A: J. González
Pectoral, el imán del garrobo.
Ahí las voces concurrentes
asidas a la luz de su plúmbea piel.
Ahí el reservorio vertical. Altitud, exacta y
reposada.
Si fuego es aire, si luz llamea,
si enrojecido cielo vaticina,
digital el garrobo
asiduo, tenaz
las huellas resguarda.
Y si el paso es lento, no claudica el garrobo.
Sagital avizora
en la espera de ser honda
catapulta sangre aherrojada.
Y sobre los vegetales hombros asciende,
coral y fermento, tenso tendón.
Terrenal, el litigio del garrobo
porque es roca su simiente
y en ella graba el cúmulo, la constancia
transgresora,
y asume opacadas osadías y refracta áridas
angustias
por el erguido ardor de su ojo agrimensor.
Umbilical es el ojo del garrobo
que meridiano asiste a la urdimbre de su
hembra,
presta a la canicular caricia,
y la fija imagen
y la cerca con sus pedernales de intensa carne
y la imbrica y le susurra luchas al oído
y es plenitud confirmada.
Porque así ama el garrobo,
gallarda su testa, galano su ojo.
Antología de la Tristeza
A: Nz
Desnuda acaricia el beso roto
y la noche en vela izada.
Una que otra palabra de cenizas ondeantes
deja en guitarra consumada.
Ha moldeado su barro, ha alimentado su arcilla
y sienta en la penumbra de su imagen.
El inventario de sus flancos azotados.
El niño la mira, mira
El niño la está mirando
Luna de perdiciones y gritos encontrados.
Borbollando por caminos y vecindarios
va la sangre empecinada.
Arrastra en su torrente
hasta arrinconarlos en las esquinas.
Promesas y besos de quijotes olvidados.
Allí la velita alumbra un gesto solitario;
allá el labio humedecido
apunta la memoria y sus desvelos.
Acá, de este lado izquierdo,
entre ocres, rojo almagre,
jibia lívido, un unicornio se pasea.
Acullá, amontonadas,
caricias únicas que entre sus manitas breves
remueven una párvula aritmética
donde la piel besa la medalla.
El niño la mira, mira
El niño la está mirando
Canciones acuña en sus oídos soñadores
y muy de mañana las repite mientras cuenta los luceros.
En sus ojos de sombras de Durero
un ángel de alas mustias se duele
en cielos encendidos.
Y en el pebetero que entre verso y verso
aromas despide,
está su sexo en félidos suspiros.
El niño la mira, mira
El niño la está mirando
Quereres
Quiero estos golpes del corazón,
estos tambores de guerra
agrediendo el pecho
ampliando su fonética
y enrumbando su figura.
Quiero estos unísonos
descriptivos,
quiero la vid y su absorta arteria,
quiero este día percusivo
de redobles y cueros,
quiero sus ecos
ladera abajo
y su avalancha de aliento
sobre la piel curtida.
Quiero el martillazo en la pena
agazapada,
el sonar solar
de los golpes oclusivos,
los brillos perpendiculares
de marimba y atabal.
Quiero ese querer que retumba
y que en vez de bajar el día
de su racimo
reclama las armonías
del tañer
demandante de la piel
en su ritmo pendular.
Quiero los besos
inaugurantes
que a punta de chischiles
y clave
emergen
almizcle,
y nocturnos y lunas
truecan alboradas.
Byron González, 2006