Esperando en la calle Real la procesión de San Miguel y San Jerónimo de regreso de la Parroquia, en nuestra casa materna en la que nací en Masaya, estábamos al mediodía del 30 de septiembre en una antesala interior de la casona, cuando aparece en la acera, siempre sonriente y bromista el afectuoso y campechano Pancho Mambo, a volar lengua con Alejandro, Rodolfo Baca, Silvia, Lesbia Porta, Sandra, Ángeles y otros.Se vino a saludarnos y se quedó conversando casi una hora con nosotros. Nos dijo que llegaba por ser fecha memorable y solo por el día, procedente de México y rumbo a su casa en Caracas donde vivía con un nieto. Le pregunté por su salud, como se sentía y si tenía afectaciones de próstata, me contestó que en general se sentía bien, que su próstata no le daba problemas y que lo que le molestaba era que estaba siendo afectado en su aparato auditivo, por lo que se estaba quedando sordo, era notorio que teníamos que repetirle y hablarle alto para su mejor comprensión. Nos contó los desastres en Venezuela, todo deteriorado, la situación política, económica y social por los suelos y sin señales de mejorar. Pero por lo demás, el mismo Pancho, optimista, alegre, satírico, locuaz y extrovertido, además muy criollo, amaba a Masaya.Se atravesó la calle para ir donde sus hermanos Alma y Hernaldo Zúñiga, su casa, pronto percibimos el aumento del bullicio, ya la procesión se acercaba. Dispuse bajar a media calle y bailarle al santo, como en años anteriores. Lo hice, bajo la protección efectiva de mi sobrino, el afectuoso Chepito Barrantes que más de un vez me salvó de ser atropellado por la multitud. A lo largo divisé en la acera de enfrente a Pancho Mambo y le hice señas para que se uniera al baile, al ritmo