Una matagalpina en Bamberg

A Olivia R. Un mensaje cibernético surgido de la nadadio inicio a esta historia de amor en etapas:primero fuimos los niños que se intercambian papelitos.(Nuestra etapa de comunicaciones por internet; cuando no tenías ni rostro ni nombre.Eras sólo una silueta dentro de un cuadritoen la desolada red de amigos virtuales). Después, nuestro asombro al descubrir […]

A Olivia R.

Un mensaje cibernético surgido de la nada
dio inicio a esta historia de amor en etapas:
primero fuimos los niños que se intercambian papelitos.
(Nuestra etapa de comunicaciones por internet;
cuando no tenías ni rostro ni nombre.
Eras sólo una silueta dentro de un cuadrito
en la desolada red de amigos virtuales).

Después, nuestro asombro al descubrir que éramos nicaragüenses.
Vos, matagalpina, criada entre ríos, caballos, vacas, montañas
y el clima frío que te dio esa piel tersa de porcelana color canela claro.
Yo, lobo de ciudad metido siempre en el cine.
Rodeado desde niño de libros y pinturas y música clásica y smog.
Convertido ahora en este oso viejo y solitario que vive en una cueva.

Los recuerdos de tu niñez,
de tu madre muerta prematuramente, como la mía.
De tu padre, ciego y desolado al final de sus días.
De la casa grande en Matiguás donde transcurrió tu niñez:

“Tengo bien presente el patio que era bien grande, con árboles frutales y un jardín de flores silvestres. También había dos enramadas al lado de un pozo, una de chayote y otra de granadilla. Todo lo hizo mi papá y cuando él se fue, todo desapareció y se convirtió en un patio común y corriente. Aquello que fue tan bonito dejó de existir hace mucho tiempo, cuando todavía éramos una familia feliz. Quizá como una señal de que la familia también se iba a desbaratar”.

Y la imagen del muchachito que anunciaba las películas del Cine Gloria, con tambor y un cartel colgado a la espalda.

Luego mi entusiasmo al ver tu primera foto en mi correo electrónico.
Y la segunda, en la que te ves tan atractiva junto al molino de viento en Holanda.
Y la tercera, con el río Regnitz al fondo y las casas con picos de Bamberg,
donde estabas cuando comenzaron nuestras comunicaciones a distancia.

“Lo que pasa es que estás acostumbrado a verme por dentro y me ves con los ojos del alma y eso me lo aplicás al físico”.

Y el momento de tu retorno a la Florida. Las llamadas diarias.
(La etapa de los quinceañeros que no pueden dejar de hablarse por teléfono).
Nuestro primer encuentro rigurosamente planificado por mí.

“Te cuento que me estoy poniendo un poco nerviosa con lo del encuentro mañana. Como te dije una vez, ni que fuera una quinceañera, pero de nuestros tiempos, cuando las cosas eran diferentes, más emocionantes”.

Nunca olvidaré tu figura detrás de la puerta de vidrio al entrar en el restaurante.
El largo abrazo; las seis flores de distintos colores llevadas a la mesa por el camarero.
Lágrimas en tus ojos almendrados.
Tu belleza extraordinaria (mejor que las fotos).
El paseo en mi auto.
La cercanía de tu rostro al mío,
el primer roce de los labios…
(La etapa del muchacho de 18 que besa en el auto mal parqueado a la muchacha de 17).
Tu mensaje en la computadora:

“Después que me dejaste, entré en mi casa y por primera vez en mi vida vi en el espejo a la mujer más linda del mundo”.

Ese sábado 5 de agosto de 2006 fui el hombre más feliz de la Tierra.

¿Se habrán cruzado nuestros caminos para juntarse en busca del
“…y vivieron felices”?
¿O fue tan sólo un interludio; algo demasiado hermoso para durar?

“Nunca me habían dicho esas cosas. Si seguís así voy a terminar creyendo todo lo que me decís. Hemos pasado por tantas cosas tristes que nos merecemos esto tan maravilloso que estamos viviendo. Hasta me da miedo que pueda terminar…”

El amor que aumenta. La confianza renovada.
Los primeros nubarrones…

Pero no importa lo que el guionista de nuestras vidas,
imprevisible y silencioso, nos tenga preparado:

Siempre tendremos a Bamberg.

(Península de la Florida, lunes 1 de enero de 2007).

La Prensa Literaria

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