Lo que dejó de sonar (la ineludible consecuencia del suspiro póstumo: el silencio) fue una de las grandes voces, acaso la más armoniosa y deslumbrante desde el advenimiento del glamour electrónico.
Persevera la concepción dominante en el círculo selecto de los amantes del bel canto en la línea de afirmar que no fue el primero en la escala histórica de tenores desde que pasmó la aurora de la ópera, en parte porque esa es una apreciación subjetiva, muy del alma adentro, en que quizá no influyen las majestades impolutas de la técnica. Aunque escasísimos hayan sido los que fueron reyes magistrales en el trono de la octava do, o en el do de pecho donde este ilustre artista, fincó, atesoró su ámbito sin hacer a un lado de ninguna manera la elevación y calidad global de su lírica.
Ahora que ingresó al mutis irrevocable, los habitantes del orbe diletante, ya están haciendo comparaciones, no prematuras porque existían, entre Enrico y Luciano. Ayer fue Caruso, hoy es Pavarotti. En las estancias de la jerarquía, el napolitano había fallecido no sólo físicamente sino artísticamente, puesta en la imaginación la mortaja invisible de sus habilidades. La evolución generacional había puesto en su lugar a un heredero, a un sucesor, el hijo predilecto de la escueta Módena.
Tanto Caruso como Pavarotti fueron spintos en el Aída, de Verdi donde el capitán alza su extraordinario canto de amor por Aída al recibir la sentencia que lo condena a morir, cuya versión cantada por el reciente finado escuché en la paz dominical de mi casa, mientras su pueblo natal lo cantaba en el velorio con la ópera de las lágrimas. Moderados los dos en el Ottavio de Giovanni, de Mozart, tornadizos y ligeros en la alianza sodómica del vino y de las mujeres cuando se llega a los extremos, más en la interpretación con estuche frustrante del Rodolfo de la Bohemia de Puccini, aunque los críticos asombrados por la parlanchinería y la buhardía le asignen superiores conquistas a Pavarotti en cuanto a manejar la naturalidad, las fibras espontáneas del actor de tablas, móvil y carismático, los dos en los hugonotes de Mayerbeer en el sostenuto de las notas hasta topar con el no más allá de la duración.
Es por ello que ambos figuran con mención mayúscula en el salón de los predestinados como Hill, Berganzi, Gigli, Volpi, Bjorling, Kraus, Corelli y con justo reconocimiento a los dos más actuales en este momento, dos vivos, Domingo y Carreras. Diríase, Luciano y José corrieron juntos sobre la pista de la presunta agonía con el ánimo de salir airosos de su inminencia, ambos perseguidos por el mismo asesino, el cáncer, mientras Domingo confirmaba con su salud estable, la vigente placidez. Músico este, conductor de orquestas sinfónicas con la vanidad de saber dar recitales en el campo de la versatilidad. El muerto con la proverbialidad de su buen humor supo reconocer esta distancia en cuanto a la cultura musical de los dos, pues lo revelado por él a los cronistas de la cultura, siempre fue desde que oyó a Gigli, ser un iletrado en cuanto a leer partituras, posición reconocida a partir de conocer el estudio de su ícono a quién oyó con embeleso en un ensayo. Beniamino cantaba en voz primero baja y después alta recorriendo la escala de arriba abajo en cuarenta minutos sin saber que pronto no lo detendría el éxtasis galopante de ser la estrella cohesiva para sentirse en el ambiente de teatro donde la guzla es la protagonista, donde ella es capaz de rebasar los límites de la tesitura en la redondez del drama, la música, la acción, la expresión.
Toda esa configuración de méritos vino declinando poco a poco a partir del mes de febrero del 2002. Por ese tiempo, sin oficializarlo pero sugiriéndolo, anunció su retiro. Ningún general se despide fácilmente del campo de batalla y en ese sentido, la palabra no se cumple. Y aunque lo dijo bajo el testimonio de unas estrellas apagadas, el corpulento siguió desplazándose aunque soltando frases como esta: a veces siento que no canto bien. Manifestado eso por una declinante sensación anímica. Aún sobreponiéndose para no defraudar a los suyos, no podía evitarse el moderado eco de los murmullos de los diletantes desde los atiborrados palcos y balcones. Temblaba la gloria de ser el sucesor inobjetable de los patriarcas del bel canto.
Con su muerte ha quedado en la mortal oquedad el terceto de tenores más complaciente, solidario y disciplinado del mundo: Luciano Pavarotti, Plácido Domingo y José Carreras.
Antes era Caruso el epónimo, el autor de era. Ahora es Pavarotti el que va por los caminos de inspirar a los abuelos y a las siguientes generaciones con las maravillas de su voz llena de dulzura y de dramaturgia.