LA PRENSA/Fotoarte/L. González

Carne para depredadores

Las luces del auto parecían inventar la carretera, porque más allá de ella nada existía en el cajón oscuro de la noche. En ese instante, camino a lo que parecía el paredón, a Miguel le tentaba decirle a Rubem que el conejo al que él había apresado por las orejas no temblaba simplemente de miedo. […]

Las luces del auto parecían inventar la carretera, porque más allá de ella nada existía en el cajón oscuro de la noche. En ese instante, camino a lo que parecía el paredón, a Miguel le tentaba decirle a Rubem que el conejo al que él había apresado por las orejas no temblaba simplemente de miedo. Podemos estar frente a la última hora de nosotros en el mundo y tener la certeza de ello, pero la verdad más terrible está en el método de la ejecución, porque la muerte tiene su morboso preámbulo de tortura. Ni cuando parece veloz la muerte se precipita lo suficiente como para evitar el sufrimiento y eso hasta un animal se lo huele sin darle muchas vueltas al lenguaje.

Rubem a la vez que conducía iba por el pasillo de sus recuerdos y se entretenía en revivir los sentidos del que iba a matar, del que portaba un arma no por puro ornamento sino por tener un conocimiento culminante; de allí que le daba por evocar la temperatura tibia y temblorosa del animal, no un crispamiento visible, era un tremor que procedía más del ser que se sabe muerto que de la carne aún viva. Aunque lo más intenso fue sentir en sus narices la pelusa invisible proveniente del animal palpitante que cargaba en su mano, el olor de aquel roedor se le hizo invasivo, como un molesto extracto explotando en la atmósfera.

—Sabés, se me habían despertado los instintos de un depredador —dijo Rubem.

—¡No jodás!

—¡En serio! Hay que ser cazador para que despierten en uno esos sentidos salvajes, el olfato y el oído más agudo.

—No me hablés de magia y superpoderes, ¡qué paja!

—De veras, seguro los seres humanos tenían bien agudos esos sentidos cuando eran sólo unos cavernarios.

—¡Ajá! Pasando a otro asunto, ¿a quién le vas a lanzar? —le preguntó Miguel, porque le gustaba tener previsto todo.

—Yo a la Paola, pero si vos querés te la dejo y le lanzo a la Carla.

—Me da igual, de todas maneras alcanza una para mí.

—Sí, vale verga, además esas dos son calientes.

Los dos ríen con gusto y chocan las cervezas que hasta entonces permanecía muertas en sus manos.

—Como aquella vez que nos metimos los cuatro en aquel motelucho y pasamos volándole duro —apuntó Rubem.

—Me acuerdo que estuvimos bebiendo cervezas con las majes toda la tarde en la terminal del Huembes.

—Es que ahí sólo zorras llegan a beber, por eso me gusta ir.

—Y cuando les dijimos del motel a las majes hasta se animaron.

—Te acordás, me acuerdo que yo estaba encima de la Paola taca taca taca y te quedo viendo que estás en una sola con la Carla y te digo ¿cambiamos? —recordaba Rubem.

—¡Cambiemos! —gritan los dos en coro como si estuvieran viviéndolo de nuevo.

—No, y eso no es nada, cuando vos preguntaste que si cambiábamos la Carla jodida también dijo ¡cambiemos!

—Es que son arañas las majes —dijo Miguel, mientras se metía el pico entero de su cerveza en la boca.

—Parece jodedera, pero fijate que lo que más recuerdo de ese día es el olor a mujer que había en ese cuarto. Me pasó lo mismo que con el conejo.

—¡Sólo mierdas, callate! —dijo Miguel.

De pronto, tirado en media carretera se vio un pequeño bulto luminoso, como una piel rosácea, brillante como una bolsa plástica.

—¡Cuidado! —advirtió Miguel.

Y Rubem instintivamente movió el timón como para esquivarlo, pero era tarde, el auto pasó por encima triturando el bulto. Rubem no se detuvo y examinaba por el retrovisor tratando de identificar el bulto al que la oscuridad se comió en segundos.

—Te apuesto que es un cerdo —dijo Miguel.

—No hombre, era un perro.

—¿Cómo va a ser un perro? ¿Que no viste que era hasta coloradito?

—Lo que pasa es que ya está casi pelado de tantos carros que le han pasado encima.

—¿Cómo se te ocurre?

—Okey, apostemos cien varas a que es un perro —lo retó Rubem.

—Apostemos.

El auto dio un giro completo y continuó en sentido contrario; unos metros antes de llegar al bulto Rubem estacionó en mitad de la carretera y dejó las luces altas.

Los dos caminaron con sus cervezas en las manos. El bulto estaba deforme. Los dos se agacharon. Miguel sin ningún asco tomó lo que parecía una extremidad y lo examinó como queriendo descifrar el enigma. Era la manita de un niño. La soltó automáticamente junto con la cerveza y se fue de espaldas.

—¡Juela gran puta! —gritó Rubem con horror y asco.

Miguel se enderezó ya casi corriendo. Los dos corrieron hacia el auto, que arrancó en un enorme giro y se perdió en la oscuridad.

Juan Sobalvarro (Managua, 1968). Ha publicado Unámime (Poesía, 1999), Para qué tanto cuento (Narraciones, 2000), Perra Vida (memorias, 2004), y Agenda del Desempleado (Poesía, 2006).

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