SERES.Ensamble. Robert Barberena de la Rocha.LA PRENSA/Cortesía

La heladera

Cuando llegué al departamento 5F de la calle Peña al 2018, en el elegante barrio de Recoleta (Buenos Aires), no podía creer que fueran reales sus reducidas dimensiones. Hasta entonces yo siempre había vivido en lugares pequeños, es cierto, pero nunca tanto. La dueña, una mujer de edad indeterminada y de madre procedente de Galicia […]

Cuando llegué al departamento 5F de la calle Peña al 2018, en el elegante barrio de Recoleta (Buenos Aires), no podía creer que fueran reales sus reducidas dimensiones. Hasta entonces yo siempre había vivido en lugares pequeños, es cierto, pero nunca tanto. La dueña, una mujer de edad indeterminada y de madre procedente de Galicia (como buena parte de los argentinos), me recibió con una amabilidad de la que muy pocos caseros hacen gala. Tras hacer el correspondiente interrogatorio sobre mi persona y sobre los propósitos de mi viaje, me dio las indicaciones oportunas para el correcto funcionamiento de la casa, que durante aquel verano iba a alquilar: limpiar el suelo de parqué con el producto adecuado, apagar las luces y el gas al salir, y abrir la puerta al fumigador una vez al mes. Y se despidió como quien se marcha de un lugar deseando dejarlo para no volver jamás. No habló, en ningún momento, de la pequeña heladera —disimulada bajo un hornillo de gas—, que a mediados del siglo pasado debió de lucir flamante en el escaparate de alguna tienda de electrodomésticos de Palermo Soho. Ni yo reparé en ella, deseosa de salir de aquellas cuatro paredes, para perderme en las innumerables calles de aquella maravillosa ciudad.

Los primeros indicios de que algo no iba bien los tuve la primera noche. Serían las cuatro y media de la madrugada cuando el ruido de algo, parecido a una pequeña explosión, me hizo despertar sobresaltada. Desorientada por el sueño, me asomé a la ventana en busca del origen de semejante hecatombe, pero lo único que descubrí fue un frescor inesperado. No tardé en darme cuenta de que el epicentro de lo que se me antojaba volcán estaba tras las puertas de la kichenette. Aquella heladera, en la que no había reparado, hacía un ruido infernal. Un motor externo anclado en el suelo le insuflaba la vida que, poco a poco, a mí me iba arrebatando. En el preciso instante del aciago hallazgo, las también viejas tuberías del baño optaron por celebrarlo interpretando la sonata en re mayor de un compositor desconocido. Y entre la serenata de una y la ópera bufa de otras fui perdiendo la paciencia al mismo ritmo que mis nervios se iban multiplicando. Maldije a la casera por su silencio y me maldije por haber elegido el departamento más barato, que ya desde el primer día me estaba pasando factura. Dieron igual mis maldiciones, pues me hube de conformar con lo que había.

Pasaron, así, varios días sin que pudiera disfrutar de los momentos de sol. Cada noche la nevera no sólo regresaba con su habitual ronroneo, sino que además salía de su kichenette para dar un paseo por el minúsculo departamento. Siempre la misma rutina: se dirigía hacia la ventana, se detenía en la puerta del baño, daba la vuelta a la mesa y volvía a su guarida. Conforme fueron pasando las semanas, ya no se conformaba con pasear y comenzó a tragar todo lo que encontraba a su paso. Primero fueron dos sillas, después la lámpara y la mesilla estilo imperio sobre la que descansaba; le siguieron la televisión y la cama, las cortinas de ganchillo, el mate con su bombilla, la foto ajada del Che y dos pilas de libros que, tras muchas horas de rastreo, había adquirido en una librería de Corrientes. Al final del mes de mayo, y sin apenas darme cuenta, yo misma fui engullida por la voraz heladera.

Han pasado ya tres años desde aquello. Tres fríos años en los que habito en su interior con todo el mobiliario. Ahora soy yo la que sale a pasear por el cuarto, con nocturnidad pero sin ruido, e imitando su antigua rutina me dirijo hacia la ventana, me detengo en la puerta del baño y doy la vuelta en el lugar en el que estuvo la mesa, pero es tanta la soledad, que regreso de nuevo al glaciar de este particular Perito Moreno.

La Prensa Literaria

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