las olas han dejado al descubierto un barranco de tobas soldadas. La ciudad de Granada se encuentra por tanto fundada sobre una capa pumícea de unos veinte metros de espesor producto de esa magna erupción.

La explosión volcánica de Apoyo hizo llover cenizas por muchos kilómetros al oeste del volcán. El valle de Managua, a 35 km. de distancia, recibió entre 20 cm. (Las Colinas) y 10 cm. (Metrocentro) de materiales pulverizados lanzados desde Apoyo. Forman una capa de pómez visible en los cortes de las pistas suburbanas y cañadas aledañas a la capital. Esta capa yace sepultada por otros materiales arrojados siglos más tarde por los volcanes de Masaya, Apoyeque, Asososca, Tiscapa, etc.

Posteriormente una serie de explosiones volcánicas, seguidas por un progresivo hundimiento, dejó formada la caldera oval del Masaya, la cual mide unos 11 kilómetros de largo por 5 de ancho. Según el geólogo Julio Garayar, dos volcanes contiguos ocupaban el lugar antes de producirse el colapso. El primero emitió las lavas que hoy forman los acantilados que circundan la laguna; el segundo lanzó los materiales que se acumularon en el cerro Ventarrón en dirección al actual valle de Ticuantepe.

Un pequeño lago ocupó al principio toda la caldera hundida, antes que resurgieran de su fondo los actuales conos de Masaya y Nindirí, cuyas lavas alternadas rellenaron la caldera y redujeron la laguna de Masaya a una quinta parte de su antigua extensión. La última de estas coladas de lava fue emitida en 1772.

La evidencia de erupciones de los primitivos volcanes de Masaya y del subsecuente colapso de la caldera se encuentra en el subsuelo de Managua, donde fueron depositadas capas sucesivas que varían entre 10 y 50 centímetros de espesor. Su edad se extiende entre 8,000 y 3,000 años atrás, una de las cuales recubrió de cenizas las huellas de Acahualinca, según David Bice, quien estudió la estratigrafía del suelo de Managua después del terremoto de 1972.

Intercalada con las erupciones procedentes del Masaya se observan en el valle de Managua varias capas de pómez lanzadas por erupciones del vecino volcán Chiltepe, que parece haber experimentado su última explosión hace 6,600 años, cuando posiblemente se formó la caldera de Apoyeque, fenómeno posterior a las huellas de los primitivos habitantes de Acahualinca.

Es evidente que grandes explosiones volcánicas se han venido presentando en toda la región del Pacífico de Nicaragua desde hace medio millón de años, edad promedio de sus más viejas estructuras volcánicas. Sin embargo, hacen falta estudios más detallados para conocer con mejor precisión el violento pasado geológico de la región.

Obviamente las ciudades del Pacífico podrán reconstruirse después de cada terremoto, pero quizás no sobrevivirán si se repitiesen los cataclismos volcánicos que formaron las antiguas calderas de Apoyo, Apoyeque y Masaya en los milenios recién pasados.  

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