¡No debí escucharte!
¡En qué momento
accedí a tus ruegos!
¡Debí mostrar firmeza!
¡No prestar atención
a tu loca algarabía!
¡No dejar empalagarme
por el suave arrullo
de tus melodiosos toques
dulcemente vertidos!
¡Tenía frente a mí
el ejemplo de Ulises!
¡Desoír tus súplicas!
¡Sordo! ¡Mostrarme sordo!
Y aunque fue una noche larga,
una larga y trepidante noche
en que nuestros cuerpos chocaron
desprendiendo chispas
e incendiando el bosque,
¡me siento culpable!
¡A qué horas sucumbí
al pródigo llamado de tus piernas!
A cambio de ello,
¡maldita sea!
por una noche,
por una sola noche,
¡perdí a mi mejor amiga
de toda una vida!