Anclado en el tenaz oleaje del tiempo.
Del puerto vecino llega la fiesta,
la borrachera de amores fantasmas.
Admito que la sonrisa débil sin sostén
es desconcierto en la intimidad.
Es en el borde de la aurora donde se origina este percance adulador: enmarañado se agita jocoteando a la paciencia con sus frivolidades.
Después el faro con su lucecita sórdida.
Los ojos del crimen consintiendo la lastimera canción de todos aquellos que huyeron incrédulos y temerosos del envejecimiento.
Se asentaron en el follaje del amanecer
con una embriagante interrogación:
¿hacia donde va la vida?
Luego, escasos de todo, careciendo hasta del humor, aparecieron los compañeros sin visor ni rigor, en el estero donde se hunden las almas:
Se dictan atroces deberes que exige
el vigía para poder alcanzar un poco del sueño.
No el rosado querubín de nuestra niñez, ni el amor en la gloria, ni la mirada que regocija a los amantes, sólo es la cansina ruta, cansina existencia.
Atropellada por los muertos de ayer, los mismos que tuvieron sangre y apuro por el futuro, los que sufrieron el desencanto por acumular credibilidades.
Secos de eternidad, forcejean un lugar ¿ apropiado ?
en el laberinto conductivo de la perniciosa nada.
Heme húmedo de llanto por tanto naufragio.
Soy piloto de espumas en la estrella fugaz.