Visto desde los tantos bordes del alma, lo más trascendente en los últimos días en la esfera de la música, han sido: El concierto dado por la Orquesta Filarmónica de Nueva York en Pyongyang, Capital de Corea del Norte, y el regreso al atril de Lorin Maazel.
Me percaté de su retorno estando en Miami en la reciente Navidad. Luciendo el brillo de unos ojos no deteriorados por el tiempo como si nada hubiera pasado luego de haberse retirado silenciosamente anunció personalmente y con la humildad de los hijos que vuelven a su pedestal, siendo un ícono, la disolución de esa pausa inexplicablemente prolongada.
Este mismo Lorin Maazel no otro estuvo aquí en Managua con motivo de dar la Orquesta Sinfónica de Cleveland su único concierto en el Teatro Nacional Rubén Darío, un poco antes del terremoto de 1972. Cupo a mí el honor inolvidable de entrevistarlo antes de comenzar el ensayo de rigor del conglomerado. Gesto lleno de cortesía cuando el director debía de hacerle frente a la ejecución de un complicado programa que incluía a Bartock en su Mandarín.
Pasó el tiempo y su nombre dejó de mencionarse en las superficies vivas y actuantes de la música, acaso sumergido en el deleite pedagógico de enseñar a las nuevas generaciones no sólo su habilidad de rector de la conformidad armónica sino sus conocimientos sobre composición impartidos en los selectos conservatorios. Acertado fue al decir que iniciaba sus presentaciones en otro género amado por él el de la ópera muchas de las cuales acompañó desde la concha acústica, desde el fondo donde emergen las notas que sirven de luces preliminares, de cordial advertencia, de prólogo a la agitación comunicativa de las voces.
Pero Maazel rompe todos los hitos pasados cuando occidente y oriente se estrechan las manos, cuando dialogan a través del lenguaje de la música semejante al de otros caloes, a través del perdurable concierto será siempre una referencia cuando se toque o explore el argumento de la amistad o de la reconciliación dado en Pyongyang por una de las orquestas más representativas de Estados Unidos a la cual él dirigió para convertirse en el embajador número uno de la nueva diplomacia sinfónica, cuando en lo que todavía se comenta con entusiasmo, rompió el hielo después de tantos años de confrontación desde que tuvo su impacto la guerra de Corea (1950-1953).
No fue el bombardeo grotesco de las bombas sobre las ciudades lo que volvió ahí, sino por el contrario, el bombardeo de la armonía sobre los techos de la cultura y de la expansión con la presencia de los mismos añejos reductos, de algunos generales que cargan con las huellas de las heridas. 1,500 comunistas coreanos, amantes fervorosos de la idea Zuche, se pusieron de pie para escuchar con respeto los himnos de Corea y de Estados Unidos.