Un pequeño gigante

Augusto no olvida el día en que se enteró que ya no crecería más. Estaba en la escuela primaria y en la formación nunca pasaba de ser el primero. Cuando terminaba el sexto grado, su metro y quince centímetros de estatura lo sentenciaba a ser la burla de muchos niños y a las miradas indiscretas y curiosas de los pobladores de Chinandega.

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