Henry A. Petrie. (LA PRENSA /M. LORÍO)

Fritongo Morongo: ¿nuestra primera novela picaresca?

La novela se presenta en Galería Epikentro el próximo 7 de septiembre, a las 7:00 p.m. ¿Novela del Oriental? Esta pregunta podría responderse afirmativa y plenamente. En efecto, Henry A. Petrie (Managua, 1961) concentra su microcosmos narrativo en el Mercado Oriental, el más populoso de Managua y, según algunos, el de mayor extensión a nivel […]

  • La novela se presenta en Galería Epikentro el próximo 7 de septiembre, a las 7:00 p.m.

¿Novela del Oriental? Esta pregunta podría responderse afirmativa y plenamente. En efecto, Henry A. Petrie (Managua, 1961) concentra su microcosmos narrativo en el Mercado Oriental, el más populoso de Managua y, según algunos, el de mayor extensión a nivel centroamericano. Al mismo tiempo crea una criatura inherente a ese ámbito: Fritongo Morongo, quien “no tuvo padre ni madre ni hermanos ni nada. Desde que apareció en el Oriental se le vio solo, se inició durmiendo en rincones de aceras o tramos donde se le permitía estar” (Pág. 8).

Fritongo Morongo —de evidente raigambre africana— es el nombre del protagonista en torno del cual se teje la trama, no sin una dosis de intriga policíaca: su falsa muerte que la población del Mercado mitifica y lo convierte en santo. Todos los otros personajes se involucran en ella: Nayo Cleonte, el supuesto homicida y secuestrador de su cadáver por espontánea decisión de la masa; Lucecita Candela, la novia de Fritongo; Dominga Buhía (“negra con culo protuberante”), Guadalupe (las dos últimas vendedoras de comidas), La Camiona, Inocencio Parranda, Calixto Palíndromo, Federico Quebrado, Toribio Raíces e Hilda Ritmo.

También Fritongo Morongo es el título de la segunda novela de Petrie, inscrita en la tradición de la picaresca latinoamericana del siglo XX: Suetonio Pimiento (1926), del boliviano Tristán Marof (1896-1979); Chamizo (1930), del argentino Roberto J. Payro (1867-1928) y Tata Lobo (1953), del mexicano Ermilo Abreu Gómez (1894-1971). Aunque no se trata, específicamente, de una novela picaresca clásica, en Fritongo Morongo se detectan elementos de aquella: una filosofía vital de los personajes basada en el libre albedrío de sus voluntades instintivamente primarias, la ideología del vago que pretende vivir sin trabajar o, al menos, subsistir y las aventuras viajeras del protagonista y sus consejos directos, por ejemplo, los de Fritongo Morongo que transmite en una carta a Petronio Smitch, su hijo.

Toda una personalidad individualista se traza en dicho consejo, antológico como el de otro personaje: el femenino de Lucita Candela, quien propalaba en las tertulias con sus amigas esta fórmula sexual: “Cuidando a los hombres y fantaseándolos estarán siempre dispuestos, nada de melosas e insípidas, de hostigosas ni desmandadas, esposas y putas a la vez para que ellos sean maridos y chivos pues, más que en ellos pensemos en nosotras dejándonos de babosadas que también somos del placer y nos encanta. Por eso debemos tenerlos bien cuidados y lujuriosos, vueltos perritos detrás de nuestros olorcitos pues, y no se les vaya a olvidar, en la cama pórtense como putas de verdad y ni por necesidad, háganles y déjense hacer de todo que en el sexo no hay falla, siempre que no nos dejemos joder por donde no queramos o nos duela, ehh…” (Pág. 83).

Como se ve, la lengua que maneja Petrie es coloquial pero sin excesos, hasta el grado que mantiene su ritmo propio y una fluida comunicación. En este sentido, guarda una paralelo increíble con otra pequeña novela en extensión (chef d’ouvre que desarrolla la misma trama) del brasileño Jorge Amado: La Muerte y la Muerte de Quincas Berro Dagua. Como éste, Fritongo Morongo tuvo dos muertes: la primera inventada que trasciende el mito y la segunda y verdadera, tras su regreso al Oriental, transcurrido muchos años, viejo ya, “de cabello blanco, simpático, distinguido y de comunicación entretenida… en medio del bullicio y algarabía entre corrientes de corrientes de gentes, extrañando lo de que el Oriental había crecido y de lo mucho que había cambiado…”

Además, Petrie comparte la unidad estilística del brasileño —cada una adecuada a sus capacidades—, la complejidad argumental, la desmesura del rumor o del cuecho, la denuncia del fanatismo y de la debilidad institucional de la justicia. Sin embargo, Fritongo Morongo (Managua, Editorial 400 Elefantes, 2007) no resulta localista, ni folclórica. Como la de Amado, contiene reflexiones acerca del mundo, fenómenos naturales y convulsiones sociales. Es una novela digna, comprensible en cualquier contexto y, para mí, la primera aproximación a una verdadera novela picaresca en Nicaragua.

La Prensa Literaria

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