- Basada en la obra teatral del londinense Peter Morgan, la película está realizada con tanta agilidad y dinamismo, que su origen teatral puede pasar inadvertido
Como director de cine, Ron Howard nunca ha sido lo que los franceses denominan un auteur, concepto que en español debe traducirse como creador.
La mejor definición de un creador cinematográfico la dio Anthony Quinn al decir que cuando se trabajaba bajo las órdenes de Fellini, se estaba dentro del cerebro de ese director. Una película de Fellini es una película que únicamente Fellini pudo haber concebido y realizado, lo que se aplica también a otros grandes realizadores como Welles, Kurosawa, Godard, Peckinpah o Almodóvar.
A la figura del creador se contrapone la del artesano, un director que hace películas de temas muy variados (con frecuencia basadas en materiales ajenos: guiones, novelas, obras de teatro ) con gran destreza en el oficio, pero sin imprimirles su sello personal.
Nacido en 1954, Howard conserva algo del aspecto de típico muchacho norteamericano que lo mantuvo ocupado como actor en la televisión de su país de 1959 a 1986. Sin haber alcanzado el renombre de un Coppola o un Scorsese, tiene en su larga filmografía de director, películas impecables como Apolo 13 (1995) y Una Mente Maravillosa (2001), que lo catalogan como el gran artesano de su generación, capaz de abordar ciertos temas y argumentos con mayor habilidad que otros directores más interesados en cultivar un cine de expresión personal.
Su Frost/Nixon supera todas las expectativas. Basada en la obra teatral del londinense Peter Morgan, la película está realizada con tanta agilidad y dinamismo, que su origen teatral puede pasar inadvertido. El argumento gira en torno a la célebre entrevista que el presentador de televisión británico David Frost hizo a Richard M. Nixon en 1977, tres años después de la renuncia de éste a la Presidencia de los Estados Unidos.
El filme está muy lejos de ser una mera representación con actores de la citada entrevista, lo que carecería de sentido, pues la misma está disponible en su grabación original. Y si bien los momentos de mayor tensión dramática provienen de la entrevista, el tema central son las peripecias de Frost (interpretado por el galés Michael Sheen) para hacer realidad un proyecto que parecía destinado al fracaso, y la extraña relación de odio/amor que se desarrolla entre el ex presidente (interpretado por Frank Langella) y su entrevistador.
Igual que El Silencio de los Corderos (1991, con Jodie Foster y Anthony Hopkins o Golpes del Destino (2001, con Clint Eastwood y Hilary Swank, el impacto dramático de Frost/Nixon depende de la interacción y el talento de sus dos protagonistas. Ambos logran desaparecer dentro de sus respectivos personajes hasta el punto que resulta difícil imaginar a otros actores en esos papeles.
Langella (que ganó un Tony por el mismo papel en las tablas) obtuvo una nominación para el Oscar, pero Sheen fue ignorado por la Academia, igual que su interpretación del Primer Ministro del Reino Unido, Tony Blair, en La Reina (2006), basada en un guión de Peter Morgan.
El film muestra las presiones sobre Frost, por parte de los productores de la entrevista para que obligara al ex presidente a confesar su participación intelectual en el allanamiento, con fines de espionaje, de la sede del Partido Demócrata en el complejo de edificios Watergarte, en Washington, D.C. Se temía que la entrevista se convirtiera, por la falta de experiencia de Frost y la capacidad de manipulación de su interlocutor, en un panegírico.
Pero al sacar de improviso transcripciones hasta entonces inéditas, que demostraban que su entrevistado sabía del allanamiento antes del estallido del escándalo, Frost pudo acorralarlo y lograr momentos que marcaron un hito en la historia del periodismo televisivo. Cometí errores, confiesa el ex mandatario, Pero fueron errores del corazón, no de la cabeza.
Este round final de la entrevista fue para ambos actores un tour de force, del que salieron airosos, evocando las confrontaciones de Humphrey Bogart y José Ferrer en El Motín del Caine (de Edward Dmytrick); o Tom Cruise y Jack Nicholson en Cuestión de Honor (de Rob Reiner), otro ejemplo de cine artesanal de excelente factura.
Pero el núcleo dramático de la cinta es la secuencia ficticia en que Nixon, pasado de tragos, llama a Frost a medianoche. Proyectando en su adversario sus propios fantasmas, lamenta que las personas de orígenes modestos (Nixon era hijo de un tendero; Frost, de un ministro metodista), siguen siendo vistas con desdén por las élites, aun después de alcanzar las cimas más altas.
El estilo de Howard es sobrio, con un trabajo de cámara al servicio de la narración. Ideológicamente rechaza el énfasis panfletario y la demagogia, prefiriendo la sutileza y la sugerencia (las tomas de los bombardeos de las fuerzas armadas estadounidenses en Camboya, intercaladas en Frost/Nixon, son un elocuente testimonio contra la Guerra del Vietnam). Sus películas transcurren con notable fluidez, sin que en ningún momento el espectador se sienta manipulado.