Guatemala fue su hogar a principios de los años 90 cuando se vio obligado a abandonar su país natal, Nicaragua, por disentir de la política belicista del Frente Sandinista, al imponer el Servicio Militar Obligatorio a la juventud nicaragüense.
Pertenece a la convulsa generación del 80, llamada Generación de Mollina, que fusiona a los escritores de la región iberoamericana surgidos en la década del 90. En esta entrevista, el licenciado Ariel Montoya comparte con nosotros detalles de su vida, su pensamiento y su sentir como escritor.
¿Cómo surge Ariel Montoya, el escritor?
Nace de la infancia, del asma. De mi vida marcada por las migraciones familiares y políticas. Del río del pasado que crece siempre desde la frondosa memoria de los recuerdos. Del asma ascendí a la lectura, pues pasaba semanas enteras postrado en la cama, en reposo, atendido siempre por mis padres. De esos años de infancia, hasta los 13 años de edad, que me curé, me nació un interés grande por la lectura. Leí de todo, desde La Biblia a Salgari, desde las noveletas de vaqueros de Marcial la Fuente hasta Los Miserables, desde todo lo que publicaban los periódicos, incluyendo los anuncios clasificados, los crucigramas y las series de Aunque Usted no lo Crea, de Ripley hasta la enciclopedia de El Nuevo Tesoro de la Juventud.
No tuve una infancia de juegos pero transferí el tiempo normal de un niño, del beisbol a la lectura y fui feliz, muy feliz, a pesar de que sentía a ratos perder la vida por un ataque de asma, pues pude viajar desde la imaginación que me proporcionaba la lectura del Salvaje Oeste estadounidense, desde entonces supe que la guerra nunca terminaría en el mundo, pues tanto en esas lecturas como en las películas de vaqueros veía que nunca se les acababan los tiros a los pistoleros.
Y así, viajaba también al mundo de los piratas y al de las miserias humanas que nos enseña Víctor Hugo.
Además, surgí de la imaginación tremenda que emanaba de los circos, de la televisión, de los guiones de cine que leía en las películas a las que me llevaba mi papá en la Managua de los años 70 antes del Terremoto que, al igual que la literatura, me acercaron a la imaginación y al deseo de comunicar algo que en ese tiempo no sabía qué era y de las radio- novelas que se transmitían en aquella época, como Kalimán y otras.
Ya a partir de los 15 años de edad, leía más novela, poesía, teatro y todo lo que cayera a mis manos. Decía el poeta Carlos Martínez Rivas que el poeta tiene dos etapas grandes para la lectura: la de la adolescencia, y otra ya en la adultez, en mi caso sigo esperando la segunda.
¿Qué lo inspira a escribir?
La necesidad de recrear un mundo con más dignidad para todos, independientemente de colores ideológicos, capas sociales o diferencias de razas. Escribo porque el mundo, a pesar de la maquinaria tecnológica, sigue imposibilitado de un entendimiento que ponga fin a las guerras.
Y porque en el hombre siempre imperará la necesidad de recrear y dimensionar la belleza de la existencia humana, el entremés de la soledad y el portento del amor por encima de todos los peligros y miserias.
¿Cuál es el escritor latinoamericano que más ha influido en su obra?
Mario Vargas Llosa, por ser un intelectual y un escritor que no practica la abulia de la bohemia ni el egocentrismo dañino que practica la tertulia literaria parroquial latinoamericana, a la que, lamentablemente pertenecen muchos. Aunque lo había conocido en persona a principios de los 80 en Managua, en el diario LA PRENSA, y luego lo vi en Jerusalén en 1997, tuve el privilegio de atenderlo personalmente cuando visitó Nicaragua en enero de este año para recibir la Orden Rubén Darío de manos del presidente Enrique Bolaños, siendo yo Secretario Privado de la Presidencia de la República. Fue una experiencia grata, junto con su esposa, Patricia, tuve la oportunidad de conversar con él, de preguntarle anécdotas típicas del chismorreo literario internacional, a las cuales me respondió con amabilidad y sin pelos en la lengua. Meses después, me comentaba Carlos Alberto Montaner, que Vargas Llosa es el escritor más humilde que ha conocido, pues con la fama que posee y lo grande que es como novelista, articulista y ensayista, es capaz de aceptar los reconocimientos que se le hagan, así vengan de personalidades de un pueblito lejano de cualquier parte, con lo que estuve de acuerdo tras la impresión personal que tuve de él.
¿Cómo influyó Guatemala en el hombre y en el escritor?
La conocía, esencialmente, por sus memorables Leyendas y por El Señor Presidente, ambas de Asturias. Fui el último extranjero que saboreó el haber vivido durante esa época, un tiempo en el centro de la capital, ahora se ha vuelto una zona meramente comercial de día y aparentemente llena de peligros por la noche. Guatemala es mi novia de adolescencia, es decir, la que nunca se olvida.
Sufrí penurias económicas en algunos momentos y viví más el destierro en las pláticas con algunos de los amigos o en algún cráter nostálgico de la Luna de Xelajú que en las propias circunstancias personales, pues también fui feliz a pesar de los exabruptos y la perenne zozobra que lleva todo viajero.
Estudié Ciencias Políticas en esta Universidad, la Francisco Marroquín, gracias a una media beca del Dr. Armando de la Torre, y estudié cursos del Profesorado de Educación Media. También publiqué mi primer poemario, Silueta en Fuga. Me relacioné con la derecha, la izquierda y la diletancia. Participé en política como exiliado, con la Resistencia Nicaragüense, cívicamente, propiciando un cambio político en Nicaragua. Hice periodismo, di clases y me gané la vida impartiendo cine- foros en universidades y colegios. Hice muchos buenos amigos, a quienes nunca tendré cómo pagar su tiempo y favores que me depararon, y de quienes me siento orgulloso de conservarlos, como diría Martí. Me refiero a los escritores, periodistas y educadores como Felipe Valenzuela, William Lemus, Max Araujo, Carlos René García Escobar, Armando de la Torre, Ingrid Sclafkke, Francisco Méndez, Roberto González Pérez, Rodrigo Carrillo, Siang Aguado de Seindner, Marco Vinicio Mejía, Don Arturo Higueros y su novia la poetisa María Esther y muchos otros como Carlos Rigalt y Adrián Velásquez, Salomón Gómez, los amigos del Teatro Latino y muchos tantos otros. Había un restaurante, El Quijote, en el centro, y ahí concurría una buena parte de esta fauna que he mencionado, y gente de la política y el periodismo, donde compartíamos horas intensas al vapor de las tapas españolas que ahí se preparaban y en medio de las rumbas y flamencos que una banda llegada de no sé dónde, musicalizaba todas las noches, en las que las musas de carne y hueso, presentes y ausentes, nos orillaban a un último trago. Esa fue la Guatemala que viví, la del período presidencial de Vinicio Cerezo e influye siempre en mí, invitándome a ser siempre el escritor y el hombre fiel a mi vocación de poeta, de latinoamericano contribuyente a la causa del progreso, la ética y la democracia. Guatemala es siempre sinónimo de magia, encanto e imaginación, la visito muy de vez en cuando y tengo siempre escalas cordiales con los amigos, sobre todo, con Felipe Valenzuela, una espléndida persona él y toda su familia.
Como fundador y director de la Revista Centroamericana de las Culturas Decenio, en 1999, tuvo la oportunidad de entrevistar a varias figuras en torno al escritor Miguel Ángel Asturias en la conmemoración de su nacimiento, ¿podría sintetizar y compartir dicha experiencia?
En 1996 fundé la revista Decenio, que es la publicación que más ha abierto las puertas a los escritores no sólo de Nicaragua sino de la región en general así como de otras latitudes. En ella han aparecido noveles y grandes firmas de autores latinoamericanos y, por supuesto, centroamericanos y nicaragüenses, sin ninguna mezquindad ideológica, pues es hora de romper con la intolerancia y abrirse al debate libre de las ideas y la competencia cívica del debate.
Esa edición dedicada toda a Asturias fue una de las tantas deudas que tendré con Guatemala, no lo digo yo, lo dijo Max Araujo cuando se presentó la revista dedicada a Asturias en el Centenario de su nacimiento, en diciembre del 99, en un acto hermoso en el que presentamos la revista en la librería del Fondo de Cultura de México en Guatemala, edición en la que colaboró de forma especial el nicaragüense-guatemalteco Franz Galich. En ese número se concilian muchas voces, voces disidentes entre sí y unidas en ese esfuerzo, de autores consagrados y noveles, y fue un intento para abrir una comunicación más concreta entre escritores. Creo que no hay que dejar caer esos esfuerzos, la literatura centroamericana es también un producto de calidad, de exportación que hay que mercadearla más, sobre todo, ahora con las oportunidades que nos brinda el Libre Comercio y los tratados de intercambio comercial.
El Centro Nicaragüense de Escritores (CNE) lo honró como escritor y le otorgó un reconocimiento por su obra. ¿Cómo se siente de este logro?
Agradecido con esa institución. El CNE ha hecho una excelente labor editorial y su actual presidente, el doctor Carlos Tünnermann Bernheim, y su vice presidenta, la poetisa Blanca Castellón, han hecho una gran labor en la promoción editorial.
Tuve la oportunidad de leer su obra Perfil de la Hoguera donde el lector puede percibir, a través de sus poemas, el sabor amargo del destierro. ¿Existe aún nostalgia por la Nicaragua que dejó?
La nostalgia, como la alegría, es producto de un momento intenso, anímico, que nos hace tomar conciencia de que somos humanos. No guardo nostalgias del derrotismo y la depresión, pues la vida es esencialmente acelerada y sólo se van guardando en ella los más grandes momentos. La mía está hecha de esas herramientas del espíritu, motivada en estos años de zozobras, sobresaltos y esperanzas; sin embargo, sigue vivo el sabor amargo del destierro, de los que lo padecen, en mí.
¿Qué recomendaría a los nuevos escritores?
Que lean, que lean de todo, desde los clásicos hasta revistas de farándula y textos sobre gerencia humana, el escritor actual debe ser un hombre moderno en el sentido práctico y competitivo del termino. Les daría el mensaje de que lean desde diccionarios, que era la gran recomendación de Octavio Paz a los jóvenes, hasta los suplementos y reportajes culturales de los diarios, que lean la televisión y el internet, sin olvidarse de las biografías, que representan hoy día el nuevo matiz del género literario. Que amen intensamente y que vean mucho cine, pues no sabremos cuándo se nos termina la película ni cuándo se nos cierra el libro.
El retorno de Decenio
Después de tres años de no ser publicada la Revista Decenio, aparece en triples ediciones, 26, 27, y 28 como un combo literario donde se incluyen artículos relacionados con la cultura nicaragüense y la política internacional. Esta vez, Decenio, en su forma renovada y colaboradores plantea un debate sobre las ideas, ecología, violencia, modernidad e identidad nacional y reseñas de publicaciones recientes. Por otro lado, la edición completamente a todo color trae en sus páginas internas pinturas del artista, Alejandro Aróstegui.
Se destaca también en la edición, entrevistas con el crítico de cine Franklin Caldera y la novelista costarricense Tatiana Lobo, cuentos de Franz Galich y poemas de Dina Posada y Héctor Avellán; además, se aborda a Borges y Darío bajo el sello de Luis Alberto Ambroggio.
Esta edición tiene como estampilla, la política entre los Estados Unidos y Centroamérica y la violencia. La publicación puede ser adquirida en las principales librerías del país.