Bagazo suyo es lo que cede a los demás
Salomón de la Selva
I
Fue como una marejada
un turbio correntón
que nos arrastró a los dos
quemando nuestros cuerpos
fundiéndolos en un solo abrazo
durante trescientos sesenta y cinco días
porque si el año hubiera sido bisiesto
tengan la seguridad que lo hubiésemos
remontado con igual goce y fruición.
Te dije, jamás seré como los tiburones.
¡Pobrecitos! Sólo una vez
hacen el amor en su vida.
II
Fue un ayuntamiento largo
al inicio de un día cualquiera
y fue creciendo como una hoguera insaciable
poseyéndose de manera desaforada
trastornando el punto de gravitación
de nuestras gloriosas vidas.
Cuerpos hirvientes, pasión abrazante.
III
No hubo meta preconcebida.
Ajenos a toda presunción, tú lo sabes,
durante todo un año retozamos sin límites.
Recorrimos con ojos lascivos
y lenguas diestras y sedientas
toda la geografía de nuestros cuerpos crepitantes.
No hubo rincón, ni un solo milímetro,
ni resquicio alguno al que no hayamos vuelto
una y otra vez con la misma curiosidad
con que los niños descubren sus partes letales.
IV
La nuestra no fue la hazaña de Hércules
que en una sola noche consoló
a cuarentinueve vírgenes prudentes,
porque Leda, demasiado niña,
cedió de nuevo su lugar a Polycasta.
Nosotros no contamos con la complicidad
de Júpiter ni el rijoso contagio de Venus.
Descubrimos las una y mil maneras
de incendiar nuestros cuerpos
con cada nuevo idilio ensayado.
V
Tus ojos ardían con ardor de llanto.
Un llantito tierno y dulce.
Desde la primera noche supe
que tú eres como Ariona,
de piernas finas y nalguitas apretadas.
No conocíamos de horario,
ni endulzábamos nuestro alborozo
sometidos a la presión del calendario.
No importaba si había luna llena
para que nos enceláramos.
Para encender la fragua
nada más apropiado que absorber
tus líquidos y percibir tus olores.
VI
Tu aroma me embriagaba.
Mi embriaguez jamás ha sido etílica.
Mis grandes borracheras
las debo a las lecturas
y a ese amor desquiciante
que nos colocó en el borde del abismo
en los precipicios de la locura.
VII
Ahora sostengo entre mis dedos
lo que dijiste la última noche
al completarse el ciclo
de los trescientos sesenta y cinco días:
Debo confesarte, no creí que sobreviviríamos.
Ya lo ves, aquí me tienes
cantando nuestras pequeñas hazañas.
Sin jactancia ni petulancia alguna.
Salomón de la Selva, el helenista,
pulcro y sabio en estas lides advierte:
jactarse de potencia extraordinaria
es la manera que tienen los débiles
de consolarse a sí mismos.