Pintura de Julio quintero. LA PRENSA/Cortesía

A la espera

Hubiera sido mejor ajustar cuentas con El Magnate haciendo uso de mi revólver 45. Pero al quererlo tomar de la repisa, donde lo guardaba, la tierra comenzó a temblar, me escapé de caer del asiento y una caja de cartón con sobres aéreos me cayó en mi cabeza. Los temblores siguieron y más sobres me […]

Hubiera sido mejor ajustar cuentas con El Magnate haciendo uso de mi revólver 45. Pero al quererlo tomar de la repisa, donde lo guardaba, la tierra comenzó a temblar, me escapé de caer del asiento y una caja de cartón con sobres aéreos me cayó en mi cabeza. Los temblores siguieron y más sobres me cayeron encima cuando los cimientos del edificio se estremecieron, de tal forma que casi estuve a punto de abandonar la oficina por miedo a que me cayera encima el edificio, pero no salí, y me limité sólo a estarlos mirando sin que ellos me miraran.

Temblor —dijo asustado El Magnate—. Está temblando.

Se va a caer el hotel —dijo impávida Nora—. ¿Y usted para dónde va?

Él detuvo sus pasos, pero la pregunta no pudo contestársela porque ahí no más lo atacó la colitis y como nunca antes lo dejó sin aliento.

Trate de no asustarse tanto —le aconsejó ella—. Los nervios lo llenan más de gases.

Pero a él no le interesaron sus consejos.

Mi helicóptero nos está esperando —le dijo comenzando a caminar de nuevo hacia la salida—. Vámonos.

Pero en eso otro temblor y una araña colgada del techo, muy lujosa, se desprendió y a ella le cayó encima. ¡Dios mío! Me quedé paralizado, y ya no supe por dónde desapareció El Magnate. Entonces me puse de rodillas ante su cadáver, y le pedí perdón por haber estado queriendo llamar a los periodistas para que interrumpieran los masajes que a él le había estado dando sin medir las consecuencias de lo que hubieran pensado de ella al verla con un hombre completamente desnudo.

Ahora que la he perdido siento que ha llegado para mí también el fin de mi vida. Que me he desconectado del mundo alegre de antes, cuando estábamos juntos, para entrar a vivir en uno tan extraño y sin sentido que con sólo pensarlo me aterrorizo. ¡Ay, Dios, si ella volviera a la vida!

Así que me puse de pie y salí del hotel cuando en mi reloj ya era más de la medianoche. Seguía llevando en mi mano la 45. Miré que la ciudad estaba en llamas y en escombros, y ya me iba a poner de nuevo de rodillas para clamarle al cielo que me la devolviera cuando de repente mis ojos detectaron por encima de las lenguas de fuego un avión que se alejaba cada vez más del desastre. Yo dije sin despegarle mis ojos: Managua ha sido destruida por un terremoto devastador, y a él no le importó dejarla en el abandono, ahí va El Magnate.

Entonces fue que volví a meterme a este hotel para que me cayera encima el edificio, pero éste no cae, parece ser una construcción piramidal inexpugnable, que no podrán derribar los temblores que se siguen sucediendo, y a la espera de que caiga ahora trato de escribir estas líneas. Ya casi estoy terminando de escribirlas, ya no sé ni lo que digo, pero la idea es dejar constancia de mi paso por este mundo.

De mi ambición, que me fue ascendiendo poco a poco utilizando siempre las influencias y mi capacidad en la administración de los negocios de la gente adinerada de mi país y del extranjero. El Magnate fue el último a quien serví. Debía de atender sus negocios en sociedad con unos cuantos capitalistas criollos mientras él viajaba por el mundo en sus propios aviones y helicópteros, y cada vez que venía no sólo tenía que rendirle cuentas sino que me convertía al mismo tiempo en su hombre de confianza absoluta, en todo, sin excepción, recurría a mí hasta para que le atendiera desde las cosas más chicas hasta la de representarlo en eventos al más alto nivel del empresariado nacional.

Y esta última vez que vino lo primero que hizo fue mandarme a que llamara a Nora, mi mujer, para que le diera masajes que lo hicieran sentirse con el cuerpo relajado y menos angustiado por la colitis, enfermedad que le hacía levantar la pierna a cada rato para expulsar una sarta de gases que le mantenían muy crecida la barriga, y cuando ella llegó al no verme le preguntó sobre mi paradero, pero no oí que El Magnate le contestara. Lo que oí fue un sonido raro, como que una tripa se le hubiera reventado, y esto hizo que yo medio me asomara y viera que se le habían ido todas las costuras del pantalón, quedando el gran caballo casi desnudo por haber levantado tanto la pierna.

Yo me puse a reír en silencio para que no supieran que estaba a pocos pasos de ellos, oculto detrás de una delgada pared, en el mismo lugar donde estoy ahora, la oficina, pero luego la risa se me convirtió en celos o algo parecido a los celos. Todo fue que la viera quitándole el pantalón roto para acostarlo y comenzar a darle los masajes, para que yo cambiara, y tuve miedo de que después semejante cosa que estaba viendo me la tradujera él en mandarme a lanzar al mar desde el helicóptero, aprovechando que yo me transportaba por aire para verle sus negocios, y así quedarse con ella para siempre.

Sin embargo, tratando de razonar me decía a mí mismo: ella es masajista profesional, a diario atiende a hombres y mujeres en su clínica, nada malo hay en lo que está haciendo… Es su trabajo… No estaría bien que yo intervenga… De ninguna manera.

Pero por más que lo intentaba una y otra vez no conseguía que mi razón entrara en razón. Entonces fue que cerré la puerta de la oficina y con voz muy baja empecé a llamar por teléfono a los periodistas que pugnaban todos los días por quererlo entrevistar. Luché marcando los números para decirles que El Magnate los estaba esperando para contestarles sus preguntas que le habían mandado. Sin embargo, como nadie levantó los teléfonos para contestarme, caí a la cuenta de que estábamos en diciembre, a pocas horas de la Navidad, quizás un motivo preponderante para haberle distraído la atención a los periodistas en torno a la presencia de El Magnate.

Yo, Adriano, estaba seguro de que ellos hubieran evitado que ella siguiera dándole masajes, pero no vinieron, en su lugar lo que vino fue este terremoto que lo ha destruido todo, y me ha matado a Nora, mi vida. De tal forma que si la mole de este hotel no cae pronto sobre mí, al terminar de contar hasta diez tendré que echar mano a la 45, uno, dos, tres…

La Prensa Literaria

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí